El horroroso final de la vida de una jovencita de 14 años a manos de un psicópata manipulador que engañó a todos, es la síntesis perfecta de un país que no funciona ni como sociedad, ni institucionalmente, ni políticamente, ni culturalmente. El femicidio de Agostina es el macabro resultado de un deterioro que lleva décadas gestándose en una Argentina rota y descompuesta, que en la actualidad devuelve este tipo de horrorosos episodios
Un psicópata como Claudio Barrelier solo puede funcionar como componente de una sociedad podrida como lo está la Argentina en la actualidad. Muy difícilmente un sujeto como este podría zafar de la justicia tras haber secuestrado a una mujer que pudo escapar de milagro de sus garras, solo un tiempo antes de cometer el crimen que conmociona al país.
Sería imposible en un país normal que un violento como este consiguiera un nombramiento por parte de un concejal para pintar cordones, cuando en realidad había sido contratado por su vinculación a la barra brava de Instituto de Córdoba para oficiar casi como un guardaespaldas de un funcionario que lo apañó y lo defendió de sus actos delictivos. El concejal oficialista Ricardo Moreno fue quien recomendó y facilitó el ingreso de Barrelier como becario a la Municipalidad de Córdoba en el año 2021. Inexplicable.

Solo en un país donde la policía tiene como prioridad un partido de futbol antes que la desaparición de una adolecente, un sujeto como Barrelier puede disponer del tiempo suficiente como para deshacerse de un cuerpo como lo hizo con los restos de Agostina; además de engañar a un fiscal, mintiéndole y haciéndole creer cada punto y coma de su coartada.
Solo en un país como este un psicópata puede engañar a todos los que de alguna u otra manera estuvieron satelitalmente vinculados a él. Su madre le creyó cada palabra, al día siguiente que había matado a Agostina.
Unas horas antes su ex novia le prestó el auto para ir a descartar el cuerpo, con engaños y una actuación digna de un premio Oscar, cuando le dijo que se sentía triste –según la dueña del automóvil K negro, quien podría quedar imputada después de que se publique la presente nota– porque se habían peleado un tiempo atrás, sin saber esta mujer –supuestamente– que había matado a una niña de 14 años y que había utilizado su vehículo para tirar los restos desmembrados de su víctima.
Le creyó la madre de Agostina, quien también había sido su pareja. Una mujer adicta a la que seguramente manipulaba a gusto cada vez que la necesitaba para favores sexuales, incluso llegando al macabro momento en que abusó de su hija, quien se resistió y por ello la asesinó. Tuvo la suficiente frialdad de mentirle a la madre de su víctima diciéndole que se había ido en un automóvil rojo y que no la había visto nunca más. Agobia la capacidad de manipulación de un psicópata que se movía como pez en el agua, en una sociedad que le apaña todo a los impunes.

Currar con el dolor y la muerte de las mujeres
Los periodistas de investigación Mariana Escalada y Agustín Ronconi en el sitio web EL DISENSO se preguntan “¿Sabías que Ingrid Beck, Marina Abiuso, Soledad Vallejos, Florencia Etcheves, Hilda Pomeraniec, Ana Correa, Marcela Ojeda y Mercedes Funes solicitaron en el INPI la titularidad de la “marca” #NiUnaMenos..?”
El 10 de diciembre de 2015, mientras CFK terminaba su mandato, un grupo de 8 mujeres corría al INPI para asegurar la titularidad de #NiUnaMenos. Ingrid Mariana Bekinschtein, María Soledad Vallejos, Florencia Etcheves, Hilda Laura Pomeraniec, Ana Elena Correa, Marina Abiuso, Marcela Ojeda y María Mercedes Funes registraban la marca en las clases 16 (papel, cartelería), 38 (telecomunicaciones) y 41 (educación, formación, esparcimiento).
De esta manera, el logo violeta del #NiUnaMenos se convertía en un elemento comercial y Beckinschtein y compañía obtenían su derecho exclusivo.
Esto solo puede ocurrir frente a una sociedad rota que se cae a pedazos en su credibilidad, ya que gobiernos que se auto perciben “progres” echan mano a recursos ideológicos sensibles para crear auténticos grupo de tareas para manipular al electorado y ganar elecciones a fuerza de populismo mentiroso. Esa misma sociedad que al cabo de unos años descubre los daños colaterales, como este femicidio horroroso, donde un psicópata puede darse el lujo de engañar a todos durante años hasta llegar a esa noche fatídica, donde se llevó a su víctima a la casa de su pareja y de su suegra, violarla, matarla y desmembrar el cuerpo, pared con pared con su suegra.
Ni siquiera una crónica kafkiana podría encajar en el derrotero de este horror por quedarse corta ante el relato ominoso, donde solo a un farsante y sínico como el fiscal Raúl Garzón se le podría ocurrir pedir una distinción para el perro rastreador de la Policía que permitió hallar los restos de Agostina.
Pero en honor a la verdad, a Agostina la mataron mucho antes de que este chacal se la cruzara en el horrendo sendero de la vida de ambos.
Agostina comenzó a morir cuando su madre adicta conoció a Barrelier; comenzó a morir cuando las feministas utilizaron el “Ni una menos” como marca para vender una mentira que duró dos décadas en la Argentina populista; comenzó a morir cuando los protocolos de las fuerzas de seguridad suelen tener la mala costumbre de enviar a las madres desesperadas de hijas desaparecidas con la excusa de “haberse ido con un noviecito”. Porque claro está que había que esperar a que terminara el partido de Belgrano y River, para recién salir a buscarla. Sin contar que ese lunes era feriado y que había que seguir de joda.
Cuantas Agostinas más tendrán que venir para descubrir que lo de Barrelier no solo fue la tormenta perfecta, sino que es la síntesis de una Argentina donde todo falla y nada puede volver a la normalidad
Solo en este país olvidado de Dios un barrabrava de Instituto de Córdoba puede ser premiado con una designación en la municipalidad de su ciudad; y puesto en libertad solo unos días después de un intento de violación en el cual la víctima logró escapar de milagro.
En el campo hay un dicho que encaja con perfección metódica para este tipo de relatos donde hay que hurgar en la podredumbre estructural en la que vivimos hace más de 20 años: “No tiene la culpa el chancho sino el que le da de comer”.
A Barrelier lo apañó y le creyó toda una sociedad borracha de falsos preconceptos, de estereotipos donde una hipócrita como la “periodista” Julia Mengolini festeja los robos cometidos por un delincuente como “Pitu” Salvatierra.
En esa misma Argentina donde se romantiza la delincuencia y el modelo a seguir es el “guachito” que roba a punta de pistola y exhibe su botín en las redes sociales.
A Agostina no solo la mató Barrelier, la mató una sociedad donde nada funciona y cuando ya es tarde se lanzan frases con palabras rimbombantes como “patriarcado” o “machismo”.
A Agostina no la cuidó solo su madre, la descuidó una sociedad enferma de mentiras y políticas de género vacías que solo sirven para ganar elecciones a gobiernos populistas que fundieron un país que alguna vez fue la sexta economía más pujante del mundo.
A Agostina la mataron los mentirosos, crédulos, hipócritas e inútiles que gobernaron la Argentina en las últimas décadas, donde lo más paradójico es que en la próxima marcha del 3 de junio, cuando salgan a las calles para protestar contra la violencia machista y exigir el cese de los recortes en políticas de género, seguro utilizaran como bandera el cuerpo desmembrado de Agostina. A Agostina la mataron porque en la Argentina hipócrita nada funciona.



