Los crímenes de Cassandre Bouvier y Houria Moumni desataron en Salta todo un folclore de fantasías, ficciones y un sinfín de teorías surrealistas que alimentaron el morbo de una parte de la sociedad que desea desesperadamente consumir relatos ficticios. Pasaron 15 años durante los cuales aparecieron de toda clase de oportunistas que explotaron el dolor y la tragedia, y aprovecharon para sobredimensionar un mito que jamás existió. CONTENIDO SENSIBLE, SE RECOMIENDA DISCRECION
Cuando un hecho criminal recibe más atención de la que debería haber tenido es cuando la realidad se convierte en ficción y la verdad en un mero relato. Es lo que sucedió con el caso conocido como “Las turistas francesas”. Un caso simple y sencillo de resolver para cualquier investigador que pudiera contar con las mínimas competencias, además de la experiencia y conocimientos en ciencias como la Criminalística y la Entomología.
Obviamente en un ámbito de aceptable normalidad y en un lugar donde el contexto social resultase medianamente aceptable. Lamentablemente esas condiciones jamás se cumplieron en Salta aquel año.
El hecho se remonta a julio de 2011. Dos mujeres jóvenes de origen galo, de paseo por Salta, decidieron dejar por unas horas el hostal donde se alojaban y concurrir a un lugar conocido por sus bellezas naturales denominado El Mirador de la Quebrada de San Lorenzo, el cual cuenta con un predio donde los visitantes ingresan y se registran. En aquel año se entregaba un ticket o comprobante. Cassandre y Houria fueron las ultimas en ingresar.
Pasadas las cinco de la tarde son abordadas por dos sujetos –o quizás tres–, quienes las asaltan, les roban sus teléfonos celulares y cámaras fotográficas. El líder de la banda, un lugareño de nombre Gustavo Lasi, las reduce portando una carabina Bataan.
Entre los vapores del alcohol, la violencia con la que fueron abordadas y el estado de indefensión en el que se encontraban, pasan a ser “carne de cañón” ya que en un momento dado las dos mujeres se convierten en apetecibles víctimas para violaciones.
Gustavo Lasi, armado con la carabina y su cómplice portando un machete, avizoran la oportunidad de asaltarlas sexualmente ya que el predio estaba cerrado y no había nadie que pudiera verlos.
Aterrorizadas ambas mujeres ceden ante los malvivientes. Son golpeadas salvajemente y arrastradas por el suelo, en estado casi de inconsciencia por los innumerables puñetazos. Cassandre recibe golpes en la zona del ojo izquierdo y el mentón.
En medio de ese horror, Cassandre intenta defenderse pero es inútil, prácticamente no le quedan fuerzas por la cantidad de golpes de puño sobre todo en la mandíbula. Gustavo Lasi las sodomiza por ambas vías, tanto vaginal como analmente, dejando abundante material biológico en las victimas.
Al finalizar el espantoso acto sexual, Lasi decide terminar con su faena con la idea de silenciarlas para siempre. Toma la carabina Bataan, apunta a unos 50 cm. y dispara en la cabeza de , causándole la muerte instantáneamente.
En ese momento y probablemente ante la incredulidad del otro sujeto al contemplar la frialdad de Lasi en su brutal acto criminal, pierde la atención en la persona de Houria, quien intenta huir.
En ese punto se cree que Gustavo Lasi haya estado acompañado por un solo sujeto, ya que la víctima que queda viva intenta la huida. Quizás el otro perdió por un instante la atención sobre Houria, quien logra zafarse y correr.
Solo logra recorrer unos metros. Gustavo Lasi acostumbrado a la caza de animales en terrenos desfavorables, realiza un primer disparo que le roza el brazo izquierdo, pero Houria sigue corriendo ya que la adrenalina le permite continuar, además de su instinto de preservación.
El segundo disparo es más certero impactando en la zona de las costillas, saliendo el proyectil por la altura de la clavícula perforándole el pulmón del lado izquierdo. Cae al suelo y queda tendida en el piso. La sangre del pulmón le causa un shock hipovolémico de unos 45 minutos, lo que la deja inmóvil.
Creyéndola muerta, Gustavo Lasi y su cómplice –en el caso que haya sido uno solo– se retiran del lugar con los celulares y la cámara fotográfica. Houria sigue viva pero no hay nadie que pueda auxiliarla y agoniza más de 10 horas, tras haber sido violada y golpeada con una violencia inusitada. Finalmente muere esa misma madrugada en medio de una helada que conserva su cuerpo del estado de descomposición.
Paradójicamente Houria jamás había estado con un hombre y su única experiencia sexual fue esa inenarrable violación. Nunca regresan al hostal.

