Tras el estreno de la serie en STAR + la novela homónima de Thomas Eloy Martínez en la que está basada ha despertado el interés por leerla a quienes devoraron los siete capítulos. La obra del periodista con el que el General Juan Domingo Perón, más tiempo compartió en Puerta de Hierro, ha plasmado tres libros de antología conocidos en el ambiente literario como la “trilogía de Thomas Eloy Martínez” de la cual una de ella es la esencial “Santa Evita”.

“Lo que no quiero es que la gente me olvide, Juan. No dejes que me olviden”; “Quédate tranquila, ya está todo arreglado, no te van a olvidar”.

El gusto por la necrofilia que profesan los argentinos parece encontrar su génesis en aquel día en que se detuvo la historia, el 26 de julio de 1952. “Morir es un arte como cualquier otro. Yo lo hago extremadamente bien”, es la cita de Silvia Plath –Lady Lazarus, 23 -29 de octubre de 1962– que utiliza Thomas Eloy Martínez para iniciar una de sus obras cumbres: “Santa Evita”.

La minuciosidad que le imprime el periodista a las páginas de su novela en modo “género No Ficción” es un auténtico lujo literario. Pocas veces el pueblo argentino ha tenido la oportunidad de transitar por un sendero tan oscuro de la historia y en primera persona, a la locura colectiva misma en un nivel de perversión nunca visto.

El personaje central de esta novela es un cuerpo. Un cuerpo que, con la muerte, cobra una sonoridad sin par y redefine en forma mítica a la mujer que lo habitaba. Pocas veces un símbolo ha afiebrado tanto la imaginación de un país como el cuerpo muerto de Eva Perón.

Comienza la locura

No se puede ser tan minimalista de tildar a lo sucedido en aquel primer lustro de la década de 1950, como “una pelea entre militares”. Aquello no fue solo eso, como algunos historiadores describen a ese trágico lapso temporal de un país que iba a ingresar en la etapa más trágica de su historia, ya que todo conectó con todo hasta llegar a una dictadura que “desapareció” a personas en la misma sintonía como se hizo desaparecer un cadáver. El de Eva Duarte de Perón.

La novela de Tomás Eloy Martínez fue publicada en 1995 y cuesta creer no haya dado el salto a la pantalla como una forma de restituir la memoria en forma de manifestación audiovisual. De todos modos lo anecdótico de no hacer una película basada en tamaña obra magistral no tiene la más mínima importancia ya que cada página y cada párrafo traslada al lector hasta un estadio de realismo digno de un Truman Capote o incluso un Rodolfo Walsh.

El relato es tan ingenioso que hace de su construcción argumental un prodigio del género de No Ficción, tomando ese imperdonable acto necrófilo del hurto, como un eslabón más de la locura de embalsamar el cuerpo de alguien que ya había alcanzado la inmortalidad por sus actos, los cuales la definen como el mito que ya lo era mucho antes de hablarle a sus descamisados desde el balcón, cuando el cáncer taladraba sus entrañas y le quemaba el alma en sus últimos días.

Aunque a muchos les cueste incluso preguntarlo: ¿a quién se le ocurre mandar a embalsamar a su esposa? Ni siquiera cabe una respuesta. Mucho mas infame mandar a buscar al mejor embalsamador del mundo y crear “replicas”; y como si eso fuera poco cometer el acto más detestable que avergüenza la dignidad humana: robarse el cadáver y pasearlo por cuanta locación se les ocurrió esconderlo. ¿Sus enemigos? Rojas y Aramburu…  tal vez y quizás parte de la misma ralea. De militares que fueran de “derecha” o de “izquierda”, lo único que hicieron fue destilar veneno por sobre de la Jefa Espiritual de la Nación. ¿Cómo se atreven?

Santa evita cuenta por primera vez el larguísimo calvario que sufrió ese cadáver embalsamado y retrata en forma admirablemente vivida los personajes que acompañaron su peregrinaje: militares que asesinan y enloquecen para no perderlo; manos anónimas que depositan velas encendidas y flores silvestres en cada escondite del cadáver; peluqueros, actores fracasados; proyectoristas se cine; guardiacárceles de la Patagonia; un embalsamador que se niega a abandonar su obra maestra… Todos ellos desfilan por las deslumbrantes páginas de este libro, así como la Evita niña, la actriz provinciana a la conquista de Buenos Aires, la protectora de los pobres, la Primera Dama adorada y odiada hasta la desmesura, la más arbitraria y magnética de las mujeres argentinas.

La locura en sí misma y el nacimiento de tres obras fundamentales

Dicen que el poder enloquece. Pero lo que les sucedió a Perón y sus enemigos excede cualquier rango de desquicie que lamentablemente se trasladó al imaginario colectivo de un pueblo que también había enloquecido y que después desaparecería a 30 mil personas.

El Bombardeo de Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, los fusilamientos de José León Suarez ocurridos el 9 de junio de 1956, los fusilamientos de Juan José Valle y Raúl Dermirio Tanco tras la sublevación ese mismo año contra la Revolución Libertadora, son solo las pinceladas de la locura que atravesaría a ultrajada historia argentina hasta la dictadura de 1976.

En el medio de ese lapso temporal hay un punto en el cual Thomas Eloy Martínez entrevistó a un Juan Domingo Perón durante su exilio en España tras su derrocamiento en septiembre de 1955 hasta el 17 de noviembre de 1972. Esas entrevistas  producen la base de lo que sería la trilogía del notable escritor y periodista: La novela de Perón, Las memorias del general y Santa Evita.

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