EL DÍA QUE LA TECNOLOGÍA EMPODERÓ A LOS PUSILÁNIMES

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El hecho de que dos cretinos hayan humillado a un joven discapacitado que trata de sobrevivir vendiendo comida en la calle, parece haber sido el hecho que cruzó el punto límite de la cordura y la moral. La pregunta es: ¿Cómo llegamos a que dos pusilánimes incapaces de juntar dos ideas consecutivas hayan ofendido a toda una sociedad que aún sigue sensibilizada tras el aberrante suceso?

Ni siquiera trascendieron sus verdaderos nombres pero con los alias de “Punky y Mimi” es suficiente para identificarlos y tratar de analizar qué es lo que nos pasa como sociedad cuando permitimos que estos dos analfabetos funcionales tengan la suficiente capacidad como para causar un daño irreparable, casi una ejecución publica donde un indefenso ha perdido toda su dignidad a manos de dos perversos, de dos vagos que ni siquiera pudieron avisar en sus redes sociales que los estaban amenazando sin cometer errores de ortografía.

La pregunta que martilla la cabeza de quienes siguen buscando una respuesta al menos coherente de, cuando inició el hecho de que sujetos que ni siquiera cuentan con la capacidad de producir una idea que aporte algo de utilidad, tengan el poder de destruir vidas con solo un teléfono celular y una conexión a Internet.

¿Quién desató este poder incontrolable? ¿Acaso tenemos que enojarnos con Steve Jobs, con Bill Gates, con Steve Wozniak? apenas eran unos hippies y “nerds” de la década de 1970 que redujeron los conceptos informáticos al tamaño de un chip de silicio y lo pusieron en una computadora personal; lo que luego se trasladó a los teléfonos móviles que cayeron en las manos de estos inútiles, de estos simios que nacieron con esta tecnología en las manos y que jamás dimensionaron –ni dimensionan– el poder que detentan y ni en cuenta lo tienen.

Obviamente que antes de culpar a los cerebritos de Silicon Valley habría que preguntarles a los padres de los energúmenos Punky y Mimi, si son conscientes del grado de estupidez que sus hijos portan por obra y gracia de que jamás se les ocurrió pensar para que servían lugares como las universidades.

Sin embargo allí está toda una sociedad pidiendo por la Universidad Pública cuando lo único que aparece en sus horizontes de sucesos son las historias en Instagram y los reels en Tiktok, para que el ego de estos macacos les permita seguir respirando y comiendo grasa frente a “la Play”. Ergo más allá de eso no van a llegar.

“En la modernidad líquida, la soledad ya no es una elección, sino una imposición. Vivimos conectados pero sin vínculos”, reflexiona el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman y eso nos lleva peligrosamente a saber que estamos parados frente a un pelotón de fusilamientos virtual, formados por psicópatas en potencia que no experimentan el menor grado de empatía.

No es una exageración pensar que dos cretinos que ni siquiera sintieron culpa al burlarse de una persona con retraso madurativo que está debajo de la línea de pobreza tratando de sobrevivir, son psicópatas. Lo más inquietante de esta parte del macabro suceso fue que este par de perversos de pacotilla cayeron en cuenta de lo que habían hecho después de ver la reacción en cadena que se produjo. Del repudio de toda la sociedad que se solidarizó con la víctima.

En el caso de que la sociedad no haya reaccionado de la manera que lo hizo, incluso el gobierno de la provincia también tomó cartas en el asunto, es probable que jamás se hubieran enterado del daño causado. La sociedad no puede hacerse la distraída ante hecho como estos. Ya lo había advertido Umberto Eco cuando dijo que las redes sociales era “la invasión de los idiotas”.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, comentó el Premio Príncipe de Asturias, en declaraciones tomadas por el diario italiano La Stampa en junio de 2015.

Pasó casi una década desde aquellas oportunas declaraciones y al perecer no hemos tomado nota. Hemos permitido que dos idiotas hayan ofendido a una sociedad que aún sigue adormecida ante estas manifestaciones públicas que no llegan a la calificación de delito pero que si causan daños irreversibles en la psique de un ser humano que está expuesto a esta clase de perversiones públicas.

Evidentemente este es un drama moral atravesado por una crisis estructural, donde estos enanos mentales que se hacen llamar Punky y Mimi, quienes para el caso de estar en una biblioteca de una universidad pensando como finalizar una materia, están pensando en cómo cargar la siguiente historia en sus redes sociales, las cuales solo tienen como aporte una pacateria de un aburrimiento estremecedor que a estas alturas solo causan vergüenza ajena; mientras ello siga ocurriendo el problema no va a atenuarse sino a incrementarse.

Pero no todas son malas noticias en este lamentable hecho en particular. Obvio que la rápida intervención del gobierno le abrió la posibilidad al ministro Ignacio Jarsun de mostrarse como el funcionario con mayor sensibilidad social ante el contexto libertario que estamos padeciendo, ese que produce cortes al sector de la Discapacidad y las torpezas a la que nos tiene acostumbrados el Ejecutivo Nacional.

Lo otro sin dudas ha sido el repudio generalizado de toda la ciudadanía y la Prensa local que más allá de que enero es el mes más abúlico del año para producir noticias y editoriales como este, se aprovechó al máximo este suceso ya que sin dudas el tema da para analizarlo por todo el mes, sobre todo por la gravedad de la humillación publica sufrida por el joven vendedor y las consecuencias sobre su salud mental.

Quizás seamos optimistas y nunca más veamos a Punky y Mimi como la especie dañina que aparecen siendo en el ecosistema digital y si podamos saber de ellos a través de sus nombres reales registrados en una libreta universitaria, donde quizás algún glorioso día pasen a recoger sus títulos universitarios. Obvio que a estas alturas suena a quimera pero soñar no cuesta nada.

Más nos vale como sociedad que al menos nos permitamos soñar con una época de fe perfecta y no con esta realidad ingrata y violenta en la que parecemos seguir enredados y donde la chatura intelectual ha hecho de la ignorancia una dicha, en un paraíso de pusilánimes que parecen tener cada vez más un poder que ellos jamás podrán dimensionar.