Evolución histórica del concepto de la política y un punto de vista militante sobre su situación actual y el desencanto posmoderno que afecta a la sociedad con respecto a la misma.

Por María Victoria Bravo

Para un militante no existe arte mas hermoso en el mundo que la política porque en ella se expresa o debería expresarse el mas noble de todos los sentimientos: el amor al prójimo.

La política como actividad fundamental para la toma de decisiones de una sociedad se desarrolló en su máxima plenitud en las polis griegas de la mano de la democracia durante el Siglo de oro de Pericles. Existe obviamente diferencias con las democracias contemporáneas en cuanto a su concepción de la ciudadanía y porque se trataba de una democracia timocrática, es decir, pequeños productores comerciantes (en los requisitos para la senaduría en nuestra constitución encontramos resabios de esta concepción de la democracia).

El hombre como animal político, es la frase de Aristóteles que sintetiza esta visión griega del ser humano. Los seres humanos crecemos y nos formamos en comunidad y para esta época ser social es sinónimo de ser político porque es interesarse por la “cosa pública”. La poli griega básicamente es la semilla de lo que hoy conocemos como la comunidad organizada. El ostracismo era el peor castigo, el desarraigo y el exilio era lo mas temido para un ciudadano griego.

Sin embargo, como todo concepto las definiciones son absolutas hasta que el contexto histórico y social cambia; en verdad son conceptos históricos. Durante la modernidad con la razón y el hombre como centro del universo, la política se convirtió en la principal herramienta la disputa de clases. Con la consolidación del capitalismo como sistema económico principal, los burgueses (denominación que deriva de los Burgos, ciudades de comerciantes que lograban escapar de la presión de la nobleza y la iglesia en la edad media) empezaron a exigir mayor participación política en la sociedad de los tres órdenes. Los cambios en la superestructura empezaron a gestarse con la Ilustración, la enciclopedia y las teorías políticas del contrato social y todas ellas desembocan en la Revolución francesa de 1789, origen también de la gran primera grieta política histórica: la izquierda y la derecha.

Después de una etapa signada por la importancia de los derechos sociales y la justicia social como base de la política estatal, la crisis del petróleo inauguró un período histórico signado por el individualismo, la apolítica y una anomia generalizada cuya agudización estamos siendo testigos.

Con la llegada de Margaret Thatcher y Ronald Reagan el neoliberalismo hizo su entrada triunfal transformando la política en todas sus bases y concepciones. De ser una herramienta de transformación y cambio para los pueblos quedó relegada a una praxis electoral, de gestión o administración de recursos y cuyas instituciones legislativas son una escribanía en donde se sancionan leyes en favor del sector económico más poderoso.  Ya no toma decisiones de los destinos de un país, eso es función del a economía, la libertad de mercado es la que manda.

Para hacer el trabajo sucio se necesita dirigentes dispuestos a hacerlo y eso conlleva desgaste y desprestigio de una praxis que en sus inicios ere esencial para ser considerada ciudadano. ¿Qué pasa cuando las manzanas podridas conducen los destinos de una nación o una provincia? ¿Qué pasa cuando una manzana corrompe al resto, lo contamina? ¿Qué sucede cuando en nombre de la gobernabilidad, la unidad, se sostienen estas mismas manzanas podridas en las instituciones del estado como en movimientos y organizaciones políticas?

Cuando los Ameri, los Barrionuevo, los Vera, los Menem, los Cantareros, los Duhaldes nos avergüenzan mundialmente con sus actos deshonrosos y aún así siguen teniendo cierto poder es cuando surge la pregunta por la legitimidad de la política. En términos filosóficos pierde su sentido, deja de ser acto para pasar a ser potencia porque se queda en lo discursivo, en la entelequia. Cuando lo que se predica no se traduce en hechos, no se traslada al territorio, cuando el caudillismo domina, cuando se somete a los grandes poderes que dominan el mundo, cuando se sostiene o insostenible. En fin, cuando se aleja del pueblo el cuestionamiento casi existencial que surge es ¿Para qué sirve? ¿Por qué milito? ¿Vale la pena?

