“El conejo malo” Bad Bunny actuó en el Super bowl y el estadio de River Plate, dos “catedrales” de la música donde cualquier icono del espectáculo –de la época que fuere– hubiera dado cualquier cosa por lograrlo y muchos solo se quedaron en el intento. ¿Cómo llegó este bufón de dudosa calaña artística a tal hazaña? ¿Habremos aceptado este tipo de fenómenos como una moda innecesaria, vacía y patética solo porque el mercadeo de redes sociales ha convertido nuestro intelecto en una abúlica mentalidad consumista?
Charly García decía que “la música es melodía, armonía y ritmo”. Lo de Bad Bunny son desagradables sonidos guturales monocordes filtrados por el Autotune y acompañados por ritmos caribeños de paupérrima cuantía artística; todo ello acompañado por un show que combina bailes, colores y estética latina, mientras el protagonista de esta parodia de pésimo gusto se toma los genitales y camina como un mico, mientras todo el público acompaña algo que apenas entiende y no tiene ninguna explicación pero que vende en cantidades industriales.
Muchos de los viejos exponentes y usuarios del glorioso final musical del siglo XX, sobre todo décadas de 1970, 80 y parte de los 90, se están devanando los sesos preguntándose como este bufón de feria que no hubiera vendido un solo disco en esas décadas, hoy es el rey de la Música a nivel global. Algo que –quizás– sea de una intrascendencia suprema pero que vale la pena analizar, ya que se suele utilizar como metonimia aquello de que, “el arte nos diferencia de las bestias”.
En el universo de las ventas se identifica a una ecuación en particular apuntada a vender determinado “producto”. Sea una hamburguesa, un automóvil, un teléfono o en este caso un sujeto que se contonea al ritmo de una melodía chocante y pegadiza.
Zygmunt Bauman cuando vincula directamente con el mundo del marketing y la publicidad, describe la “sociedad líquida” como una “sociedad de voluntades derretidas por el magma del consumo”. Esta es la base para entender el márquetin actual: vivimos en un mundo donde las estructuras sólidas (ideologías, tradiciones, vínculos duraderos) se han “derretido”, y el consumo se convierte en la nueva forma de dar sentido a la vida.
Plantea que “el Marketing es la auténtica trampa y la felicidad es el cebo”. Los anuncios no venden productos, sino “vidas de ensueño”, “cuerpazos” y “felicidad” envasada. Esto conecta directamente con la visión de Bauman sobre cómo el consumo promete constantemente la satisfacción inmediata, pero siempre termina siendo un espejismo.
El “mal gusto” y la homogenización cultural
Bauman despotrica que “Todos los canales de Televisión parecen el mismo”, saturados de anuncios de “coches caros para personas en paro” o “compresas que huelen a felicidad”. Esta homogenización, donde todo se vuelve superficial y estéticamente edulcorado, es una manifestación del “mal gusto” como producto del márquetin masivo.
Menciona irónicamente el “olor de la distinción social basada en el gusto artístico” como “la cremita de la intelectualidad”. Esto refleja la paradoja que Bauman señala: creemos que elegimos por gusto personal, pero en realidad el mercado nos ofrece identidades prefabricadas.
Una de las ideas más potentes que aplica a Bauman es la frustración sistemática que genera la publicidad: “Las hamburguesas nunca son tan grandes”, “El paquete de papas fritas siempre está medio vacío, lleno de aire, porque venden humo dentro de un plástico”. Es decir que “Tras la promesa viene el chasco. Tras la espera, la nada”. Pero aun eso dista mucho de un sujeto que se lo “vende” como cantante y de música parece no saber nada.
Los americanos nos han acostumbrado a la cultura del consumismo febril de tal manera que no les hizo falta tener Internet para vendernos toda la vida películas, música, deportes, hamburguesas, series de televisión y ni hablar de la ropa y las zapatillas. Pero vender a un sujeto que no sabe cantar, que no sabe tocar un solo instrumento, que menos aun baila como Fred Astaire y que ni siquiera pronuncia el idioma español como corresponde, ya que necesita exagerar su acento latino, es una verdadera proeza del márquetin. Y todo eso en el Super Bowl.
