NO HUBO JUSTICIA PARA DIEGO CASTRO

67

El 3 de junio de 2017 fue atropellado por una conductora alcoholizada y a alta velocidad mientras colocaba un cartel en la vereda de la colectora de la avenida Paraguay. La asesina, María Belén Méndez García Zavaleta resultó condenada por un tribunal colegiado pero a prisión condicional. Nueve años después se conoció la novedad de que tampoco pagará un centavo por la acción civil. Ni siquiera realizó los trabajos comunitarios y volvió a manejar ya que solo le dieron diez años de inhabilitación para conducir. Así funciona la justicia en Salta, una vergüenza imposible de tolerar

Es difícil dimensionar una tragedia de tal magnitud cuando la justicia jamás llega y todo el contexto pareciera mostrarse como una burla. Los responsables de semejante atropello al sentido común, de este papelón imposible de disimular, tienen nombre y apellido: son los jueces Marcelo Rubio, Mónica Faber y Martín Pérez, de la Sala IV de Juicio del Poder Judicial de Salta. Allí están los tres, caminan por tribunales como ciudadanos de buena leche que cumplen con sus obligaciones y se van a dormir con la tranquilidad de que hace nueve años mandaron a la casa a una asesina.

Estos tres caraduras imparten justicia según la cara del imputado, según su color de piel, según su billetera y obvio sus contactos. Y eso es intolerable, es inadmisible por la salud de las instituciones; ya que aquel día en que se decidía la suerte de la borracha asesina, el fiscal solicitó 3 años y 3 meses de condena efectiva.

Ante esto, estos tres impresentables no hicieron lugar y bajaron la condena a solo 3 meses, con la inconfesa idea de beneficiar a la ebria cretina, ya que tuvieron toda la mala intención de enviar a la casa a la autora de un asesinato que estruja los intestinos, ante el hecho de saber que alguien puede matar de esa manera y que si siquiera exista un efecto punitivo que obligue a esta viciosa a pagar su deuda con la sociedad.

Los jueces que mandaron a su casa a la asesina: Mónica Faber Marcelo Rubio y Martín Pérez, de la Sala IV

A 84 km por hora, con alcohol en sangre y con licencia para matar  

El testimonio de un compañero de trabajo de la víctima y de una ocasional testigo que esperaba el colectivo en las proximidades, aportaron detalles sobre el momento del siniestro y en cómo se desarrollaron los hechos aquella mañana sobre la colectora de Villa Palacios.

Luego fue el turno del sujeto que acompañaba a la malparida esa mañana a bordo del automóvil, el técnico del aire acondicionado con se enfiestó con ella. En su condición de testigo dijo que habían compartido una salida nocturna con ingesta de bebidas y que al momento del siniestro, regresaban hacia el domicilio de la acusada.

Dos testimonios de relevancia fueron en primer lugar, el del perito del Cuerpo de Investigaciones Fiscales que realizó la pericia accidentológica que determina que la conductora circulaba a 84.76 kilómetros por hora por una arteria, avenida Palacios, cuyo máximo permitido, según la Subsecretaría de Tránsito y Seguridad Vial de la Municipalidad de Salta, es de 40 km/h.

Aunque lo más contundente fue el video de las cámaras de seguridad ubicadas en las proximidades. Allí se puede ver con la violencia que Méndez García Zavaleta acelera y aplasta a Diego contra la pared.

“Fue accidente, no tuvo la intención”

“El homicidio culposo, también conocido como homicidio involuntario o negligente, es el delito de causarle la muerte a otra persona sin intención directa, pero como resultado de la imprudencia, negligencia, impericia profesional o inobservancia de reglamentos y deberes”. Esta cantilena desagradable es lo que tienen que escuchar los familiares de victimas de siniestros viales en Argentina cada vez que se produce un asesinato como el Diego Castro.

Obvio que como indicó su abogado defensor Rene Gómez, “no tuvo la intención de matar. Fue un accidente”, tal como le dijo a quien escribe la presente nota, pero resulta que existe una delgada línea entre la irresponsabilidad, la desidia y el comportamiento moralmente reprochable.

Nadie sale con la intención de matar pero el resultado muerte no tiene discusión. Diego está muerto por culpa de una cretina que un sábado por la noche decidió enfiestarse con el técnico del aire acondicionado, tomar champan toda la noche y salir a alta velocidad del hotel alojamiento que está ubicado detrás de la Rural.

¿Y si fuera al revés?

Sería muy saludable que los jueces hicieran un ejercicio mental y colocaran a Diego Castro arriba del automóvil, totalmente alcoholizado, acompañado por una prostituta, manejando al doble de velocidad de lo permitido (84 contra 46 km/h) y en un momento de locura impactara a una joven y “humilde” María Belén Méndez García Zavaleta, mientras cumplía tareas un domingo a la mañana para colaborar económicamente en su casa.

De seguro a Diego le daban mucho más que tres años y obvio de condena efectiva; con la manda de un resarcimiento económico importante, suficiente como para que la familia de la víctima tuviera la tranquilidad de cubrir económicamente una fatalidad que atraviesa vidas y las extingue por el dolor, como lo fue el fallecimiento del padre de Diego unos años después.

¿Qué se puede esperar de un Poder Judicial que emite sus fallos según los apellidos rimbombantes de cholos que pertenecen a la casta social más encumbrada? Esos jamás van a ir a parar a la Unidad Penal de Villa Las Rosas, ni siquiera van a cumplir con las tareas comunitarias en la fundación HOPE y menos aún van a pedir una disculpa a la familia. ¿Qué se puede esperar de psicópatas disfrazados de buenos ciudadanos?

Tras este caso la sensación que queda es la ausencia total de la noción de justicia que parece no existir para estos jueces, para estos impresentable –uno de ellos Martin Pérez, el de la etapa de instrucción del caso de las francesas– quienes invariablemente son “funcionarios que no funcionan”.

Estos jueces son parte de un lastre con el que tiene que cargar la sociedad salteña, con demostraciones como este caso de Diego Castro, a quien mataron miserablemente y que su asesina ha vuelto a manejar y camina por la misma vereda por la que usted pasea con su familia. Esa misma asesina que mató con su automóvil está manejando de nuevo.

¡Cuidado¡ usted podría ser el próximo Diego Castro. Cuídese porque una asesina está suelta y podría matar de nuevo y lo peor es que la justicia de Salta la protege y la respalda.