Todas estas prácticas se convierten en el caldo de cultivo del “desencanto posmoderno” o “la modernidad liquida”.

Gilles Lipovestky define a la sociedad posmoderna como “aquella que reina en la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en la que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge a lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro  no se asimila ya un progreso ineluctable (…) La sociedad posmoderna no tiene ídolo ni tabú ni tan solo imagen de sí misma, ningún proyecto histórica movilizador, estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, tragedia o apocalipsis.

De acuerdo a lo firmado por él, la sociedad posmoderna viene a romper con el modelo de costumbres y formas de relacionarnos instalados desde los siglos XVII-XVIII. Es una nueva “fase del individualismo universal” caracterizada por el “yo” pero ya sin restricciones, el abandono de las doctrinas políticas o religiosas (se convierten en pura entelequia, relato o en dogmas inmovilizantes) y sus sustituidas por valores y principios hedonistas individuales. La posmodernidad es la cultura de la satisfacción del deseo propio, es el motor y fin del ser humano con nula represión. Así se convierte en la base ideológica que justifica al consumismo masificado, al capitalismo en su nueva fase: la globalización.

La política no es ajena a este proceso y pierde todo su sentido colectivo, ya no existe causas nobles sino más bien es un medio para la satisfacción personal, sectorial. Herramienta de enriquecimiento con dos beneficiarios: el dirigente y la elite económica que gobierna. El poder no al servicio del pueblo sino de uno mismo, ambiciones personales sin limitaciones, poder por poder dejando en muchos casos una estela de corrupción inimaginable. Es en este contexto dónde las manzanas podridas surgen y toman el mando vaciando las estructuras de formación y de lucha sindicales como los centros de estudiantes, clubes de futbol, centros vecinales o comunas.

Ante este escenario surgen los outsaider de la política, que no aportan soluciones, sino que constituyen una táctica de tinte electoral cuya función final es la de ser títeres del poder real. El desencanto también produce el voto “bronca” con los peligros que esto conlleva, una mala decisión tomada desde un estado emocional y desde las pulsiones más elementales puede resultar en una catástrofe para un país.

El futuro de los pueblos se define en medio de escándalos mediáticos, dignos de una canción disciplina. La política en estas instancias se convirtió en un cabaret y cambalache y la pregunta fundamental es ¿Hasta cuándo?

Un conductor o un militante político debe parecerse a su pueblo en el sentido de saber responder a sus demandas, conocer las necesidades de su territorio; pero también es cierto que son sujetos sociales, es decir son hijos de su tiempo. Una población cuyas generaciones más jóvenes, como lo ha demostrado la pandemia, no mira al futuro ni cuida la vida propia ni a ajena, una sociedad que no cree ya en los valores básicos como el amor, el respeto y la honestidad solo puede generar dirigentes similares a ellos.

La situación en si misma puede parecernos negativa, pero en verdad nos plantea un desafío, una reflexión sobre dónde estamos parados y un análisis acerca de las herramientas con las que se cuenta para empezar a construir un quehacer político inspirado en convicciones claras, verdaderas, sustentadas en la justicia social, la independencia económica y la soberanía política.  Ante un pueblo cuyo tejido social se encuentra prácticamente disueltos y signados por el “sálvese quien pueda” la pregunta a responder es ¿Cómo la convertimos nuevamente en una comunidad organizada? ¿Cómo reivindicamos a la política desde lo colectivo y solidario en tiempos de desencanto y disolución? ¿Debemos volver a las bases doctrinarias que nos convocaron alguna vez? Desafíos que debemos afrontar si tenemos algunas perspectivas de cambio.

Si no queremos tener más mazanas podridas ni un sistema que favorezca su aparición o las encubra es imperioso dar la discusión, es misión obligatoria poner en la agenda militante el debate sobre el sentido verdadero de la política y su legitimidad.  Es urgente recuperar su capacidad fundante y necesaria de ser transformadora de realidades.

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