En los últimos años, ha surgido una creciente preocupación entre diversos sectores de la sociedad argentina respecto a la pérdida de nuestras raíces culturales. En este contexto, resulta pertinente detenerse a analizar un fenómeno que, aunque importado, ha ganado una popularidad alarmante: la fiesta de Halloween. Foto: Walter Echazú
El sábado 31 de octubre la ciudad de Salta se vio invadida de niños disfrazados y pintados como demonios a pedir dulces en los mercaditos, almacenes y quioscos, que no están pasando por un buen momento económico. A esta altura de la circunstancias solo cabe preguntarse ¿Qué hacen estos niños descendientes de aborígenes y una cruza europea escapada de la guerra, celebrando una fiesta norteamericana por excelencia?
Es innegable que Halloween es, quizás, la celebración más estadounidense que existe. Su origen, sus símbolos y su lógica comercial responden a una idiosincrasia que no tiene absolutamente nada que ver con nuestras convicciones ni con nuestras raíces. Sin embargo, año tras año, vemos cómo esta fecha se arraiga con fuerza en nuestro calendario, impulsada por el marketing y la imitación cultural.
Este fenómeno nos invita a reflexionar sobre la construcción de nuestra identidad. La Argentina es un país rico en tradiciones propias, forjadas a partir de una historia compleja y diversa. Tenemos nuestras propias fechas, nuestros propios rituales y nuestras propias formas de entender la vida y la muerte. La incorporación acrítica de costumbres ajenas, especialmente aquellas que provienen de la potencia cultural dominante, no hace más que diluir aquello que nos hace únicos.
El caso de Halloween es paradigmático. Se nos presenta como una fiesta “divertida” y “global”, pero detrás de las máscaras y los disfraces se esconde una lógica que nos es ajena. Nos invita a celebrar lo que no somos, mientras descuidamos lo que sí somos. Es, en definitiva, una muestra de cómo la globalización puede homogeneizar y borrar las particularidades locales.
No se trata de rechazar lo extranjero por el simple hecho de serlo, sino de ser conscientes y críticos. La verdadera riqueza de un pueblo reside en su capacidad de mantener viva su identidad, de reconocerse en sus propias manifestaciones culturales y de no dejarse llevar por modas pasajeras que no le pertenecen.
La pregunta que queda flotando es: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ceder nuestra identidad en pos de una celebración que, en esencia, no nos representa? Recuperar y valorar lo nuestro es un acto de resistencia cultural y, sobre todo, un ejercicio de coherencia con nuestras raíces.
No somos yanquis, no somos hijos de gringos, somos matacos, hijos de wichis que se cruzaron con un crisol de europeos, en su mayoría españoles e italianos, y de allí es que nuestra identidad no responde ni remotamente a un país que no habla nuestro idioma, ni comulga con nuestra identidad. ¿Entonces porque nuestros hijos se disfrazan de demonios y salen a pedir dulces? ¿Tan consumidos estamos por un pueblo que nos metió a Hollywood hasta por las narices a tal punto que nos hemos identificado con ellos y nos permitimos esta falta de educación y cultura?



