El artista que supo unir en un mismo espacio a los fanáticos más disimiles. Los ricoteros más fieles viajaban durante días y días para seguirlo a donde actuara. Al final la cruenta enfermedad que lo afligía lo alcanzó pero no fue suficiente para acabar con su legado.
Letras cripticas dotadas de una poesía estremecedora fusionadas en medio de un show de grandes prestaciones. Eso era a grandes rasgos lo que el espectador del Indio disfrutaba con cada recital, sin contar con la emblemática Misa ricotera que largaba en una previa de unas tres horas antes de que todo estalle, hasta llegar a ese momento sagrado que él bautizó como “el pogo más grande del mundo”.
Un fenómeno de masas salido de aquel “under” de principio de los 80, cocinándose a fuego lento desde fines de los 70, encontró junto a bandas como Sumo ese lugar que pocos hallaron para la trascendencia y una capacidad inigualable para evolucionar incluso muy entrado el nuevo milenio, cuando anunció que una cruenta enfermedad le pisaba los talones.
Hasta eso el Indio ya transitaba su etapa solista, la cual fue tan brillante y creativa que le permitió a las nuevas generaciones el lujo de conocerlo con 5 albums impecables. Había que llenar ese lugar que había quedado vacante tras la disolución de Los Redondos, tarea imposible e impensada.
Aun así su nueva banda “Los fundamentalistas del aire acondicionado” encontró un lugar para convocar a esas mareas humanas que eran sus recitales, los cuales ocupan un lugar irremplazable en el imaginario colectivo argentino.

La misa ricotera
Un espacio de tiempo que ni siquiera un sociólogo con todas sus herramientas pedagógicas podría explicar. Quienes tuvimos la suerte de participar de ese espacio de tiempo mágico de unas tres horas que iban desde las 18 horas hasta las 21, al menos en el Marterena fue en ese tango de tiempo, cuando comenzaron a sonar los acordes de “Todos a las botes”.
Allí cientos y cientos de ricoteros de todo el país y países de Latinoamérica se concentraron a esperar que llegara la magia en medio de un rectángulo de espacio y tiempo incomparables, donde una calma armoniosa hacía presagiar que la mística llegaría en cada canción, que obvio todos conocían de memoria.

Solo los ricoteros podían dimensionar lo que esa espera represaba tanto como el pogo de “Jijiji”, que si bien pertenece al álbum Oktubre del año 1986, ya es patrimonio nacional.
Se fue el Indio de este mundo terrenal pero su legado acaban de potenciarse con su partida. Los ricoteros lloran y cantan en todas las plazas de la Argentina, país que ha tenido la dicha de contar con semejante artista y un poeta que tuvo la generosidad de brillar hasta el infinito y más allá.



