“NO MIREN ARRIBA”: LA MEJOR PELÍCULA PARA COMPRENDER EL FENÓMENO ACTUAL DEL IRASCIBLE MICROCLIMA DE LAS REDES SOCIALES Y LOS HATERS

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Cuando Meryl Streep, en su papel de presidenta, grita “¡No miren arriba!” en un acto de campaña, no solo está negando la existencia de un cometa. Está coronando una era de disonancia cognitiva global. La bomba de comedia negra que Adam McKay lanzó a fines de 2021 resulta hoy precisa hasta lo cruel. No es una profecía sobre el fin del mundo astronómico, sino un informe forense sobre la economía de la indignación de nuestro tiempo. Disponible en Netflix

Cada vez que vemos en Salta una ejecución pública en redes sociales y escuchamos o leemos a cualquier payaso decir cualquier barbaridad, pensamos en lo enfermos que estamos como sociedad, pero el fenómeno es global. De esto caímos en cuenta cuando en 2021, Adam McKay dirigió la notable sátira Don’t look up, dotada de una secuencia narrativa idéntica a nuestras vidas actuales, las cuales fueron perversamente contaminadas por las redes sociales.

El planteo central ya es una metáfora perfecta. Dos astrónomos descubren un cometa capaz de destruir la Tierra y descubren que, en una sociedad anestesiada por algoritmos, entretenimiento y tribalismo, la verdad es lo menos valioso que existe.

Esto no es una tragicomedia exclusivamente estadounidense. Desde las advertencias del Parlamento Europeo sobre cómo el algoritmo de TikTok dirigía a un cuarto de los usuarios jóvenes hacia contenidos de extrema derecha, hasta los debates latinoamericanos sobre cómo la política algorítmica disuelve los matices, este “microclima irascible” ya cruzó todas las fronteras. Compartimos la misma infraestructura digital y, con ella, la misma lógica de fondo: premiar la furia, castigar la razón.

El algoritmo: tecnología mal usada como campo minado

El golpe más certero de McKay es que no culpa a un villano concreto. El verdadero antagonista es el sistema mismo: una maquinaria de atención movida por lógica comercial. Como señalaron varias críticas, la película no ataca al cometa, sino a la “dependencia narcótica del algoritmo”.

Los datos respaldan esa lectura. Los sistemas de recomendación de las plataformas favorecen de forma estructural el contenido “moralizante, emocional y hostil”. La ira es el adhesivo más eficiente: convierte a un desconocido en aliado en segundos y, con la misma velocidad, transforma a un interlocutor en enemigo a eliminar.

Cuando los creadores de contenido descubren que “la crítica y la tragedia venden mejor que la esperanza”, complacer al algoritmo implica subir la dosis sin freno. La tecnología no es malvada en sí misma, pero domesticada por objetivos comerciales, su mecanismo de selección se convierte en un ataque sostenido contra la razón pública. Ese giro absurdo de la película que transforma la crisis del cometa en “oportunidades de empleo” y “proyectos mineros” es la forma final de la lógica algorítmica: ninguna tragedia queda sin reempaquetar como oportunidad de crecimiento.

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Galería de personajes estrafalarios

Con una presidenta boba, una estrella irrespetuosa y un excéntrico millonario que referencia a Ilon Musk el bestiario esta servido.

Meryl Streep construye a la presidenta Janie Orlean como uno de sus personajes más incómodos. No es una dictadora malvada clásica, sino algo más corrosivo: un animal político vaciado por las encuestas y la gestión de imagen. Su única reacción genuina ante el cometa es calcular su impacto en las elecciones de medio término.

Cuando los científicos intentan convencerla con datos, a ella le importa si “el tema puede ofender a alguien”. Esa “estupidez” no es un defecto intelectual, sino una ignorancia estratégica, activamente elegida, una forma de supervivencia política en la era de la sobrecarga informativa. La presidenta más boba del mundo no lo es por falta de inteligencia, sino porque la estupidez, bien administrada, rinde votos.

La película retrata con la misma precisión a las figuras de la cultura pop. Ariana Grande, como la cantante Riley Bina, convierte su ruptura y reconciliación con Kid Cudi en un espectáculo listo para el consumo masivo. En un programa que debería discutir la extinción humana, la conductora (Cate Blanchett) muestra más interés por la “consumibilidad” del científico Randy que por el cometa.

Una de las escenas más caóticas es cuando Riley Bina, en pleno show, interrumpe y ridiculiza públicamente al Dr. Mindy. La estrella pop convierte una advertencia existencial en ruido de fondo para una fiesta, con una canción pegadiza sobre “no mirar arriba”.

No es arrogancia ingenua, es un instinto entrenado por el algoritmo. En la guerra por la atención, todo lo serio, complejo y que exige paciencia debe ser disuelto y entretenido de inmediato. La autoridad del científico se funde en ese crisol cultural y queda reducido a un cameo incómodo que una celebridad se permite burlar. Es la falta de respeto y de educación convertidas en virtud mediática.

Un capítulo aparte para el millonario Peter Isherwell interpretado por un Mark Rylance impecable, en lo que por antonomasia es una pequeña muestra de la estupidez en grados medidos y que la cuenta bancaria no siempre es resultado de un cerebro bien administrado sino de un snob que ni siquiera sabe guardar una joya de museo comprada por capricho, sin mencionar que su costado capitalista sigue tan firme como su idiotez innata.

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Una pieza magnífica sobre la estupidez absoluta

La reacción del mundo científico respalda esta sátira. El climatólogo Peter Kalmus escribió en The Guardian que es “la película más precisa que he visto sobre la aterradora inacción social frente al colapso climático”.

Ahí está la verdad incómoda, “No miren arriba” hace reír porque es demasiado real. Registra una “incapacidad de reacción” colectiva, una civilización que no carece de información, sino de la capacidad de actuar en consecuencia.

La fuerza del cierre de la historia está en que rechaza cualquier redención barata. En un microclima irascible fabricado por algoritmos, quizá ya perdimos la capacidad de levantar la vista juntos. El valor de esta película no está en dar respuestas, sino en obligarnos a admitir que vivimos justo antes de ese final, y que la mayoría elige seguir mirando hacia abajo.