Cabe recordar que el segundo de publicidad del medio tiempo es el más caro del mundo. Cuando Steve Jobs contrató, el coste del espacio publicitario para el mítico anuncio “1984” durante el Super Bowl, según diversas fuentes, el coste osciló entre los $370,000 y los $1.6 millones de dólares. Ese emblemático anuncio se toma como referente para tener una idea de la audiencia que tiene ese deporte violentísimo que solo practican los estadunidenses, pero que su entretiempo es una ventana mundial comparada con eventos como la entrega de los Oscars o Las 500 millas de Indianápolis, por nombrar eventos americanos de gran audiencia.
Lo que no se entiende es como esos americanos que antes consumían a Michael Jackson, Madonna, Prince o U2, comenzaron a descender con los latinos Ricky Martin, Jennifer López o Shakira y terminaron con el payaso de Bad Banny. Y aun así los índices de audiencia no disminuyeron sino que incluso se incrementaron; esto ante el descontento del mismo presidente Donald Trump, quien enfurecido cayó en el error táctico de criticar al bufón de turno, dándole más entidad de la que tiene.
La banalización de lo artístico incluso rayó con la lectura ideológica, ya que los detractores de Trump y la derecha, celebraron la rabieta en la red social X como si fuera un gol en el Camp Nou. Sin embargo el ácido periodista Eduardo Feinman recordó que Bad Banny puede criticar a Trump pero que con el dictador Nicolás Maduro no se mete, por ende dijo “es un hipócrita”; y que incluso recibió financiación del régimen chavista en sus inicios.
Lo realmente divertido de toda este caótico y fútil melodrama es que nadie entiende como este módico payaso se ha convertido en el sucesor de Michael Jackson, vendiendo su basura en cantidades industriales y poniendo nervioso al hombre más poderosos del planeta con su patética muestra de dudosa cuantía artística, pero de un márquetin tan acertado que después del Super Bowl aterrizó en el estadio de River Plate, el favorito de los roqueros más talentosos del mundo. Verdaderas vacas sagradas como Mick Jagger, James Hetfield, Angus Young, entre otros, destacan la acústica de un estadio perfecto para sus shows.
El agotamiento de la vanguardia artística
En “La era del vacío” de Gilles Lipovetsky, analiza en profundidad la disolución de los criterios de valor artístico y el agotamiento de las vanguardias, lo que constituye el marco teórico perfecto para entender ese fenómeno.
En el análisis que Lipovetsky hace del arte en la posmodernidad, según el diagnóstico del autor, la “era del vacío” se caracteriza por una pérdida de los criterios trascendentes que permitían juzgar el valor de una obra. En este contexto, el arte deja de tener una finalidad revolucionaria o de ruptura para convertirse en un producto más del consumo masivo.
Lipovetsky describe la mutación del individualismo y su impacto en el arte. “Aparece un nuevo estadio del individualismo: el narcisismo designa el surgimiento de un perfil inédito del individuo en sus relaciones con él mismo y su cuerpo, con los demás, el mundo y el tiempo, en el momento en que el «capitalismo» autoritario cede el paso a un capitalismo hedonista y permisivo, acaba la edad de oro del individualismo, competitivo a nivel económico, sentimental a nivel doméstico, revolucionario a nivel político y artístico, y se extiende un individualismo puro, desprovisto de los últimos valores sociales y morales que coexistían aún con el reino glorioso del homo economicus, de la familia, de la revolución y del arte” .
Finalmente todo se reduce a la simple verdad que sintetiza el director Ruben Östlund en su maravillosa obra Triangle of Sadness, ganadora de Cannes en 2022, cuando el personaje del millonario y tosco ruso Dimitry, interpretado por Zlatko Burić responde cuando le preguntan a qué se dedica o como llegó a amasar su fortuna, ya que su compañía se dedica a la producción del biogás, derivado del excremento de cerdo. El ruso muy expeditivo solo responde: “Vendo mierda”.
Fotografía: Darrell Jackson



