“PENSÉ QUE ROCKY SOLO VIVÍA EN LA PANTALLA”

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La frase la dijo el afamado promotor Don King, tras ver estupefacto y absolutamente extasiado como ese púgil al que estaban masacrando de pronto sacó una combinación de golpes que le nublaron los ojos al retador John David Jackson, noqueándolo. Así nacía la leyenda aquella noche en que el boxeo argentino se anotaba con una de las páginas más gloriosas de toda su historia.

Por Víctor Sacca – REPP (*)

Cuando sucede un hecho histórico sea en el contexto que fuere, político, social o deportivo, con el paso del tiempo nos preguntamos que estábamos haciendo en ese momento. Por mi parte aquel 10 de diciembre de 1994 estaba atendiendo el video club Eclipse de Ciudad del Milagro. Sucedió un sábado y eran tiempo del “uno a uno”, ocurrencia de un tal Carlos Saul Menem. El dueño del video club ya había cambiado su automóvil y yo me había comprado varios gadget, tales como mi primera computadora “80-386” y mi primer televisor, un 14 pulgadas marca “perro” adquirido en el DISCO.

En ese televisor vimos la pelea del “Roña” Jorge Castro contra John David Jackson en Monterey, organizada por ese genio que era Don King. El mismo de la pelea en Kinsasa, Zaire, entre Ali y Foreman, conocida como “The Rumble in the Jungle”. Les hizo firmar el contrato por 10 millones –que aún no tenía– en el baño del aeropuerto.

Como deducirán el boxeo me apasiona y de hecho cumplí mi sueño de relatar peleas en el Club San Martin, exactamente 20 años después junto a mi querido Dani Galván y el periodista Guti Soria. Profesionales de la hostia con los que me tocó compartir esa aventura periodística.

No solo eso, hasta pude ser amigo del mejor peleador del mundo, uno que entrenaba con púgiles salteños por diversión y que se enfrentó con Steven Seagal pero que perdió, ya que el afamado actor lo durmió en un segundo, en un evento privado, en lo que fue la mejor anécdota que escuché en mi vida. Mi amigo Marcelo Arancibia, el hijo del estupendo penalista que les hace doler la cabeza a cada rato a la casta judicial. Pero que terco era, llegó a discutirme que el payaso de Floyd Mayweather Jr. era mejor que el mismísimo Locomotora Castro.

Mayweather jamás tuvo una noche como la que tuvo Jorge Castro contra John David Jackson. Ergo, nadie tuvo una noche así, quizás Víctor Emilio Galindez cuando noqueó en el último round a Richie Kates el 22 de mayo de 1976.

Si bien la casualidad de la vida hizo que fuera el mismo Stanley Christodoulou el que estuviera en las dos sangrientas peleas y que ambos se limpiaban la sangre en la camisa del mismo arbitro; las situaciones eran diametralmente opuestas, ya que Galindez recibió un cabezazo que le abrió el arco superciliar del ojo “como una flor” al principio de la pelea; mientras que el Roña soportó un castigo sostenido durante 8 rounds, dejándole la cara como una máscara sangrienta.

Pero retrocedamos un poco. Al Roña lo había visto pelear contra el “Puma” Arroyo, a quien lo destruyó, siendo que el salteño era temible. Lo vi voltear muñecos en un boliche llamado El Emperador, en calle Jujuy y en el DELMI no le duraba nadie. Aunque chocó contra el paraguayo Bobadilla, un indio que parecía tallado a mano, que noqueó al Puma en el segundo asalto en el DELMI en la época dorada del boxeo en Salta.

La noche que humilló al Puma arroyo en el Luna Park

La noche que Bobadilla enfrentó al Roña sucedió algo que solo se puede percibir en el estadio en vivo. En la tele eso que voy a relatarles no se puede sentir frente a una pantalla.

El estadio en un silencio sepulcral, decimo round y Jorge Castro dándose con el paraguayo uno por uno los golpes, idéntico a los duelos de los mexicanos Marco Antonio Barrera y Érik “El Terrible” Morales. Recuerdo escuchar en el silencio de un DELMI lleno, los puñetazos que parecían trasladar la muerte en cada golpe. El público en silencio, respetuoso, como decía mi viejo: “La perrada es sabia en las tribunas”.

El Roña era invencible en la Argentina. Desde su primera pelea en las calles de Caleta Olivia hasta llegar al profesionalismo y ser campeón argentino, acumulaba más de 100 peleas, de hecho al momento de retener el título en aquella noche gloriosa en Monterey, era el campeón mundial en actividad con más peleas. Un record solo ostentado por púgiles como “El mono” Gatica o próceres de esas épocas, pero el Roña era de los 90.

Sin contar que era un caso atípico ya que no le gustaba entrenar, no lo necesitaba, era un super dotado que hasta se daba el lujo de elegir en que round noquear y hasta el lugar del ring donde derribarlos, ya que los fotógrafos de El Grafico se lo pedían para facilitar sus trabajos.

