MADILE: LIVIN’ LA VIDA LOCA

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Novia nueva, implantes capilares, viajes por el mundo, una mansión de 400 mil dólares y un desempeño pueril como presidente en el peor Concejo deliberante de la historia de Salta. Cuando el erario público financia un estilo de vida obsceno y la comunidad observa en silencio. Fotomontaje: OPINORTE

Dadio Madile parece la caracterización vulgar de esos yuppies de la década de 1980 que muestra Martin Scorsese en el “Lobo de Wall Street”, esos vendedores de ilusiones que se hicieron millonarios vendiendo acciones. Pero con la gran diferencia que vive en una pequeña ciudad donde cada gesto ostentoso se nota a kilómetros, aunque tiene la suerte de que el público salteño tiene actitudes pusilánime cuando se trata de la apuntarle a la función pública.

Aterrizado desde Buenos Aires, bien lejos de la mirada escrutadora de los titulares nacionales, se desarrolla un drama moderno que es a la vez vulgar y profundamente revelador. Darío Madile, un servidor público cuyo salario oficial es un documento público, reside no en una vivienda funcional, sino en una fastuosa mansión valuada en 400.000 dólares.

Su vida privada ha seguido un guion de novela ligera: una pareja de años fue reemplazada por una más joven, acorde a una nueva imagen. Las redes sociales de su nueva novia, lejos de esconderse, son un catálogo de viajes exóticos; en las de él, un intento de rejuvenecimiento que incluye, con notable evidencia, costosos implantes capilares. Este no es un simple caso de corrupción al uso e inmoralidad manifiesta —que la justicia debería investigar— sino un síntoma social más agudo: la obscenidad del despliegue y la pusilanimidad del espectador.

El portal OPINORTE exhibe la vida de este facineroso módico. “Desde que se separó de Laura Montarce —vicepresidenta de SAETA— parece haber reordenado prioridades. Pelo implantado, rutina fitness, estética renovada. Nada cuestionable en lo personal, salvo por un detalle: en paralelo, en el plano político prácticamente un cero a la izquierda”, señala.

“Su nueva pareja, Agostina Molinaro —nombrada en el Concejo como corresponde con todas las mujeres de los muchachos del poder local, aunque sin que nadie pueda explicar con precisión qué función cumple— es fanática de los viajes: Tailandia, Nueva York, Perú, Punta Cana: son algunos de los últimos destinos que disfrutó”, señala un doliente párrafo en referencia al porteño que conquistó Salta.

El sociólogo Zygmunt Bauman, con su concepto de “modernidad líquida”, nos ofrece una lupa poderosa de fenómenos como estos. Bauman describió una era donde lo sólido—las instituciones, los empleos, los valores—se derrite y fluye. En este mundo líquido, el éxito ya no se mide por la contribución a la comunidad o la acumulación de capital simbólico (honor, respeto), sino por la visibilidad del consumo y la experiencia inmediata.

Para el caso del muchacho de los implantes no esconde el botín; lo hace para convertirse en una “obra de arte” consumista, para pararse sobre los zapatos de una vida de magnate con dinero ajeno. Porque convengamos que cuando vivía en Buenos Aires no lo hacía en una mansión de casi medio millón de dólares.

Su desvergüenza no es un error táctico; es la esencia del acto. El mensaje no es “tengo poder”, sino “mi vida es exitosa, deseable y muy por encima de la de ustedes”. La obscenidad, como señalaba el filósofo Jean Baudrillard, radica en mostrar lo que debería estar oculto, en hacer público y espectáculo del derroche que emana de lo público-sagrado: el erario.

Pero este drama requiere un coro pasivo: una comunidad que, aunque murmura, no actúa; que da “me gusta” por inercia o que, abrumada por la impotencia, normaliza lo escandaloso. Aquí otro pensador, el alemán Byung-Chul Han, complementa el análisis. En su crítica a la “sociedad del cansancio”, habla de la “violencia de la positividad”: ya no nos oprime un “no puedes”, sino un “debes poder hacerlo todo”, incluyendo tolerar lo intolerable con una sonrisa cínica.

La sociedad pusilánime no es solo temerosa; está exhausta, sobreinformada y paralizada por la saturación de escándalos. El funcionario, en su despliegue, se presenta como un “ganador” en el juego líquido de la vida, y la comunidad, en su silencio, internaliza que quizás, en un mundo tan injusto, el “éxito” visible —aunque sea robado— es el único valor que queda.

El cambio de pareja por una más joven y los implantes capilares no son detalles frívolos. Son símbolos de consumo de la juventud y el vigor en un mercado que commoditiza todo, incluso las relaciones y el cuerpo. Es la estética del nuevo rico, pero financiada con los impuestos de quienes envejecen, sudan y ven cómo sus servicios públicos se precarizan. Es la aplicación literal y grotesca de la lógica del homo consumeris al ámbito de lo público.

El silencio pusilánime es, por ahora, su mayor cómplice.