LA BIOPIC DE MORIA: LA GRASADA DE NETFLIX

44

Creada y dirigida por Javier Van de Couter, protagonizada por la misma Moria Casan, muestra la vida de la octogenaria diva a lo largo de 8 capítulos. Impregnan el guion sus escándalos mediáticos y sentimentales, su adicción a la cocaína y sus inicios en el nefasto cine de la propaganda dictatorial de las juntas militares, hasta saltar al teatro de revistas y consagrarse como la vedette de referencia del espectáculo en la Argentina.

El ser argentino tiene una larga tradición que no cambia ni con el advenimiento de las nuevas tecnologías o la hiperconectividad de las redes sociales: es el hecho de endiosar hasta el hastío a personajes totalmente carentes de méritos intelectuales o proezas académicas.

Mientras en Inglaterra saltaba a la fama en 1971 un tal Stephen Hawking como un brillante físico teórico quien publicaría más adelante obras cumbres como “Historia del tiempo y los agujeros negros”; en la Argentina ese mismo año asomaba con su debut teatral como modelo en la obra “Nerón vuelve” una joven Moria. Aun sin ánimo de comparar carreras y profesiones diferentes, el evidente contraste que genera este tipo de personajes que logran el reconocimiento social por sobre las apetencias del estimado público, habla por sí solo.

Probablemente ver a una mujer que se pasó su juventud mostrando sus cirugías en sus pechos en el teatro de revistas y en las nefastas películas protagonizadas por Porcel y Olmedo, films que eran los únicos que los descerebrados jerarcas que manejaban las juntas militares se permitían no censurar, haya sido el anhelo de un público que al parecer jamás fue demasiado exigente con sus referentes.

Aunque consagrar como una celebridad a un físico teórico no sea la mejor idea de trascender para los argentinos que escucharon durante 40 años a un sujeto de copioso flequillo preguntarse “qué gusto tiene la sal”; o mirar a la misma mujer almorzar en la cabecera de una mesa durante 70 años haciendo preguntas desubicadas que pasaron a ser su marca registrada; o soportar más de 30 años a un sujeto que montó el prostíbulo más caro de la televisión argentina, donde el mayor espectáculo era cortarle la bombacha a una de sus prostitutas de turno; es al menos perentorio plantearse por la chatura intelectual de un país que regurgita este tipo de porquerías cíclicamente y lejos de parecerles repudiables, las disfruta.

Dicho esto, henos aquí ante la biopic de un personaje que ha hecho de sus frases vacías un culto, de muletillas pronunciadas en inglés que dichas por ella alcazaba algún tipo de categoría mediática, de sus apariciones bufonescas en la TV de los años 80 y 90 fagocitada en medio de un público que la veía envejecer y meterse Botox en cantidades industriales, pero ella decía usar esperma de calamar y todos aplaudían, mientras se desarrollaba una carrera cutre que terminaría siendo un verdadero culto al mal gusto.

Esta especia de “Dulcinea del Toboso” fue aceptada desde siempre por un público que aprendió a consagrarla sobre las tablas como si de una divinidad se tratare.

Netflix

Todo ello configura una seria que está dotada de un guion lineal que no conduce a ningún evento transversal con respecto a su vida y que le haya dado el cariz de un ser que atravesó dificultades para encontrar la resiliencia, por ejemplo, siendo ese un gancho indispensable para cualquier biopic.

Muy lejos de algún ánimo de misticismo, los 8 capítulos se van a diluyendo entre lugares comunes, sucesos hiperconocidos y retratados en las revistas Gente de la época hasta el hartazgo, mostrando por sobre todo la voluptuosidad de sus caderas manoseadas por los dos payasos de turno, esos que fueron apañados por la dictadura en docenas de largometrajes pesimamente realizados, al lado de otra “abonada” a la buena fortuna: Susana Giménez.

Antes de consumirse hasta el último episodio de la vida de la diva en cuestión, lo cual no encuentra nunca un punto de elocuencia argumental en medio de un aburrimiento estremecedor que no logra provocar ni siquiera un ápice de algo parecido al costado emotivo.

Moria –la serie– es un claro y elocuente recordatorio de lo patéticos que somos los argentinos cuando endiosamos a personajes absolutamente menores que tomaron trascendencia a fuerza de escándalos, apariciones mediáticas absolutamente afortunadas donde se disputan lugares de preferencia pública en el imaginario colectivo argento y que pocas veces han dejado de lado la obsecuencia para quienes alcanzan el nivel de popularidad, como lo han hecho seres como Moria Casan, quien está absolutamente convencida de ser una diva solo porque le han hecho creer eso y con ello ha sido más que suficiente para inflar su ego como para merecer una biopic y nada menos que en Netflix.