O cómo Steve Jobs profetizó en vano mientras seguimos tratando a los electrodomésticos como si tuvieran alma. En medio de la jungla hiperconectada e hiperdigitalizada es cuando más se evidencia la ignorancia a “empelo”. Lamentablemente se confunde magia con ciencia y se cree que adentro de un dispositivo hay un mago que hace que nuestras vidas sean “super modernas”, cuando en realidad lo que sucede allí es pura programación de computadoras. Foto: Imagen de un Apple Watch. Larazon
Corría 1995 y Steve Jobs todavía en el exilio de Apple, soltó una frase que hoy suena a profecía ignorada: “Todos deberían aprender a programar una computadora, porque te enseña a pensar”. Treinta años después, el mismo tipo que ajusta la temperatura de su hogar con el teléfono celular desde la oficina es incapaz de interpretar por qué su lavarropas emite tres pitidos agudos y se detiene.
No, Juan Carlos, no es “la ropa desbalanceada”. Es una variable de estado que no alcanzó el valor esperado en el tiempo establecido por el fabricante. Pero claro, eso suena a chino, y es más fácil llamar al técnico y pagar 50 mil mangos por un “diagnóstico” que, en el 80% de los casos, se resuelve con un reinicio de fábrica que el propio manual indica en la página 43.
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El dogma del botón mágico
Vivimos rodeados de sistemas ciberfísicos: teléfonos que son ordenadores con antena, televisores que ejecutan Linux, heladeras que avisan de la caducidad y hasta cepillos de dientes con Bluetooth. Pero la relación del usuario medio con estos dispositivos es la misma que la de un cavernícola con un mechero: sabe que funciona, intuye que hay un truco, pero si falla, invoca rituales.
– “Apagálo y volvé a prenderlo”; “Dale unos golpecitos en la parte de atrás”; “Desconéctalo 30 segundos para que se descargue la electricidad”, y así sigue la cadena de “ignorantadas” sin solución de continuidad.
¿Electricidad? ¿Descargarse? Amigo, eso es un condensador que pierde carga, no un fantasma que hay que exorcizar. Pero el analfabetismo funcional es tan profundo que hemos convertido la electrónica en una nueva religión: el técnico es el cura, el manual es la biblia apócrifa y el botón de reset es el agua bendita.
Programadores, los nuevos chamanes
Y entonces llegamos nosotros, los que sí sabemos leer un stack trace. Los que entendemos que un “Error 0x8000FFFF” no es un conjuro demoníaco sino un fallo de comunicación en el bus I²C. Los que miramos el Smart TV y sabemos que no se “pone lento por la antena”, sino porque el proceso de renderizado del sistema operativo tiene una fuga de memoria que lleva meses sin parchear.
Pero ¿qué pasa cuando intentamos explicarlo? Que nos miran como si habláramos en sánscrito.
– “No, no se quemó la placa. El firmware tiene un bug en el handler de interrupciones”.
– “¿Firm… qué? Llama al servicio técnico, y que traigan repuestos”.
Y así, el programador se convierte en un chamán que habla de “variables” y “punteros”, mientras el usuario sigue pensando que su teléfono se ralentiza porque “tiene muchos archivos”. Spoiler: no, es el algoritmo de garbage collection que está mal optimizado desde la última actualización.

La paradoja final: todos ignorantes, pero en distintos idiomas
Lo más trágico no es que la gente no sepa programar. Lo más trágico es que no saben que no saben. Creen que entender tecnología es saber usar aplicaciones. Pero usar y entender son verbos que en este siglo se han divorciado por completo.
Mientras tanto, los que programamos caemos en el error opuesto: creemos que todo es software y nos olvidamos de que un lavarropas tiene un motor con escobillas que se gastan, una bomba que se obstruye y un sensor de nivel que se calcifica. El fallo real, casi siempre, está en la intersección: un sensor sucio envía datos erróneos, el software los interpreta como una condición de peligro y detiene el ciclo. El usuario ve “no anda”; el programador ve “la condición se evaluó como falsa”; y el técnico ve la oportunidad de cobrar un plus por urgencia.
¿Y si hubieran hecho caso a Jobs? Si en 1995 hubiéramos tomado en serio aquella frase, hoy los electrodomésticos mostrarían mensajes como: “Ciclo detenido por inconsistencia en sensor de flujo. Presione INFO para ver valores crudos. ¿Desea forzar continuidad? S/N”. Y el usuario promedio, en lugar de llamar a un servicio técnico, respondería: “Ah, claro, el ADC está dando un valor fuera de rango. Voy a limpiar el filtro y recalibrar”.
Pero no. Preferimos seguir pagando por ignorancia, tratando a los objetos cotidianos como cajas negras mágicas y a los programadores como oráculos a los que solo se consulta cuando el oráculo se apaga.
El llamado al despertar (o al menos a leer el puto manual)
No pedimos que todos sean ingenieros en sistemas operativos. Pedimos que dejen de tratar la tecnología como un acto de fe. Que entiendan que cada pitido, cada parpadeo y cada reinicio inesperado obedece a una lógica escrita por alguien que, como ellos, también se equivoca.
Porque el mundo no será más amigable cuando todos sepan programar, sino cuando todos acepten que detrás de cada pantalla hay un estado, una condición y una decisión. Y que el botón de encendido no es un interruptor mágico: es una función que llama a otra función que llama al kernel que decide si el mundo sigue girando o se detiene con un kernel panic.
Hasta entonces, seguiremos siendo dos especies que conviven en el mismo planeta digital: los que preguntan “¿por qué no anda?” y los que respondemos “porque el hilo principal entró en deadlock”. Y ninguno entenderá al otro.
Pero al menos, nosotros sabemos reiniciar sin golpear.



