LAS REDES SOCIALES YA NO SON SOCIALES; SON CLOACALES

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Lo que un día fue una plaza digital para el reencuentro y el intercambio de ideas, hoy es un sumidero donde el fango sube más rápido que la marea. Las métricas son implacables: un comentario cargado de odio genera hasta 3 veces más interacciones que uno neutral, y 10 veces más que uno constructivo. El algoritmo no odia, pero ha aprendido que la ira vende, y la vende barata.

Lamentablemente el odio se ha apoderado de las redes y es la vedete del momento. Nuestro ámbito local no es la excepción, bajo identidades falsas se inician campañas de odio contra quien fuere en el ámbito que sea y caiga quien caiga el paredón digital aguarda. Allí una multitud de cretinos se esconden detrás de un dispositivo y vomitan de toda clase de conceptos, munidos de un desconocimiento total de los hechos.

Mientras tanto, la plataforma se llena de lo que Umberto Eco, con su lucidez brutal, llamaría una “invasión de idiotas”. Sin referirse puntualmente a una falta de coeficiente intelectual, sino a la pandemia de analfabetos funcionales que confunden un titular con una verdad, un like con un argumento y un insulto con una opinión. Son legión, y el sistema los premia: cuanto más ruido, más alcance. Cuanto más simplista el mensaje, más vírico.

Pero el daño no es solo estético o intelectual; es quirúrgico y psicológico. Una campaña de odio no es un chaparrón, es una inundación. La exposición constante a este veneno fragmenta la identidad, dispara la ansiedad, normaliza la deshumanización del otro y, en los casos más graves, lleva al aislamiento o al colapso emocional. Las víctimas no son “sensibles”; son objetivos de una maquinaria que convierte el rencor en moneda de cambio.

El problema de fondo es que la cloaca no es un accidente, es el modelo de negocio. Mientras midamos el éxito en clics, el lodo seguirá subiendo. La pregunta no es si las redes son sociales, sino si estamos dispuestos a que nuestra socialidad se construya sobre el veneno. Porque si no cambiamos el algoritmo, Eco tendrá razón: los idiotas no invadieron, nosotros les abrimos la puerta.

Al parecer tendremos que seguir tolerando a que cualquiera diga cualquier cosa, con tal tienen el aval de los borregos digitales que siguen ciegamente al tonto más popular de la red.