“Noquéalo en el rincón derecho de la punta que da a la calle tal”, y lo hacía. Tal como Maradona, quien le prometió a Gatti que le haría 4 goles por haberle llamado “gordito”, aquel 9 de noviembre de 1980, jugando para Argentinos juniors. Jorge Castro tenía esas similitudes con Diego y de hecho ambos terminan mágicamente con la “mano de Dios” en cada situación.

De regreso a 1994, Video club lleno en Ciudad del Milagro, sábado a la noche. La chinada no paraba de entrar a pedir películas de Van Damme o Seagal y yo me preguntaba dentro del cuartito donde estaban las películas y el tele 14 pulgadas donde estábamos viendo la pelea con mi patrón: ¿Porque corno no se van a ver la pelea a sus casas y se dejan de joder con pedirme que les recomendara tal o cual película?

De a ratos la marea de clientes nos daba un respiro y podíamos ver la paliza cruel que el Roña estaba padeciendo. Era lastimoso observar como nuestro campeón perdía round a round, pero yo ya le conocía las mañas al Roña, había seguido toda su carrera, sabía que cuando se hacía el sentido por los golpes, era una trampa, lo había visto infinidad de veces hacerlo. Tenía el presentimiento que en cualquier momento lo podía noquear, pero ya iban 8 asaltos y su cara estaba irreconocible. Pienso que al día de hoy con lo humanizado que esta el boxeo se hubiera detenido esa carnicería mucho antes.

En ese punto recordé cuando vi Rocky 1 en el cine Apolo y cual era la intención de Silvester Stallone, de conmovernos hasta la medula mostrándonos a un hombre ensangrentado frente a una máquina de matar. En definitiva, fue lo que lo inspiró cuando vio como Ali masacró a “sangrante” Chuck Wepner, su inspiración para el guion que le dio el Oscar en 1975.

Ya en el octavo round Jorge no naba más, estaba quebrado, sentí ganas de llorar pero me las aguanté porque había que atender a los clientes y no podía salir con lágrimas en los ojos a recomendar películas. Miré a mi patrón y me dijo: “ya no veamos más, esto es horrible”. Hice caso omiso, “no te atrevas a tocar el control remoto”, le dije. En definitiva el tele era mío.

Y llegó el noveno round, allí fue cuando vi que se dobló tras un golpe y se fue hacia atrás y supe que Jackson había caído en la trampa.

Entonces fue cuando observé esa combinación que tanto nos gusta a los amantes del boxeo. Se trata de Física pura. Si, esa asignatura que dicta las leyes del universo y que me llevé a marzo y que luego la aprobé con un dato que me preguntaron en el examen final. “La aceleración de la gravedad es de 9,8 metros sobre segundos al cuadrado, por eso todos los cuerpos caen a la vez independientemente del peso que tengan”. Aplica a todos los deportes.

Es como el rebufo en la F1, te pegás a la cola del auto de adelante y al abrirte al costado la fuerza de la masa hace que lo pases como un poste. El golpe del Roña no fue una casualidad, fue ciencia pura.

Hay algo en el boxeo que se llama infighting (o combate en la corta distancia), es cuando entrás a un espacio acotado donde los golpes se cruzan como en una avenida. Muchas veces en la ruta vemos que el auto que nos cruza pasa a más velocidad de la que parece venir, porque es la sumatoria de ambas velocidades. En boxeo pasa lo mismo, Jackson confiado bajó la guardia y entró al infighting. Fue su perdición, su golpe pasó de largo y el del Roña llegó de lleno cuando su rival ya había lanzado su mano. Para peor para Jackson, el Roña tiró el uno-dos, pasando de largo la derecha pero estrellándose en pleno mentón con la zurda.

“Los ojos se le dieron vuelta y se le pusieron blancos”, relató Jorge en el programa PH. Ya no había forma de que se recuperara. Las otras dos caídas solo fueron una formalidad para el reglamento, ya que la tercera determina el nocaut técnico.

Gritamos, lloramos, los clientes no entendían nada. Tuvo el valor de un gol en la final del campeonato del mundo, tuvo la textura narrativa de la Mano de Dios, tuvo tanta magia que fue como ver a Rocky Balboa pero en la realidad. Eso es mística carajo.

Sentado en su rincón, exhausto y sangrando, miraba la cámara y el arbitro se acercó a levantarle la mano mientras Jackson estaba totalmente “ebrio”, siendo revisado por los médicos y el estadio pasmado ante tal hazaña.

“Aunque usted no lo crea este es el campeón del mundo”, dijo el relator mientras le levantaban la mano. Allí Don King dijo la famosa frase que elegí para titular la presente nota: “Pensé que Rocky solo vivía en la pantalla”.

(*) Redactado en primera persona