Cómo la disputa por el verdadero sentido del movimiento vuelve a poner frente a frente a los dirigentes que negocian la destrucción de la justicia social y a las bases que eligen defender la doctrina.
Por Escuela de Formación Política Carlos Xamena
La historia del peronismo es, fundamentalmente, la historia de una tensión permanente por definir su verdadero sentido y su sujeto histórico. No es un bloque homogéneo, sino un movimiento en constante disputa interna entre la domesticación institucional y la vocación transformadora. A finales de la década de 1960, bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía, esa fractura quedó expuesta con una nitidez brutal y parió una de las experiencias más lúcidas de la clase trabajadora: la CGT de los Argentinos (CGTA). Hoy, frente al avance de un proyecto de extrema derecha que busca refundar el país sobre las cenizas de la justicia social, aquel espejo histórico se vuelve un mapa imprescindible para el presente.
El espejo de 1968: Negociar la entrega o blindar la resistencia
Hacia 1968, el panorama político argentino estaba marcado por la proscripción y el desmantelamiento de los derechos conquistados. Ante la asfixia del régimen militar, el sindicalismo tradicional, encarnado en el “vandorismo”, optó por el pragmatismo de la supervivencia. Bajo la premisa de resguardar las estructuras corporativas y los fondos de las obras sociales, el sector dialoguista ensayó una estrategia de “negociación y presión” con la dictadura. Era la antesala del “peronismo sin Perón”: un intento de vaciar al movimiento de su contenido plebeyo y revolucionario para convertirlo en un actor satélite del poder de turno.
La respuesta a esa claudicación fue ética, política y doctrinal. En marzo de ese año, el sector combativo liderado por el gráfico Raimundo Ongaro rompió con la burocracia y fundó la CGT de los Argentinos. La CGTA no se limitó a la demanda salarial; entendió que la defensa de los trabajadores era indisociable de la liberación nacional. Su célebre Programa de 1º de Mayo, redactado por Rodolfo Walsh, planteaba con claridad quirúrgica que no se podía conciliar con un régimen entreguista. El sentido del peronismo se redefinía en las bases, articulando la lucha obrera con estudiantes, intelectuales y sectores de la Iglesia tercermundista, convirtiéndose en el fermento conceptual y organizativo que luego estallaría en el Cordobazo.
El presente: La reedición de la vieja encrucijada
Casi sesenta años después, la Argentina asiste a un escenario de desarticulación programática de los lazos solidarios y de los derechos laborales a manos de una extrema derecha gubernamental. La ofensiva actual no busca reformar el Estado, sino dinamitar la noción misma de justicia social, calificándola de “aberración”. Ante este ataque de magnitudes inéditas, las dos posturas históricas del peronismo vuelven a emerger a la superficie con nombres actualizados, pero con idénticas lógicas:
- El neovandorismo dialoguista: Sectores de la dirigencia política, legislativa y sindical que, bajo el argumento de la “gobernabilidad”, el “realismo político” o el resguardo de cajas e intereses territoriales, se prestan al juego del oficialismo. Son los que convalidan leyes regresivas, facilitan el quórum o callan ante el desguace del tejido social, operando como una oposición amigable que entrega las banderas doctrinarias a cambio de una supervivencia institucional ficticia.
- La coherencia doctrinaria de las bases: En la vereda opuesta, una militancia activa, organizaciones sociales de base y cuadros políticos que asumen la responsabilidad histórica del momento. Es el sector que comprende que la doctrina peronista no es un fetiche del pasado, sino una guía para la acción: la soberanía política, la independencia económica y la justicia social no son negociables bajo ninguna coyuntura.
Volver a Walsh: El peronismo como herramienta de liberación
El paralelismo es total. Los “participacionistas” de ayer son los “dialoguistas” de hoy; la resistencia obrera de la CGTA es la militancia comunitaria y territorial del presente. La lección que nos deja 1968 es que el peronismo solo es fiel a su origen cuando se planta como la antítesis del modelo de exclusión, y no como su administrador compasivo.
Como señalaba aquel documento histórico de la CGTA: “La historia del movimiento obrero es una sola línea de sacrificios, de lucha, de persecuciones, pero también de afirmación de la dignidad del hombre que trabaja”. En tiempos donde la extrema derecha avanza desarticulando los derechos más elementales, el peronismo no puede permitirse la tibieza de los despachos. La disputa por su sentido se define hoy, como ayer, en la calle, en la organización comunitaria y en la fidelidad irrenunciable a los intereses del pueblo. El peronismo será la herramienta de resistencia y reconstrucción de la Patria, o no será nada.
“Solamente los humildes salvarán a los humildes” Juan D. Perón
“Únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres” Evita
“Solo el pueblo salvará al pueblo” Raimundo Ongaro