La presión política
El 8 de julio de 2011 tras viajar desde Retiro hasta el norte argentino desaparecía la diseñadora María Cash. Su última imagen la registró una cámara de vigilancia cerca del puesto de peaje de AUNOR. Tenía 29 años, casi la misma edad de Cassandre y Houria. Incluso su aspecto era similar por el color de piel, su fisonomía y contextura física.
El 29 de julio, solo 21 días después de su desaparición, un matrimonio de turistas ingresa al predio de la Quebrada. Aun no se sabía nada de Cassandre y Houria, ya que jamás regresaron al hostal. El turista le dijo a su esposa que lo esperara unos minutos, que tenía necesidades fisiológicas. Buscando un lugar adecuado para orinar se encontró con un cuerpo de una mujer joven. De inmediato dio aviso a la policía. Los trascendidos en los primeros minutos fueron de que “habían encontrado a María Cash”.
Al llegar los efectivos policiales con la seguridad de que por fin se había resuelto la enigmática desaparición de la diseñadora, se toparon con otro cuerpo. Se trataba de Cassandre Bouvier y Houria Moumni. La noticia estalló como una bomba, no solo en Salta, sino en todo el país. Se trataba de un doble crimen de dos mujeres extranjeras.
La presión política cayó sobre el gobernador Juan Manuel Urtubey, quien en ese momento contaba con el apoyo político incondicional de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, por lo que la premura de resolver los asesinatos era una cuestión de Estado.
Comenzaron a pasar las horas, los días y el juez de instrucción designado al caso, Martin Pérez, comenzó a entrar en pánico ya que no había ni un rastro de los asesinos.
Por su parte el secretario de seguridad, Aldo Rogelio Saravia, comenzó a sentir la misma presión tanto como el juez Pérez. Ambos sabían que toda la atención estaba puesta sobre sus espaldas. Por ello trasladaron esa presión sobre los efectivos policiales, lo que dio lugar a una febril persecución de cuanto sujeto de la zona podría encajar con el perfil y diera a la policía a los probables sospechosos de los crímenes.
Pero los errores propios de semejante presión comenzaron a hacer mella sobre la investigación mucho antes. Errores que iniciaron desde el minuto uno de la etapa de instrucción, tales como levantar los cuerpos a las 3 de la mañana y no esperar la luz del alba para estudiar la escena primaria del crimen.
Lo que siguió fue un decálogo de desatinos, uno tras otro. Una verdadera caza de brujas se desató por esos días en San Lorenzo. Hasta que llegó una buena noticia. El celular de una de las víctimas se activó. Fue un alivio para Martin Pérez.
La Brigada de Investigaciones localizó el dispositivo. Lo tenía una mujer de nombre María Fernanda Cañizares, quien al ser interrogada dijo que el teléfono había sido un regalo de su novio, Gustavo Lasi. De inmediato fue arrestado y llevado a la sede de la Brigada. Cuando comenzó a ser golpeado por los policías confesó de inmediato todo lo que había sucedido aquel fatídico día pero omitió brindar un detalle no menor: la identidad de su cómplice.
Hubo un elemento que lo complicó desde el principio y fue el arma que utilizó para matar a las víctimas, que era propiedad de su padre, Walter Lasi, a quien dijo que se la había robado. No guardaba mucha lógica la respuesta referente al arma aunque le creyeron pero algo no cerraba: ¿quiénes eran sus cómplices? ya que era imposible que hubiera ejecutado semejante faena en solitario. Era cuestión de tiempo que su ADN coincidiera con el encontrado en las victimas y él lo sabía.
Una investigación plagada de irregularidades
Faltaban el cómplice que no aparecían y el arma que complicaba la presencia de su padre en la escena. A esa altura los policías comenzaron a dudar de cuantos eran los que habían estado con él esa tarde.
Faltaban por lo menos dos más para completar la acusación, la cual no podía llegar a juicio con Gustavo Lasi solo. Ese fue el momento en que se decidió la suerte de Daniel Vilte y Santos Clemente Vera, quienes fueron señalados por Gustavo Lasi ante el juez Martin Pérez.
Ambos fueron llevados a la sede de la Brigada y sometidos a interminables sesiones de torturas y tormentos, mientras el dueño de la carabina, Walter Lasi, el padre del confeso asesino fue desestimado inexplicablemente por el juez Pérez; tanto como la señorita Cañizares. Pero el caso ya estaba cerrado. Los tres irían a juicio y el gobernador premió a los torturadores y al juez.

