LOLE REUTEMANN Y SU MEJOR VICTORIA EN MÓNACO CUMPLEN 46 AÑOS

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La fiebre “tuerca” que genera Franco Colapinto hoy en Argentina nos devuelve la mirada al 31 de mayo de 1981. Aquel día, Carlos Reutemann, a bordo de un Williams perfecto pero con un equipo que nunca terminó de quererlo, domó la lluvia y escribió una epopeya única.

Hay un rumor que vuelve a correr por los talleres mecánicos, los bares de ruta y las conversaciones de amigos que se juntan a ver la Fórmula 1. Se llama Franco Colapinto y está desatando el momento “tuerca” más intenso de las últimas décadas en Argentina. Pero antes de que este pibe de 21 años nos haga soñar con un futuro celeste y blanco, conviene detenerse en el espejo retrovisor. Porque hoy se cumplen 46 años de la mejor victoria de Carlos Reutemann, otro argentino de manos finas y carácter de acero, que también tuvo que remar contra su propia gente.

Aquel 31 de mayo de 1981, el Lole llegaba a Montecarlo como líder del campeonato. Su Williams FW07C era una maravilla de la ingeniería, pero adentro del box las cosas no eran color de rosa. Frank Williams y Patrick Head, los dueños del equipo, lo respetaban como piloto pero le hicieron sentir en más de una ocasión que no era “su” hijo preferido. Las decisiones estratégicas a veces lo dejaban en offside, la confianza era un tejido con hilos rotos. Reutemann, callado y orgulloso, aprendió a ganar sin pedir permiso.

Ese domingo, el cielo de Mónaco amenazó con lluvia. Cayeron algunas gotas, las justas para volver el asfalto un espejo traicionero. Mientras otros patinaban y se estrellaban contra los muros, Lole hizo lo que nadie esperaba: manejó como si la pista estuviera seca, pero con la suavidad de quien sabe dónde se esconde el agua. No forzó, no arriesgó de más. Simplemente fue perfecto. Cruzó la meta en primer lugar, con la trompa del Williams besando la línea de llegada, y se bajó del auto con esa cara de poker que lo hacía inescrutable.

Fue su undécima victoria en la Fórmula 1, y la más hermosa. Pero también fue un triunfo a solas: el box no explotó en abrazos, los festejos fueron tibios. El Lole sabía que adentro de ese equipo, su título se estaba jugando en otra batalla. Meses más tarde, en la última carrera de 1981, llegaría como puntero del mundial y se quedaría sin corona por una combinación de mala estrategia de Williams. Por eso, para los argentinos, Reutemann es el más grande de los campeones sin corona.

Hoy, mientras Colapinto nos ilusiona recordamos al Lole. Porque ganar en Mónaco con el agua en contra y con un equipo que te mira de reojo no es cualquier cosa. Eso, queridos tuercas, es historia pura.