Corría febrero de 1996 cuando un puñado de yonkis escoceses, con acento cerrado y jeringas en el bolsillo, se coló en las salas de cine para dinamitar la modorra industrial. Nadie apostaba un penique por Trainspotting: costó apenas 1,5 millones de libras y no tenía estrellas de cartel. Sin embargo, aquel artefacto de cine de avanzada firmado por Danny Boyle se convirtió en un fenómeno que obligó a Hollywood a parpadear.
Nunca estuvimos preparados para semejante muestra de cómo golpea la abstinencia. La escena del “peor baño de Escocia” o el bebé gateando por el techo no eran trucos de feria: eran el retrato clínico de un cuerpo que se retuerce cuando le quitan el veneno. Boyle entendió que la crudeza de Irvine Welsh no pedía compasión, sino velocidad y vértigo.
El plantel de actores fue inigualable. Ewan McGregor puso el cuerpo y la voz en off de Mark Renton; Robert Carlyle construyó al psicópata Begbie con una violencia tan seca que aún duele; y Ewen Bremner, Jonny Lee Miller y Kelly Macdonald completaron una foto generacional imposible de repetir. La presentación en sociedad de Danny Boyle no fue un susurro: fue un puñetazo visual que mezcló humor negro, surrealismo y realismo sucio sin pedir permiso.
Y para cerrar, la inigualable Underworld Born Slippy. Ese tema, que en su versión original era un lado B instrumental, se convirtió en el latido del film y en el himno de una época que bailaba mientras se desintegraba. Cuando los acordes de Rick Smith y la voz de Karl Hyde arrancan, ya no hay vuelta atrás: Trainspotting dejó de ser una película para volverse un estado de ánimo.
Viaje a lo profundo del infierno
Hay películas que cuesta olvidar. Trainspotting es una de ellas. Golpea, sacude y acribilla la mente de tal manera que el director metió todo en una coctelera y terminó de ofrecernos una acabada muestra de que los 90 son la era dorada del Cine mundial.
Ese veneno llamado heroína que cuesta creer como golpea sin piedad a generaciones de europeos y que aquí aparece como la punta de lanza de la pesadilla a la que están expuestos esta verdadera banda de reventados.
No hay tiempo para reflexionar como se concibe la idea de mostrarnos ese lugar común que los que lo padecieron le llaman con gran tino “el infierno de las drogas”. Donde las miserias de la vida cotidiana se transforman en un rollo disfrazado de una crítica cínica y directa al modelo de vida burgués y consumista.
El monólogo inicial narrado por el personaje Mark Renton, interpretado por McGregor, es solo un aperitivo que gravita en forma de mantra longitudinal que atraviesa el panorama en el que viven inmersos esta banda de patéticos referentes del choque social, en esa década que castigó tanto a una juventud que no tenía ni las ganas de levantarse a gritar de la manera que se estaban hundiendo.
“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera… Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa. ¿Las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.