Comienza el mito que alimenta el perverso folclore: “¿Quién mató a las francesas?”
El 25 de marzo de 2014 comenzó el debate oral y público en la Sala de Grandes Juicios del Poder Judicial de Salta. La Sala II del Tribunal de Juicio, integrada por los jueces Ángel Amadeo Longarte, Bernardo Antonio Ruiz y Carlos Héctor Pucheta, tras analizar las pruebas y escuchar a los testigos, condenaron a Gustavo Lasi pero absolvieron por el principio de la duda a Daniel Vilte y a Santos Clemente Vera. Mientras, durante el debate el abogado defensor de Daniel Vilte, el Dr. Marcelo Arancibia, denunció las torturas a las que había sido sometido su cliente a manos de los elementos de la Brigada y la policía de San Lorenzo.
Obviamente que desde ese momento una tormenta de dudas y cuestionamientos cayó sobre el Poder Judicial de Salta, con Vilte y Vera como las verdaderas víctimas de una policía corrupta que había echado mano a los peores métodos provenientes de la Escuela de las Américas y de la última dictadura militar. El sistema de justicia fue tildado de perverso y el Poder ejecutivo quedó “pegado” tras una investigación que supuestamente había finalizado satisfactoriamente.
Después de semejante escándalo, con un solo asesino en la cárcel y los otros dos absueltos –dos de los jueces votaron por la duda y solo Pucheta falló por la absolución lisa y llana–, la justicia de Salta y su credibilidad, comenzaron a desmoronarse.
Desesperados y ante la presión de devolver la pieza que le faltaba al rompecabezas apuntaron a la persona de Santos Clemente Vera, en quien las sospechas se acentuaban más que en Daniel Vilte, quien debió soportar ser acusado solo por ser señalado por Gustavo Lasi.
Al fin de cuentas había un supuesto ADN de la línea paterna de Vera que lo posicionaba como el más sospechoso, aunque el tribunal que lo juzgó no encontró pruebas en su contra.
En febrero de 2016 el Tribunal de Impugnación revocó su absolución y lo condenó a prisión perpetua sin un nuevo juicio, fue nuevamente encarcelado. Tras una presión mediática enorme y el trabajo de Innocence Project, recuperó su libertad en diciembre de 2023 por orden de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Este hecho socavó definitivamente la credibilidad de la justicia en Salta.

Ello se fagocitó con leyendas urbanas tales como fiestas de los hijos del poder que habían violado y asesinado a las dos víctimas, teorías absurdas que apuntaban a jolgorios de poderosos que habían hecho desaparecer a las turistas francesas y las habían tenido congeladas en freezers, para luego de dos semanas dejarlas en la Quebrada, tras 14 días de haber ocultado y preservado los cadáveres.
Todo ese delirio estaba basado en tres ejes: la data de muerte que no cerraba en esas dos semanas; tres ADN desconocidos en las victimas, dos de ellos masculinos y un femenino; y una misteriosa carta redactada de puño y letra por una mujer que daba cuenta de las perversas fiestas donde violaban mujeres en el corazón de un coqueto barrio elitista de San Lorenzo, cercano al lugar donde aparecieron los cuerpos.
La sociedad salteña quedó fascinada con esa fantasía. Las ficciones de Arthur Conan Doyle y Agatha Christie ahora estaban disponibles en forma módica en Salta, una ciudad donde nunca pasaba nada, era vista por el mundo entero como la cuna del mayor de los misterios. Por entonces los bares, confiterías y luego de unos años las redes sociales, eran el punto de encuentro donde todos se planteaban el mayor de los enigmas: “¿Quién mató a las francesas?”.

Como si con todo eso no alcanzara se sumaron dos factores que alimentaron aún más el mito. En medio de la investigación surgió una interna feroz en la Brigada de Investigaciones con dos nombres que formarían parte fundamental del caso: Walter Mamani, un policía que durante el juicio de 2014 quedó en evidencia que había plantado balas en la escena del crimen y Néstor Piccolo, quien apareció muerto con un tiro en la cien unos meses después de los crímenes, en noviembre de 2011.
En ese contexto, Piccolo llevaba una línea de investigación y Mamani llevaba otra. Se cree que uno obedecía a Pérez y el otro a Saravia, o viceversa. El caso es que durante el episodio de las balas plantadas por Mamani, Piccolo no había encontrado nada incluso con un detector de metales y unos días después apareció Mamani “encontrando” las balas de un arma que habían conseguido agenciarse en un allanamiento realizado a un lugareño, el “diablo” Sarmiento, a quien ya habían planeado endilgarle los crímenes.

