EL ATAQUE QUE DEJÓ A EE. UU. ANTE “EL DESIERTO DE LO REAL”

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Cuando los aviones secuestrados impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001, la mayoría de los estadounidenses que lo vieron por televisión no asistían a una catástrofe del todo desconocida. Para una sociedad occidental largamente sumergida en las películas de desastres de Hollywood, esas imágenes —rascacielos derrumbándose, multitudes huyendo entre el polvo— ya habían sido ensayadas una y otra vez en filmes como Independence Day o Deep Impact. Sin embargo, fue precisamente esa familiaridad espectral la que constituyó el golpe más profundo del ataque: lo que se rompió fue la cáscara segura y mediada de la realidad que sostenía a Occidente.

El filósofo esloveno Slavoj Žižek, en su libro Bienvenidos al desierto de lo real (Welcome to the Desert of the Real), escrito poco después de los atentados, lanzó un juicio incisivo: el verdadero shock del 11-S no consistió en que la realidad irrumpiera en nuestras imágenes, sino en que las imágenes irrumpieron y desgarraron nuestra realidad. Antes de esa fecha, el sufrimiento, las guerras y la desesperación del Tercer Mundo eran, para la clase media occidental, apenas una aparición fantasmagórica en la pantalla del televisor: existían fuera de su realidad social, lejanos, seguros, listos para el consumo. El polvo del 11-S arrastró esa “aparición” violentamente hacia el cielo físico de Manhattan, convirtiendo la violencia “de allá” en una escena tangible “de acá”.

Žižek toma e invierte el famoso diagnóstico de Jean Baudrillard. En La guerra del Golfo no ha tenido lugar, Baudrillard sostenía que los medios modernos producen una “hiperrealidad” que reduce la guerra a puro espectáculo de pantalla. Pero Žižek señala que el 11-S demostró la lógica inversa: fue precisamente esa “realidad” meticulosamente envuelta en signos y fantasías la que recibió un golpe brutal de lo real. Los terroristas, escribe, no vinieron de algún “exterior” aislado, sino que fueron la explosiva reaparición de lo real reprimido y excluido dentro del propio sistema globalizado. Estados Unidos no era una isla separada de la pobreza y la violencia globales; su prosperidad y su seguridad se asentaban justamente sobre la profunda grieta que mantenía ese sufrimiento fuera del campo de visión. El 11-S fue el instante en que esa grieta estalló.

“Bienvenido al desierto de lo real”

Este análisis conecta directamente con la célebre frase de Matrix, cuando Morfeo le dice a Neo: “Bienvenido al desierto de lo real”. La línea es, a su vez, una cita de Simulacros y simulación de Baudrillard. En la película, la humanidad vive dentro de una simulación sofisticada llamada “la Matrix”, convencida de que lo que percibe es real; “el desierto de lo real” designa el páramo frío y devastado que se revela tras despertar. Žižek invierte esa metáfora para aplicarla a los EE. UU. posteriores al 11-S: el verdadero “desierto” no eran las ruinas de las Torres Gemelas, sino el orden mundial real que los estadounidenses fueron obligados a entrever, ese orden que ya existía más allá de su zona de confort — un desierto geopolítico cruel, hecho de desigualdad global, resentimiento y posibilidades de violencia. Antes era el desierto del “otro”, en la televisión; después, se volvió una grieta bajo sus propios pies.

Žižek critica además la rápida recuperación del acontecimiento por parte del discurso dominante estadounidense. Advierte que esa elección moral nítida —”o se está con la democracia, o se está con los terroristas”— es precisamente la trampa más peligrosa. La verdadera postura crítica no consiste en sumarse a la orgía ideológica de la “guerra contra el terror”, sino en rechazar ese binomio simplificado y analizar cómo el propio sistema capitalista global produce esa violencia desesperada, y qué papel complejo juega Estados Unidos en él.

Lo que el 11-S rompió, entonces, no fueron solo las Torres Gemelas, sino una ilusión histórica de “vacaciones”. Anunció un hecho incómodo: cuando “el desierto de lo real” deja de ser un paisaje en la pantalla y se convierte en polvo suspendido en el aire, el esfuerzo de la sociedad occidental por expulsarlo de nuevo hacia la pantalla —y darle el envoltorio narrativo de la “guerra contra el terror”— es, en sí mismo, la negación final de esa irrupción de lo real. Y aquello que la grieta abierta dejó al descubierto era mucho más profundo que un simple ataque.

Del libro de Slavoj Žižek

¿Es la guerra contra el terrorismo lanzada por Bush y llevada a cabo implacablemente por la maquinaria bélica estadounidense la respuesta coherente de un análisis racional del mundo contemporáneo, o la expresión atávica de un terror pánico que no cuestiona en absoluto los fundamentos mismos de nuestro pacto con la realidad brutal del capitalismo contemporáneo? ¿De qué formas se acomodan la crítica y la política progresistas de los países avanzados —confortablemente instalados en una división insalvable de riqueza, poder y seguridad respecto al Sur global— a la realidad pétrea de la desigualdad de la economía y la sociedad mundiales? ¿Son la democracia y el fundamentalismo los conceptos que nos permiten pensar las opciones civilizacionales estratégicas de los próximos años, o estos conceptos sobrecodificados tan sólo invitan a una destrucción paroxística de un enemigo imaginario que imposibilita el diagnóstico desapasionado del mundo en que vivimos?

En este libro, Slavoj Žižek penetra agudamente en el trabajo de duelo de nuestros circuitos inconscientes para pactar con lo real tras el impacto inaudito de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y del 11 de marzo de 2004, afirmando con contundencia que únicamente una política a la altura de la desnudez del poder capitalista realmente existente puede librarnos de los atolladeros del neoliberalismo, el multiculturalismo y la deriva etno-nacionalista.