El indignante hecho sucede a mitad del juicio donde se está exponiendo una aceitada red narcocriminal que opera en la Unidad Penal, donde también se conoció durante una audiencia el testimonio del hermano del interno Lautaro Teruel, quien relató que fueron víctimas de aprietes y amenazas para pagar protección. El tráfico de drogas, tráfico de influencias y exigencias de “beneficios” suceden dentro del penal donde el asesino de los hermanitos Leguina recibe un celular nuevo y es beneficiario de un trato VIP
La falta de infraestructura y capacitación en el sistema carcelario en Salta está haciendo estragos. Años de desidia en lo referente a políticas públicas que mejoren el contexto rejas adentro terminaron por manifestarse en las audiencias del debate que se desarrolla en la Sala de Grandes juicios, con una veintena de imputados, todos cada vez más complicados. En medio de ese panorama paupérrimo aparece la figura siniestra de Marcelo Alejandro Torrico, un psicópata que no deja de recibir beneficios. Esta vez es un Motorola E7 con el que podrá utilizar redes sociales.
Cabe recordar que Torrico cometió sus horrorosos crímenes en 1998 y condenado en diciembre de 1999 por el secuestro, asesinato y violación de Octavio y Melani Leguina, junto a un cómplice, Ariel Esteban Brandán. Lo aberrante de la esta historia de terror es que los hermanitos tenían apenas 6 y 9 años. Habían desaparecido el 4 de mayo de 1998 y aparecieron muertos seis días después.
Al ser juzgado y condenado con el viejo Código Penal recibió la pena máxima, la cual era para ese entonces de solo 25 años de prisión, los cuales se estarían cumpliendo este año, 2025. Cabe recordar que el detestable asesino ya se había fugado el 1 de enero de 2006 para luego ser recapturado en la estación de Retiro en Buenos Aires. Allí fue localizado mientras robaba celulares.
Luego se supo que Torrico había logrado escapar por los techos del penal de Villa Las Rosas junto a Diego Enríquez, otro recluso recapturado pocos días después, también en Buenos Aires.
Es obvio que el asesino de los hermanitos Leguina recibió ayuda de guardias cómplices y algún otro funcionario de más rango, quien facilitó por favores monetarios y/o de otra cuantía como ser presumiblemente estupefacientes para hacer la vista gorda y facilitar así el escape del execrable sujeto.
Preso VIP
En 2016 se hizo pública la noticia de que desde el Pabellón R de la cárcel de Villa Las Rosas, conocido como un sector de máxima seguridad y alejado del resto de la población, estaba alojado junto a otro notorio asesino, nada más ni nada menos que Gustavo Lasi, el confeso violador y asesino de las turistas francesas.
En aquella ocasión a Torrico se le había secuestraron de su celda un celular de alta gama con 87 fotos y otras pruebas, entre las cuales increíblemente encontraron selfies junto a Lasi, vestidos de guardiacárceles, posando cual temibles caciques del penal. Esto destapó otro secreto a voces y leyenda urbana en Salta: la que dice que Lasi se hizo cómplice de un gran beneficio con tal de incriminarse en el doble crimen de las francesas y ser depositario de un régimen de preso VIP, igual condición de la que siempre gozó Torrico, quien ya recibía beneficios y la posibilidad incluso de poder fugarse, tal como había sucedido casi diez años atrás.
De esta manera, una vez más quedó en evidencia que Torrico gozaba ya de privilegios y complicidad de quienes lo custodian como así también Gustavo Lasi, poniendo en evidencia a un sistema penitenciario podrido desde adentro.
Hace unos días este último hecho que vuelve a poner bajo la lupa la situación carcelaria en Salta, trascendió al conocerse que uno de los asesinos más despiadados de la provincia y protagonista del aberrante crimen de los hermanitos Leguina, recibió un nuevo otro teléfono celular dentro del penal de Villa Las Rosas.
La novedad llegó mediante un oficio firmado por la jueza de Garantías Ada Zunino y dirigido al director del Servicio Penitenciario, prefecto mayor Enrique Daniel Torres. En el documento se informa sobre recientes denuncias realizadas por el interno y se da curso al pedido de reemplazar su antiguo celular por un modelo nuevo, un Motorola E7 que finalmente fue entregado por su pareja.
El hecho, que no deja de ser indignante, evidencia los privilegios con los que cuenta Torrico, considerado uno de los personajes más siniestros de la historia criminal salteña.
Tal como consiga EL TRIBUNO, el interno ya poseía un celular desde la pandemia, cuando una medida judicial permitió su uso dentro de los establecimientos penitenciarios para garantizar la comunicación con familiares durante el aislamiento obligatorio. Sin embargo, el aparato era limitado: solo servía para llamadas.
Ahora, con el nuevo dispositivo, Torrico podrá acceder a redes sociales, descargar aplicaciones y utilizar funciones que van mucho más allá de la comunicación básica. Desde el penal se advirtió que “no sería aconsejable que un interno de su peligrosidad disponga de este tipo de aparato”, y se elevó un informe pidiendo la revocación del beneficio.
A pesar de las restricciones, Torrico utiliza el celular una hora por la mañana y otra por la tarde, aunque insiste en quedarse con él todo el día.
Quejas del interno
El oficio judicial se originó en base a reclamos del propio Torrico, quien se quejó por las demoras que –según él– sufren sus visitas al ingresar, las requisas que considera “excesivas” y los controles permanentes en su celda. Torrico cuenta con un régimen de visitas diferenciado al del resto de la población penal, precisamente por la gravedad de su prontuario.
Este episodio surge en un contexto delicado: actualmente se lleva adelante un juicio contra 20 personas, entre ellas funcionarios penitenciarios de Villa Las Rosas, acusados de corrupción y de otorgar beneficios a cambio de coimas a internos del penal.
La entrega de un celular nuevo a un asesino de la talla de Torrico no hace más que reforzar las sospechas y la indignación social respecto del manejo dentro de los penales salteños, donde la permeabilidad de las normas parece favorecer siempre a los reos más peligrosos.
La escena descubierta en un descampado de La Silleta tras seis días de búsqueda fue calificada por los investigadores como dantesca. Los niños habían salido de su casa en el barrio Alto La Viña rumbo a desayunar en la Casita de Belén, en barrio San José, pero nunca llegaron a destino. Los asesinos los interceptaron, los subieron a un vehículo y los sometieron a un calvario inimaginable antes de asesinarlos.
La motivación detrás del crimen fue aún más perturbadora: según la propia declaración de Torrico en el juicio, se trató de una venganza contra el padre de las víctimas, a quien acusaba de haberlos estafado en un negocio vinculado a drogas. Esa sed de revancha derivó en un crimen atroz que destruyó a una familia entera y conmovió a todo un país.
El caso se convirtió en uno de los más espeluznantes de la historia criminal salteña, no solo por la crueldad del acto sino porque los propios asesinos describieron sin remordimientos cómo planificaron y ejecutaron el secuestro y posterior asesinato. La sociedad quedó marcada por el recuerdo de dos pequeños inocentes que fueron víctimas de la brutalidad y perversión de dos adultos, hoy condenados a perpetua.