Caída del mito y el don de la negación
Con la visita a Salta del padre de una de las víctimas, el señor Jean Michel Bouvier; más la necesidad de esclarecer los hechos, se formó una nueva unidad fiscal en septiembre de 2026, formada por María Luján Sodero Calvet y Daniel Espilocín, bajo las órdenes del procurador general de la provincia, el Dr. Pedro García Castiella.
Los avances de la nueva unidad fiscal determinaron que de los tres ADN desconocidos, los dos masculinos estaban incompletos, es decir que eran inservibles y estaban en el pantalón de una de las víctimas; mientras que el femenino estaba completo. Este dato comenzó a desestimar la versión de la fiesta, ya que los dos masculinos desconocidos no eran tales, sino que podrían haber ido a parar al pantalón de una de las víctimas por el solo hecho de haberse sentado en una silla con restos biológicos de algún NN.
Aun así estaba la enigmática carta supuestamente escrita por la mujer que finalmente fue localizada en España y que negó de plano haberla escrito.
Finalmente lo que terminó con la teoría de la fiesta de los hijos del poder fue la data de muerte. La autopsia determinó de forma concluyente el dato que coincidió con los peritos de Francia, que las chicas murieron el día que subieron a la Quebrada. Científicamente se concluyó que sus cuerpos habían permanecido unos 14 días en el lugar de los crímenes.
En tanto la muerte de Piccolo se determinó que fue un suicidio. Cuestión que los escépticos siguen negando pero que la familia del comisario solicita prudencia ante este hecho.
La misma familia está llevando adelante una demanda por abandono de persona contra el Estado provincial, cuando el comisario atravesaba una fuerte depresión y una angustia que se habría generado entre otras cosas por su enfrentamiento con el policía Walter Mamani y la camarilla de oficiales que lo secundaban.
En cuanto a la presencia del ADN femenino completo, se inició toda una investigación en paralelo para desestimar una probable contaminación por arrastre. Los investigadores pusieron la lupa sobre la presencia de ese material genético femenino por lo que solicitaron muestras a todas las mujeres que podrían haber dejado accidentalmente su huella genética, tales como médicas que participaron en los estudios preliminares e incluso las mujeres que podrían haber tenido relaciones sexuales con los probables involucrados.
Todas prestaron sus muestras de forma voluntaria, incluso una mujer que denunció a Santos Clemente Vera por una supuesta violación. También la novia del condenado Gustavo Lasi, la señorita Cañizares. Pero hubo una mujer que se negó a brindar la muestra, la esposa de Vera, quien protagonizó un verdadero escándalo cuando, con muy poco tino los oficiales del CIF la arrastraron ante las cámaras de documentalistas de un canal de Francia, quienes le habían puesto un micrófono a la mujer.
Ese escándalo tuvo su rebote en un episodio que terminó con la intervención del representante de Innocence Project, el Dr. Manuel Garrido, incluyendo una conferencia de prensa en el hotel Alejandro 1.

Lo que sigue
Actualmente la investigación continúa su curso con paso firme y están proyectados para el año entrante dos juicios fundamentales que sin dudas echarán luz sobre el caso: uno de ellos es contra los policías acusados de torturar a los imputados, al condenado Gustavo Lasi y a Sarmiento, a quien pretendieron plantarle un arma de otro allanamiento, ajeno a esta causa.
Ese juicio obedece a un pedido expreso del señor Bouvier, quien en su última visita a Salta, cuando participó de la declaración indagatoria, realizó la solicitud de enjuiciar a esos elementos de la Brigada para que expliquen, quien o quienes les ordenaron ejercer tormentos.

El otro juicio es contra el policía Walter Mamani, acusado de plantar las balas en la escena del crimen, que pertenecían a la pistola del mencionado “diablo” Sarmiento.
Sin dudas estos dos procesos que se llevan en paralelo a una línea que sigue las actuaciones del comisario Piccolo, avizoran un panorama más optimista.
Quedan algunos puntos ciegos que la nueva unidad fiscal deberá cubrir, tales como una necesaria indagatoria el juez Martin Pérez y al ex secretario de seguridad en ese momento, Aldo Rogelio Saravia. Este último fue citado como testigo durante el juicio de 2014, donde fue duramente cuestionado por el tribunal cuando comenzó a extenderse en su declaración con nimiedades que no guardaban relación con el caso. Allí el tribunal y el defensor Marcelo Arancibia lo acorralaron por los ascensos de los policías ahora acusados de torturas.

Después de 15 años sobrevuela una palabra que atraviesa la causa desde el momento en que aparecieron los cuerpos aquel fatídico 29 de julio de 2011: “Prescripción”.
Una cuestión que lleva a una larga discusión entre los hombres y mujeres del Derecho Penal que participan de la investigación y que se vieron involucrados en el caso de una u otra manera.
Solo resta saber quién o quienes estuvieron con Gustavo Lasi aquella tarde y por supuesto dilucidar cuál fue la motivación de llevar adelante una investigación tan deficiente, al grado de socavar actualmente la credibilidad de las instituciones de un modo tal que se está pagando un precio demasiado alto.



