La historia del odontólogo que en 1992 mató a escopetazos a sus dos hijas, a su esposa y a su suegra, llegó a Prime Video. Dirigida por Daniela Goggi e interpretada por Luis Machín como el cuádruple femicida, la biopic muestra cómo se abre paso el fenómeno social por sobre el drama familiar y logra momentos de gran introspección. NO CONTIENE SPOILER
Desde el punto de vista de lograr explotar el morbo este era el personaje para llevar a la pantalla. En el bestiario popular argento el odontólogo Ricardo Barreda se disputa el podio con los parricidas Schoklender y la envenenadora Yiya Murano, sin lugar a dudas. Quizás nos estén debiendo una súper producción de época de la increíble historia de Sergio y Pablo, quienes masacraron a sus padres en 1981, pero por ahora estamos bien conformes con los productores de esta biopic de muy buenas prestaciones.
Aquel año 1992 estuvo atravesado por un hecho policial que sacudió al país y sumó al glosario argento un nuevo símbolo. Uno icónico que fue venerado por encima de todas mezquindades y puesto en valor tanto como un Gardel, un Maradona e incluso un Favaloro. Este nuevo fenómeno “hizo lo que muchos quisieron hacer siempre: matar a la suegra”, mencionan en un pasaje de la película, preanunciando que lo que vendrá es un verdadero laboratorio social y no tanto una crónica policial.
Obvio que no eran épocas de wokismo edulcorado ni redes sociales cloacales. Las opiniones eran más taxativas, más expresivas y mucho menos ambivalentes, en un mundo muy diferente al actual, donde lo políticamente incorrecto no era una pose, era una contracultura. De allí salió Ricardo Barreda, un emergente que se convirtió en ídolo de una sociedad que ya comenzaba a mostrar síntomas preocupantes.
“Ese es un momento único e irrepetible”
La directora Goggi echa mano al recurso más usual para relatar la vida familiar y el trágico final mediante flashback que se van entretejiendo con fragmentos del juicio que lo terminaría condenando.
Allí se corporiza un Barreda inteligente y aplomado que responde a planteos contrafacticos de la fiscalía, en aquel video que se convirtió en el “momento Barreda” por excelencia ante la pregunta si las mataría otras vez. “Ese es un momento único e irrepetible”, arremete contra su acusador en uno de los tramos más tensos de aquel debate oral y público que siguió atentamente gran parte de la sociedad argentina.
Otro de los aciertos de la película es la personificación del asesino que por lo general en el 99% de los criminales que fueron llevados a la pantalla, la idea de la maldad como entidad que rodea al asesino de turno es una marca registrada, incluso tomándose algunas licencias. Para este caso la crueldad jamás aparece, Barreda nunca es retratado como un perverso, ni siquiera un psicópata; tampoco una víctima para su familia, donde se le permiten algunos pincelazos de machismo pero nada que no se pueda “deconstruir”.

Por ello la mención de los hermanos Schoklender al inicio de esta crítica, en la aparición de un factor común con la historia de Barreda, y es el hecho de que solo ellos conocen la verdad de lo que realmente sucedió muros adentro, ya que las víctimas no están para contarlo. En ese punto es cuando debería aparecer el planteo acerca de las habilidades de un psicópata para mostrarse ante la sociedad como la víctima y no como el victimario. Quizás esa haya sido su mayor habilidad y el hecho de no tener nada más que perder.
La construcción de la personalidad de Barreda es otro de los ejes centrales de este fenómeno social que evidenciaba desde ese momento como fue que la violencia pasaría a formar parte importante de la Argentina que vendría después del nuevo milenio.
En ese contexto Barreda reconoce con lujo de detalle la naturaleza del bestial acto que ha cometido. Sin ocultar, sin mentir, sin falsear y con una honestidad brutal que hasta el día de hoy sigue sorprendiendo a los especialistas en materia criminal. No se trata de un mérito, sino de un rasgo sorprendente.



