El negocio de la indignación encontró en Argentina su yacimiento más fértil: una sociedad polarizada, desconfiada y emocionalmente vulnerable que, sin saberlo, engrasa la maquinaria que la devora. En Salta el fenómeno no es ajeno a lo que sucede en el resto del planeta. Imagen: Grupoioe.es
Ignorantes en línea, frustrados anónimos y especuladores parapetados detrás de una matrícula ejerciendo una profesión que bastardean. Todo confluye en un escenario caótico y desolador. Creíamos que no escaparíamos del fenómeno global de la toxicidad en redes sociales pero resulta que Salta no es la excepción. De hecho, es en esta ciudad el odio no para de crecer en un microclima donde las instituciones perdieron toda la credibilidad.
Un ejemplo muy claro para comprender este alarmante fenómeno fue el Mundial de futbol. Mientras nos uníamos en la euforia, en los sótanos digitales se tejía la operación inversa. Todo comenzó con una simple jugada que el VAR no cobró o cobró mal, hasta llegar a que, el equipo “más odioso” había dejado afuera al “más simpático” –Cabo verde– hasta llegar al delirio de que los argentinos somos unos racistas de campeonato cuando en este país solo el 1% de la población es de raza afro. Ergo, ni siquiera tenemos negros para odiarlos.
Incluso con un desconocimiento total del tema se metieron a opinar actores de fama mundial como Samuel L. Jackson, quien tuvo el descaro de criticarnos cuando aceptó gustoso interpretar a un mayordomo esclavista bajo las ordenes de Quentin Tarantino en Dyango, uno de los mayores éxitos de taquilla de ese director, quien le dijo a Jackson taxativamente: “Quiero que te conviertas en el negro más hijo de puta del mundo”, a lo que el famoso actor accedió gustoso.
Así las cosas Samuel Jackson nos destrozó y no fue el único. Se sumó Javier Barden, quien inexplicablemente se sumó a la ola anti argentina, siendo que es muy amigo de nuestro Ricardo Darin, lo que le daba la posibilidad de conocer nuestro país. Pero obvio que Barden totalmente americanizado –ganó un Oscar y trabaja en Hollywood hace años– formó parte de esto por razones comerciales. Las plataformas le pagan a estos famosos para iniciar la usina y el resto es conocido.
El odio vende más que la felicidad
Los números son fríos: un video de un “escándalo” generó en promedio 7 veces más interacciones que la imagen de una situación optimista. Esa diferencia no es azar, es ingeniería algorítmica. Plataformas como X, TikTok o Instagram no venden contenido: venden tiempo de atención. Y la ira retiene 3 veces más que la alegría.
Aquí es donde aparece el concepto clave del “idiota útil”, es el eslabón perdido de la cadena. Llamarlos así no es un insulto gratuito, es un término político con historia. Designa a quienes, sin malicia consciente, sirven a los intereses de quienes los manipulan.
Cuando el fenómeno se traslada a lo local, a lo cotidiano es cuando la verdad entra en crisis; el vecino que comparte una noticia falsa sobre un político porque “confirma lo que ya pensaba”; el influencer que reproduce un audio sin verificar porque “hay que escuchar todas las voces”; el periodista que da el mismo espacio a una denuncia probada que a una desmentida, porque “el debate enriquece”; el usuario común que comenta con bronca en un posteo, alimentando el algoritmo que le devolverá más de lo mismo.
En tanto los que se la juegan de periodistas y claramente no lo son, toman esta realidad por ejemplo en el ámbito tribunalicio y sin tener ni idea si quiera donde queda Ciudad judicial opinan en redes unas burradas dignas del mayor catálogo del ignorante y emiten sus propios juicios como si de especialistas se tratare, cuando apenas pueden juntar dos ideas consecutivas.
Así y todo se dieron el gusto de crear tribunales online y como en la Edad media las ejecuciones públicas comenzaron a ser moneda corriente.
Allí es donde aparece el abono para que germine la rabia, el odiador serial, el enfermo psiquiátrico que goza odiando, cuando antes no podía hacerlo porque de inmediato era apartado por la sociedad y confinado en un manicomio.
Hoy en día esos mismos son las estrellas de las redes sociales, son los que “cantan la posta” desde el anonimato, el resto de los “borregos” lo validan como si fuera un especialista en la materia y en realidad son solo analfabetos funcionales con problemas de conducta. Ellos no son los dueños de la fábrica, son los engranajes que la mantienen girando y lo hacen gratis.
El ciclo vicioso: desconfianza + algoritmos = combustible infinito
Cuando un juez absuelve, muchos piensan “es un arreglo”; cuando una pericia desmiente una denuncia, piensan “la están tapando”; cuando se dicta una sentencia que no cae bien en el público de inmediato el ejercito de idiotas se toma el trabajo incluso de iniciar una campaña para mostrar su “grado de experto”, cuando apenas terminaron el secundario. Si el odio es el combustible de estos brutos, la ignorancia es el aceite que lubrica ese microclima.
Esa desconfianza es el caldo de cultivo perfecto: cualquier mentira que confirme el prejuicio será más creíble que cualquier autoridad que lo contradiga.
El idiota útil no es tonto, es desconfiado por experiencia. Pero su desconfianza, en lugar de protegerlo, lo convierte en presa fácil de quienes fabrican realidades alternativas por lucro o poder.
La industria del odio seguirá funcionando mientras la indignación sea rentable. No van a cerrarla por ética, la cerrarán cuando deje de ser rentable. Y eso solo pasa si nosotros, los engranajes, decidimos no girar.
No se trata de ser ingenuos o positivos tóxicos. Se trata de ser más inteligentes que el algoritmo. De entender que cada clic en una noticia falsa es un voto a favor de un sistema que nos quiere divididos, porque divididos somos más fáciles de vender.
Los idiotas útiles no nacen: se hacen. Y también se deshacen, con información, paciencia y un poco de escepticismo bien aplicado.



