CÓMO RECONOCER A UN “COCAINÓMANO SOCIAL”

57

En el mundo hay 25 millones de consumidores de cocaína, según el último informe de la ONU. En Salta, aunque los datos oficiales indican un consumo menor que la media nacional, los especialistas advierten que muchos de estos adictos caminan entre nosotros, en ámbitos laborales, sociales y familiares, y sus gestos los delatan.

Habla demasiado, su verborragia interrumpe a los que lo acompañan, se le cae de la mano el celular más de una vez, imagina una historia fantástica y la magnifica al nivel de un guion de serie de Netflix. Estamos frente a un “cocainómano social”.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) actualizó sus cifras: el Informe Mundial sobre las Drogas 2026 estima que 25 millones de personas consumieron cocaína en el último año registrado. La producción global se cuadruplicó en la última década, superando las 4.000 toneladas. La disponibilidad nunca fue tan alta.

En Salta, la situación tiene matices. El secretario de Salud Mental y Adicciones de la provincia, Martín Teruel, señaló que en el NOA el consumo problemático se inclina más hacia la pasta base y el paco, mientras que los índices de cocaína son más bajos que la media nacional . Sin embargo, eso no significa que no existan. Existen, y muchos transitan la vida social sin ser señalados. La nota no habla de narcotráfico ni de grandes operativos. Habla de ellos, de los adictos que vemos en una reunión, en una oficina, en una mesa de bar.

Las señales en el cuerpo

Un consumidor de cocaína estimula su sistema nervioso central hasta el límite. Habla rápido, se mueve rápido, piensa rápido. La verborragia excesiva es una de las primeras alarmas: el discurso se vuelve atropellado, interminable, salta de un tema a otro sin pausa. Esa euforia comunicativa suele ir acompañada de una delgadez extrema. La cocaína quita el hambre; el cuerpo se consume mientras la persona se siente llena de energía.

Las pupilas dilatadas son otro indicio visible incluso en ambientes con luz. También los tics nerviosos, los temblores finos en las manos o la mandíbula, la imposibilidad de quedarse quieto . Quienes aspiran la sustancia suelen tener la nariz irritada de forma crónica, sangrados frecuentes o la costumbre de tocarse la nariz constantemente. El insomnio prolongado y luego el desplome: días sin dormir seguidos de un agotamiento que parece enfermedad.

En el plano emocional, el patrón es reconocible. La persona pasa de una locuacidad eufórica a una irritabilidad repentina. Puede mostrarse paranoica, desconfiada, convencida de que alguien la observa o la quiere perjudicar. Esa oscilación brusca, de la simpatía excesiva al enojo sin motivo aparente, es una firma química.

Lo que la cocaína le hace al lóbulo frontal

El daño orgánico más profundo ocurre donde residen los buenos modales. La cocaína afecta de manera particular las vías dopaminérgicas del lóbulo frontal, la corteza prefrontal. Allí se alojan las funciones ejecutivas: la capacidad de inhibir impulsos, de medir las consecuencias, de planificar, de autorregular la conducta. Los estudios muestran que los consumidores crónicos presentan déficits en la inhibición de respuesta y en la toma de decisiones.

En términos sociales, eso se traduce en algo simple y devastador: la persona pierde el freno. Dice lo que no debería, interrumpe, invade espacios, no registra los límites ajenos. Lo que antes era una persona con tacto puede volverse alguien que habla demasiado fuerte, que no escucha, que se vuelve centro de toda conversación sin percibir el malestar de los demás. El lóbulo frontal quemado no duele, pero se nota.

A nivel orgánico, el daño es sistémico. La cocaína acelera el corazón y eleva la presión arterial, con riesgo de infarto o accidente cerebrovascular incluso en personas jóvenes. El tabique nasal puede perforarse por la vasoconstricción repetida. El sistema digestivo sufre náuseas, vómitos, úlceras. El hígado y los riñones cargan con las impurezas de una sustancia que rara vez alcanza una pureza superior al 20% o 40%.

El después

La euforia dura poco. Cuando baja, llega el derrumbe: cansancio extremo, tristeza, una necesidad imperiosa de consumir otra vez para no sentirse así. Ese ciclo, invisible para quien mira desde afuera, explica por qué el “cocainómano social” que parece funcionar en público puede estar desmoronándose en privado.

Reconocerlo no es un acto de juicio. Es, acaso, el primer paso para dejar de mirar hacia otro lado.

El guión que solo existe en su cabeza

Hay una dimensión del cocainómano social que no se ve en la delgadez ni en las pupilas dilatadas, pero que termina siendo la más inquietante: los delirios paranoides. La intoxicación crónica altera el juicio hasta que la persona empieza a construir un guión —una trama, una “película”— en la que ella es protagonista. No es una fantasía inocente: es una convicción que crece al ritmo de la dosis.

Su actividad cotidiana, su trabajo, sus vínculos, todo empieza a encajar en ese relato imaginario; cada gesto ajeno, cada conversación casual, cada situación ordinaria parece confirmar que esa trama existe y que él está cerca de ella, o dentro. Entonces grita que es real. Lo anuncia, lo denuncia, lo amplifica hacia la sociedad con una intensidad que desconcierta a quienes lo rodean, porque lo que él ve como evidencia contundente solo existe en su cabeza.

Es el lóbulo frontal intoxicado el que le impide distinguir entre lo que piensa y lo que pasa, entre la sospecha y el hecho. Y mientras más lo repite, más se convence: la cocaína le devuelve una realidad magnificada, distorsionada, teatralizada, que él ofrece al mundo como verdad absoluta. El problema no es que imagine una película. El problema es que ya no puede salir de ella.