Ante casi 65 mil personas que colmaron el estadio de River Plate, la legendaria banda regresó una vez más a la Argentina y brindó un show que contó con la presencia de parte de la “vieja guardia”, como el bajista Duff McKagan y el tecladista Dizzy Reed. Foto: DF

De aquel muchacho que con sus estremecedores alaridos hizo temblar los cimientos del estadio de Núñez en 1992, solo queda la sombra de la sombra. Sin embargo el público argentino –siempre en modo “futbolero”– concurrió a ver un show que solo se sostuvo por dos ejes fundamentales: la nostalgia de un lado y del otro, la poderosa guitarra de un Slash que parece haberse mantenido en sal durante los últimos 30 años.

Pero diametralmente opuesto a ese estado de gracia en el que el mítico guitarrista llegó a River la noche del 1 de octubre, aparece un Axl Rose, a quien las tres décadas de excesos le pasaron factura sin piedad. De seguro habrá sido difícil para él mantenerse sobrio desde principios de los 90, cuando era el rey indiscutido de los escenarios y frontman de la banda más grande de su época. Hoy solo quedan resabios de aquellos años de gloria pero la marca sigue vendiendo.

Aunque no todo estuvo perdido ya que aparecieron en escena dos integrantes de la vieja guardia para sostener a un Axl irreconocible por el exceso de botox: el bajista Duff McKagan y el tecladista Dizzy Reed. También estaban en el escenario Richard Fortus en guitarra rítmica, además del baterista Frank Ferrer, que toca con Axl desde 2006.

Los dos grandes ausentes fueron Matt Sorum, quien estuvo en aquel incendiario recital de 1992 y el guitarrista Gilby Clarke, quien también estuvo en aquellos recitales de 1992 y 93 en las recordadas giras por Brasil y Chile.

«Welcome to the jungle»

El esperado show largó con It’s so easy, con un Axl calentando motores y un Slash listo para sostener a su viejo compañero con el que llegaron a tener peleas irreconciliables pero que con el paso del tiempo comprendieron que esto solo es un negocio y que aquella banda de ruta hoy es una empresa que sigue facturando.

Luego vendría “Mr. Brownstone” para locura de los porteños, para empalmar con Chinese democracy, del álbum parido ya en el nuevo milenio. El clásico Welcome to the jungle no se hizo esperar para que suene Reckless love, Double talking jive –con un Slash encendido– para seguir con Live and let die –de Paul McCartney– más el interminable Estrangled.

En la recta final del show vinieron Shadow of your love y el clásico ochentero Rocket queen. En cuanto a You could be mine, perteneciente a aquel soundtrack de Terminatior 2 del que nadie olvida cuando Axl paró el show hace 30 años y le dedicó una puteada de antología a todo el estadio, cuando le arrojaron el perchero de mármol de un baño. Esta vez no hubo ninguna pausa de ese talante y el show continuó.

El quilométrico repertorio se completó con Absurd, High school y Civil war hasta llegar al inoxidable Sweet child o’mine. El cierre fue con, November rain, con Axl sentado al piano y la multitud coreando a lagrima pura.

¿Valió la pena comprar una entrada para ver a una de las bandas más grandes de todos los tiempos? Tal vez el óxido de la garganta de Axl no lo justifique pero la fuerza y el talento de Slash; más una banda de mastines hiper profesionales sosteniéndolo quizás sí. Solo quizás.

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