Bastardean la profesión con un micrófono en el cual balbucean cualquier estupidez sin chequear nada; escriben como pueden en portales que parecen un rejunte de chismes sin un solo sentido del buen gusto y una concepción de lo que es hacer periodismo. No son periodistas, son fantoches que confundieron la hiperconectividad con cierta ciencia que se llama: “Comunicación”.
Cuando el juego de las redes sociales comenzó a expandirse por todo el planeta, a un profesor de la facultad de Comunicaciones Sociales de La Plata no se le ocurrió mejor idea que poner a sus alumnos a ver El informante de 1999. La épica periodística de Michael Mann que es una fabulosa tesis cinematográfica de como se hace el verdadero periodismo de investigación. Lo que aquel profesor no sabía que sus alumnos no le agradecerían a quienes formaron parte de esa cinta sino que los ignorarían por completo, tanto la historia de aquella investigación como las 3 horas que dura el metraje.
Muy compungido aquel docente le dijo a un medio que lo entrevistó que tras la frustración de ver que sus alumnos no quitaban los ojos de sus teléfonos, él solo quería renunciar a esa sagrada profesión que le había tocado en suerte, la de enseñar a contar solo la verdad y que el público acepte los hechos comunicados.
Lograr credibilidad en el periodismo es lo más difícil de acceder, sin embargo matar al periodismo y darle una bienvenida a esta nueva era de las redes sociales, con la ocurrencia de mentir descaradamente solo para lograr interacciones es un acto repudiable. La bautizaron como “fake news” y fue lo que comenzó a erosionar a la profesión.
Si bien al profesor que les hizo ver a sus alumnos la película de las investigaciones que voltearon a los gigantes de las tabacaleras en EE. UU., de aquellos perversos que sabían que vendían productos altamente adictivos, por cierto historia que a una generación de jóvenes no les interesa, hecho que marca un cambio de paradigmas enorme; aún faltaba de vivenciar varios golpes más que acabaron con una profesión que antes se hacía artesanalmente y con un grado de minuciosidad que convirtió al periodismo en el cuarto poder.

Asesinar la verdad como entretenimiento y berretismo como moda autoimpuesta
El día que la verdad pasó a ser un bien poco apreciado el periodismo tuvo su certificado de defunción. Los balurdos de la comunicación aparecieron descolgados de las redes sociales y los problemas se convirtieron en un drama informativo. Crear una noticia falsa se entremezcló con el hecho de fagocitarse con las tendencias de Twitter, cuando se llamaba así antes que la compre el magnate de turno y la convirtiera en un “Instagram”, donde solo importa monetizar.
La gran confusión llegó cuando en el nuevo siglo se pasó del papel a los bytes. Pero eso no significaba que había que dejar de investigar, dejar de escribir con un grado aceptablemente académico y dejar de hablar correctamente. Lamentablemente sucedió y se esparció por todo el planeta como una peste bíblica.
En pocos años los periodistas de verdad comenzaron a ser desplazados por influencer, quienes no son más que unos analfabetos funcionales que han construyeron una comunidad de seguidores en las redes sociales y tienen la capacidad de influir en las opiniones, tendencias o decisiones de compra de su audiencia. Suena a novela distópica escrita en los 90 y no terminada por inverosímil.
Así las cosas llegamos a una Florecía Peña que durante el mundial “mató” al padre de Messi y terminó victimizándose como si el resto del universo fuera culpable de su condición de bruta, ignorante e irresponsable. Obvio que la repudiaron pero no por bastardear al periodismo, sino porque había causado angustia al ídolo deportivo nacional.
Salta no escapa del periodismo cutre. No somos la excepción a la regla, ojalá lo fuéramos. Pero en estos valles hay iluminados que hacen notas “periodísticas” con capturas de pantalla y testimonios afuera de tribunales; de denunciadores seriales que luego no judicializan sus aflicciones. Obvio que creen, en sus estrechas mentes, que el tribunal está en las redes sociales y el escarnio público es suficiente castigo para el señalado y aun no juzgado, en aquello de defecarse en el principio de inocencia y la Constitución.
En los últimos meses hemos sido testigos de acusaciones falsas, de afirmaciones falaces, de circos mediáticos y de toda clase de infamias que a luz de los acontecimientos terminan solo en una red social, donde miles de “borregos”, acompañan la estupidez obedientemente como una pulsión lúdica y no como lo que realmente es, un arma que arruina existencias reales y destruye a la verdad.
Hemos retrocedido siglos en cuanto a ejecuciones públicas, paradójicamente por advenimiento de la tecnología, lo que debería habernos trasladado a un presente inmaculado donde la tecnología solo está para ayudar a la humanidad y no para enfermar de ansiedad, estrés y depresión a más de la mitad del planeta.
Cuando leemos notas basadas en capturas de Whatsapp o escuchamos a un fantoche decir cualquier cosa frente a un micrófono sin chequear lo más mínimo, es cuando tomamos conciencia de que no solo las artes se han vuelto cutre, el periodismo también se ha convertido en una prosaica expresión de mal gusto, de falta de utilidad práctica y sobre todo de un aburrimiento estremecedor.



