Recientemente estrenada con una calificación NC-17, con Ana de Armas en la piel del mito americano que se convirtió en leyenda tras su enigmática muerte, llega a la plataforma de Netflix. Dirigida por Andrew Dominik, quien no se entiende como hizo para transformar la novela de Joyce Carol Oates en un fiasco interminable de casi tres horas que parecen no terminarse jamás. Imagen: Netflix

El 27 de setiembre llegó a Netflix –Argentina– una de las peores películas de las que se tenga memoria desde que existe el sistema de ondemand. Evidentemente los largometrajes anunciados con bombos y platillos en el gigante del streaming parecen condenados a la saturación del espectador con escenas interminablemente densas. A saber, los antecedentes no son auspiciosos, “The Irishman”, “El poder del perro” y ahora esta ramplona biopic retorcida de Marilyn Monroe.

Los primeros minutos parecen anunciar un dramón de esos que van a ir directo a disputar los premios más prestigiosos y de seguro se llevarán –y de hecho lo hará– un par de Oscar de los cuales alguno será para Ana de Armas por llorisquear y poner cara de tragedia durante toda la primera hora, la cual es insufrible en lo que hace a planteo argumental. No se vislumbra un hilo conductor ni de rebote.

Luego vendrá una “miniserie” morbosa dentro de la misma trama con amagues de subtrama –que tampoco funciona– con el trio que supuestamente hace la rubia (traumada desde la infancia por una madre loquísima) con dos metros sexuales, y que uno de ellos es supuestamente Chaplin (!) o al menos eso anuncian en las revistas que ella lee mientras se franelea con los dos sujetos y se ríen de la venenosa prensa amarillista.

Por ahí aparecen escenas que pretenden mostrarla como la chica que no le queda otra que sufrir los abusos de los poderosos, mientras los desnudos de la cubana ya justificaron la calificación NC-17 (prohibida para menores de 17 años) cosa con la que jugaron en la previa para venderla como obra polémica.

Mientras tanto “la rubia” sigue llorando y dando gritos en primeros planos y el mechado con el blanco y negro no se lo explica ni el director, ni los productores, entre los cuales esta Brad Pitt, quien ya venía de producir otro plomazo interminable como lo es “12 años de esclavitud”.

Hasta eso no pasó ni una hora y todavía hay que pensar que faltan casi dos horas más y la tentación por pinchar en el dedito para abajo que indica “no es para mí”, es un placer que más de uno quisiera darse. Por suerte está en el streaming y se puede pausar e incluso abandonar; pero el morbo podrá más y la segunda hora será de un aburrimiento estremecedor, donde una mezcla inaudita de recursos fútiles invaden la pantalla.

Este auténtico ultraje a la memoria de Norma Jean alias “Marilyn Monroe” tuvo una inversión de 22 millones de dólares, de los cuales todo debe haber ido al sueldo de Ana de Armas y a los editores que tuvieron que padecer el hecho de tener que ver esta porquería una y otra vez para poder juntar todo ese menjunje fagocitado por una falsa ficción que proviene de las mil páginas de la novela de Andrew Dominik, o por lo menos eso es con lo que justifican los críticos que la alabaron como si se tratara de una pieza de arte “extraña”, pero que el sector “progre” está obligado a apreciarla y que de seguro habrá que darle un Oscar como para tranquilizar a las “me too” hollywodense.

Que lejos quedamos de la memorable “What’s Love Got To Do” de 1993, si pretendían mostrar los abusos que sufren las mujeres que se construyen a sí mismas a pesar de las inclemencias de una vida trágica y se transforman en mitos, como la indestructible y valiente Tina Turner, si es que el contraste sirve, en lo que fue aquella magnifica biopic de Brian Gibson.

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