El escándalo que desató la fake news por parte de la actriz cuando anunció livianamente la muerte del padre de Messi abrió un debate que parece llegar, afortunadamente, en medio de una crisis de decadencia que sufre el periodismo artesanal.
“Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. El periodismo no debe olvidar nunca su responsabilidad ética”, dijo una vez el periodista, escritor, ensayista y poeta polaco, Rysard Kapuściński. Evidentemente su muerte en 2007 lo privó de presenciar el patético circo en el que se ha convertido el periodismo actual, muy lejos de cómo lo conocimos en el siglo XX.
Muchos se enojaron en la Argentina cuando Jorge Lanata aseguró que el periodismo se había “berretizado”. Incluso se lo persiguió hasta sus últimos días por denunciar y mostrar la corrupción imparable que impregnó a la política desde hace décadas, con Menem incluido, en lo que constituye el inicio de la decadencia de un país que tiene una deuda cultural gigantesca. En esa deuda configuran los patéticos personajes que pululan en las pantallas de los dispositivos, prostituyendo y basteardando la profesión como una promesa de aniquilamiento de la calidad periodística y sobre todo de la verdad.
Personajes nefastos como Florencia Peña no dimensionan ni dimensionarán jamás el daño que le hicieron al periodismo en eso tan sagrado que es un verdadero sacerdocio. Eugenio María de Hostos una vez reflexionó sobre el deber periodístico y dijo que “no hay ningún sacerdocio más alto que el del periodista; pero, por lo mismo, no hay sacerdocio que imponga más deberes, y por lo mismo, no hay sacerdocio más expuesto a ser peor desempeñado”.
¿Pero que puede saber Florencia de Peña de estos sagrados principios? de estos pilares que construyeron una profesión que muchas veces cambió el rumbo de la historia con denuncias que incluso llegaron a socavar al presidente del país más poderoso del mundo; cuando un puñado de redactores se animaron a exponer a Richard Nixon solo con papel, tinta, mucha pasión y la verdad como estandarte.
No hace falta irse muy lejos, un ejemplo local de invaluable valentía sucedió en el mismo país donde vive Florencia Peña, cuando mandaron a asesinar a un fiscal que iba a denunciar a la presidenta que había ganado con más del 50% de los votos. Aun así muchos en la profesión se animaron a decir la verdad aun con las consecuencias que ello acarrearía.
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Tecnología, berreteada y resposabilidad
La última década ha experimentado un avance tecnológico sin precedentes en el mundo. Se ha logrado que las maquinas piensen como humanos e imiten sus respuestas, en lo que muchos creyeron que era la panacea del conocimiento con la llegada de la IA, no ha sido más que una sentencia de muerte para muchas profesiones por obra y gracia de la mala utilización de esas herramientas. Pero igualmente y a los tumbos hemos avanzado y llegado a un destino incierto.
Esa meta a alcanzar no ha sido más que un vehículo en el cual se han subido todos sin distinción de cuantía moral, ni ética y sobre todo de una responsabilidad que jamás lograrán dimensionar.
Según Joseph Pulitzer “el periodismo responsable es aquel que informa con precisión, no aquel que busca sensacionalismo” y advirtió que “una prensa cínica, mercenaria y demagógica producirá con el tiempo un pueblo tan ruin como ella misma”. Desafortunadamente en ese contexto aparecen la responsabilidad y la berreteada en la misma línea en lo que constituye un verdadero oxímoron.
Llegó sin previo aviso y se adueñó de ese valor innegociable que es la verdad. Pero el contraste es enfermizamente peligroso en una virulenta selva de ignorancia intolerable, donde destaca la figura de Florencia Peña como estupidez supina. Aunque siendo justos no es un ejemplo aislado y los que alcanzaron la oportunidad de demostrar su vulgaridad y mediocridad –como ella– son los que tienen un micrófono en ese clímax del entreteniendo mal entendido y poco atractivo que es el uso del streaming, sobre todo como lo vemos y como lo entendemos hoy en día.
Porque es de convenir que un streaming con genios del pensamiento o destacados personajes en ciencias no tendrá el mismo alcance de un grupo de orates que describen maratones de masturbación, retos etílicos y cuanta basura sin utilidad práctica pulule por la red mundial como debate. Esa red mundial que hasta hace unas décadas no sabíamos ni lo que era ni para que se utilizaba.
En un parpadeo esa herramienta militar utilizada por las potencias mundiales para descifrar códigos para la guerra terminó en las manos de cualquiera que dice cualquier cosa y que para peor de males se “autopercibe” comunicador o periodista en el peor de los casos. En ese punto se les ocurrió disimular un poco la vergüenza e inventaron términos como “influencer”, “tiktoker” o “instagramer”, o lo que sea con tal de lograr un grado de esnobismo psicopático que un narcisista logra en un espejo.
El periodista Shirish Kulkarni definió el periodismo como un servicio a la comunidad: “El periodismo no es para los periodistas, es para los ciudadanos”. Por ello, instó a poner a las audiencias en el centro del proceso informativo. Eso es algo impracticable en la mente de un megalómano al que un millón de seguidores le ha hecho perder el rumbo de la realidad.
Lo que sucedió con Florencia Peña y su fake news al anunciar que había muerto el padre del deportista más amado de la Argentina no fue el resultado de un “error” de reflejos –por aquello de comerse la curva– o un descuido por una simple impericia, o de ultima una vendetta por la foto con Alberto Fernández y la Copa del mundo; es el síntoma más claro de que una sociedad que sostiene a este tipo de personajes en la pantalla y le da un micrófono, como se lo dio el empresario Nicolás Occhiato, el fundador de Luzu TV a la actriz de “Casados con hijos”, es el resultado nefasto de una decadencia cultural sin precedentes.
Es hora de pensar en regulaciones para este tipo de plataformas que cualquiera con unos miles de dólares en su cuenta bancaria puede instalar en la red mundial y lograr que personajes despreciables destruyan la credibilidad del periodismo. Ellos se pusieron en ese lugar sin que nadie los haya invitado.
La responsabilidad del periodista con la verdad y la verificación es un pilar fundamental de la profesión. Bob Woodward sostuvo que “cada mentira que se cuenta incurre en una muerte de la verdad”. Para él, el periodista debe honrar la “centralidad de la verdad” y tratar a las fuentes con respeto.
El grandísimo problema que tenemos en ciernes es que ni Florencia Peña, ni Nicolás Occhiato, ni ningún payaso que esté sentado en un streaming, considerado bajo reglas empresariales como “medio periodístico”, ha notado que la responsabilidad es un valor innegociable donde millones de reacciones en internet no pagan el precio de tratar a la verdad con respeto y dejar de matarla día a día.



