REALIDAD CUTRE: HABLEMOS SIN SABER O CUANDO CUALQUIERA DICE CUALQUIER COSA

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La crisis de la falta de credibilidad en una sociedad atravesada por los preconceptos y la ignorancia como estandarte suele devolver resultados nefastos. A la falta de confiabilidad de la clase política se le suman los justicieros de pacotilla de las redes sociales que apenas pueden distinguir una escala penal de un principio de inocencia y si apenas conocen la Constitución argentina, pero acusan y se las juegan de jueces y verdugos. Hasta eso una manada de brutos se adueñó de la realidad y la convirtieron en un chiquero atiborrado de soberbia

Cuando Steve Jobs llamó a uno de sus ingenieros y le propuso trasladar un scroll indefinido desde un Tablet al iPhone en 2007, jamás estuvo en su ánimo convertir ese dispositivo en un malicioso instrumento del terror. Ergo, no era su idea pero lamentablemente los planes no siempre terminan resultando según lo calculado.

Su teléfono se convirtió en el producto más vendido de la historia y su éxito fue instantáneo, cambió al mundo pero a un precio muy alto ya que su creación “le dio la potestad de un premio Nobel a todo aquel ignorante que antes era rápidamente silenciado en un bar después de un vaso de vino”, tal como explicó el genial Umberto Eco solo 10 años después, cuando la pandemia de brutos ya era inevitable.

Lamentablemente esta tecnología cuando es mal utilizada le da poder a quienes no debería darles, es decir a la masa de ignorantes y soberbios que ven en esta era de avanzada como un dispositivo es literalmente un arma con la que se puede extorsionar a alguien hasta matarlo, entre otras delicias del horror al que estamos expuestos y no lo dimensionamos.

Aun peor en ese nivel de locura son las ejecuciones públicas en redes sociales, incluso suena paradójico que Facebook le llame “muro” a la caja de dialogo donde escribir lo que antes a nadie le importaba.

Quizás la idea que si resultó fue la de su famosa “i” adelante al cual encierra el concepto de que el “individuo” es su propia empresa y no necesita de otros para ejecutar su actividad en esa nueva aldea llamada Internet. Pero lamentablemente no todos lo aplicaron ni lo vieron así.

El imperio de la insignificancia: cuando las redes sociales licúan el pensamiento crítico

Nunca tuvimos tanto acceso a la información pero nunca nos costó tanto pensar con profundidad. El entorno digital está diseñado para secuestrar nuestra atención y disolver la densidad del pensamiento.

La economía de la atención convierte el pensar en un acto de consumo. Cada interacción (scroll, like, clic) entrena a un algoritmo. El pensamiento crítico exige pausa, duda y contradicción, pero la red premia la velocidad, la certeza y la polarización. Las ideas complejas no compiten contra otras ideas, compiten contra un meme, un tuit o un vídeo de 15 segundos. El formato liquida el contenido.

La sobrecarga cognitiva anula la jerarquía de importancia. Antes, el filtro era editorial (diarios y  libros). Hoy, todo está al mismo nivel: un bulo, un dato científico y una opinión anónima. Al no poder verificar todo, nuestro cerebro toma atajos: creemos lo que confirma nuestras emociones (sesgo de confirmación) y delegamos el criterio en los “influencers”, que no son expertos, sino generadores de confianza artificial.

La cámara de eco y el “outsourcing” de la memoria

Algoritmos nos muestran lo que ya nos gusta, eliminando la fricción necesaria para aprender. Además, como sabemos que podemos “buscar después”, externalizamos la memoria y la comprensión profunda. Sabemos dónde está la respuesta, pero no la entendemos. Esto crea la ilusión de sabiduría: confundimos manejar información con tener criterio propio.

El imperio de la insignificancia en aquello de lo “significativo” (guerras, crisis, datos duros) se vuelve ruido porque el formato lo trivializa. Lo “insignificante” (tendencias, polémicas efímeras) ocupa el centro. El resultado es una ciudadanía informada en cantidad, pero despolitizada en esencia: reaccionamos con indignación o euforia, pero somos incapaces de articular un análisis causal o propositivo.

La crueldad que ya conocíamos

Todo lo que estamos viviendo no es nuevo, no es parte de esta modernidad enfermiza, ya lo conocemos desde hace siglos. De hecho la Inteligencia artificial nace en los años de la década de 1950; el entorno grafico de usuario nace a principio de los años de 1970; incluso el correo electrónico ya funcionaba en esa década. En cuanto a las ejecuciones públicas, las cazas de brujas y las persecuciones ideológicas sin juicio previo son todos conceptos de la Edad media.

“Solo hemos industrializado la envidia”, como dice el Dr. en Neurología, Facundo Manes en una entrevista televisiva, cuando refiere a su nuevo libro en el que critica estas nuevas prácticas que parecen haber hecho retroceder siglos al ser humano en su mezquindad y crueldad.

Más allá del buen uso que se le debiera dar a estas nuevas tecnologías, la problemática arranca desde el momento en que hasta la más mínima noción de tecnología e informática es absolutamente ignorada por los mismos usuarios de estos productos que a la postre son armas mortales.

Un comprador de una pistola Glock calibre 40 sabe perfectamente como funciona y el daño que puede hacerle a terceros; el comprador de un teléfono celular no tienen la más mínima idea de que la IA corre mejor en tarjetas gráficas y por ello es el descomunal salto de tener entre las manos el mundo, sin el ánimo de ponerle una metáfora a la idea sino de plantearla sin concesiones ni eufemismos.

Dicen que las especies que sobreviven no son las más fuertes ni las más inteligentes, sino las que mejor se adaptan ¿pero cómo adaptarse a esto? donde los ignorantes y soberbios son los amos y señores de una sociedad atravesada por la estupidez, el narcisismo y la ignorancia.

Habrá que sentarse a ver como el idiota que grita más fuerte tiene la razón y el más inteligente queda relegado a un lugar donde es imposible encontrar la verdad.

La ilustración de este articulo corresponde a la revista Jara y Sedal