El desencanto posmoderno hacia la política imperante en la población y las malas prácticas de algunas organizaciones tanto sociales como políticas tienen un punto en común: la violencia ya sea como forma de construcción de legitimidad o como mecanismo de disciplinamiento verticalista. Foto: Chaco24News

“SI MILITAMOS POR AMOR AL PUEBLO Y SU FELICIDAD ENTONCES NO PODEMOS REGALARLE TERRENO AL ODIO.”

 

Por María Victoria Bravo

Lejos quedaron los tiempos de la Grecia clásica en dónde la política era prácticamente un deber para los habitantes de las polis. Si bien regía una democracia restringida, el interés por la cosa pública se encontraba vinculado a la honorabilidad, la construcción colectiva y el bienestar común.

Después de la segunda mitad del siglo XX y al concluir la Segunda Guerra Mundial, las consecuencias de los regímenes totalitarios generaron un clima de cuestionamientos hacia los paradigmas vigentes y establecidos durante el Renacimiento.  Así pues, el conocimiento científico construido en su momento fue cuestionado por ser totalizante con pretensiones de ser objetivo y universal. De esta forma se dio paso a la una ciencia basada en la “diferencia” y en especial en el área de las ciencias sociales haciendo hincapié en todo aquello que era invisibilizado. En términos políticos empezaron a emerger los movimientos por los derechos de la comunidad LGTBIQ, los que defendían a refugiados o los movimientos de los pueblos originarios.

Sin embargo, la posmodernidad terminó por exacerbar lo que cuestionaba y el nihilismo religioso, político o científico dio como resultado el fortalecimiento del un individualismo hedonista, que sólo buscaba satisfacer sus propios deseos y pulsiones sin la menor empatía hacia el otro.

El capitalismo se sirvió de la posmodernidad para generar más ganancias ya que una sociedad infeliz tiende ser más consumista y eso es gracias a la disolución de valores, doctrinas e incluso el concepto ontológico de “ser humano” heredado de la Grecia clásica (esto significa que deban ser rediscutidos, pero también es contraproducente fomentar el nihilismo absoluto). La decadencia de un sistema educativo (ocasionada mediante reformas y quita de recursos presupuestarios) que no responde ya una realidad tan cambiante y con un acelerado avance tecnológico, posibilita la manipulación psicológica de las masas.

Teniendo en cuenta este contexto, el “Zoo politikon” de Aristóteles quedó en el olvido, sobre todo porque el sentido del quehacer político fue pervertido, se transformó en un medio para enriquecerse y administrar miserias. El impacto no tardó en evidenciarse con el avance de un discurso antipolítica demagógico y que esconde sus verdaderas intenciones.

La violencia genera violencia y esta es una de las razones por las cuales la política ha perdido su significado honorable y su legitimidad. Las malas prácticas cuasi mafiosas, de aprietes y proscripciones como mecanismo para disciplinar, las disputas de territorialidad entre punteros con diversas amenazas, la corrupción, los cohechos, etc.  la han asimilado más a un cartel de narcos que una praxis por el bienestar del pueblo. Una situación que genera rechazo y repudio.

Sin embargo, el desencanto producido por lo anterior, de manera contradictoria a ensalzado el discurso violento y de odio desde un sector que busca cosechar con el mal humor de las personas, haciendo de la incorrección política su bandera sustentada por un concepto de libertad clasista, prejuicios y con fines hedonistas. Algo que se ha observado y mucho durante la cuarentena. Este sector que se autodenomina “Libertario”, no es más que la derecha conservadora disfraza de liberales, integradas por personas que hacen del odio y la violencia un culto.

Es un discurso demagógico ya que manifiesta abiertamente lo que la gente “siente”, apela a la emotividad nunca a la racionalidad.  Juan Domingo Perón en “Conducción Política” hacía una distinción entre masa y pueblo, la primera se caracterizaba por sentir y usar solamente la intuición, mientras que el pueblo es la masa con conciencia histórica, político-social y sobre todo ORGANIZADA.

Entonces esta “masa sintiente e intuitiva” es el objetivo primordial de los incitadores y “profetas del odio” y el resultado final es un sector de la sociedad apoyando las protestas violentas del “Campo” en nombre de la Patria (oligárquica, sin el pueblo adentro claramente) o un dirigente exclamando a los gritos en plena campaña: “¿Sabes qué, Larreta? Como el zurdo de mierda que sos, a un liberal no le podés ni lustrar los zapatos, sorete. Te puedo aplastar aún en silla de ruedas, a ver si lo entendés”.

A nivel local, tenemos apoderados y dirigentes de la JP, apretando, agrediendo he intentado proscribir a una lista de sus propios militantes para las elecciones en los claustros de la Universidad Nacional de Salta.

De esta manera el escenario político es decadente porque se reduce a un intercambio de chicanas, insultos, ofensas y hasta agresiones físicas. Y la ausencia de ideas o de proyectos claros sobre país, provincia o ciudad es notable. La pregunta que cabe en estas circunstancias es ¿No las tienen o existen intenciones ocultas? ¿ La banalización de odio y la ira es acaso un a cortina de humo para no mostrar el vacío de ideas?

DESAFIOS PARA LA MILITANCIA

En primer lugar, es necesario que los formadores de cuadros políticos nos formulemos una autocrítica, ya que no supimos trasmitir la necesidad de construir una nueva forma de hacer políticas que rompa con lo viejo y decadente. No supimos trasmitir la experiencia histórica de nuestros pueblos de américa y del mundo para que la nueva generación de militantes entendió lo que realmente es la política, la militancia y el hecho de ser un luchador de la causa del pueblo. No supimos enseñar que ser orgánico no es sinónimo de verticalidad, que ser crítico no pone en riesgo la gobernabilidad de nadie, sino que mas bien enriquece y permite hacer crecer un movimiento.

En pleno siglo XXI resulta inadmisible la existencia de discursos apologistas sobre la dictadura, el holocausto, la xenofobia, contra la diversidad sexual. Es impensable seguir escuchando afirmaciones encontrar de la comunidad LGTBI o el género, como así también es imprescindible frenar acciones reaccionarias de sectores de derecha, de izquierda o de cierto sector del feminismo que se ha vuelto determinista y esencialista, es decir en aquello que critica del machismo. En esto hemos fracasado y la batalla cultural por el momento está perdida.

Si yo tuviera que elaborar un programa de formación política, básicamente tendría que volver al principio: revindicar la política. Y esto implica definirla como la acción que un militante realizar para alcanzar la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. En segundo lugar, redefinirla como “amor al pueblo y el odio hacia la injusticia social”. Un militante es aquel que se compromete con esa definición y accione en consecuencia. Es la praxis de ese amor, es quien pone en acto todos sus ideales, es lo contrario a un caudillo oligárquico. Entiende que la Patria se construye con el pueblo adentro y nunca afuera. La misma no es un concepto geográfico ni abstracto fácil de manipular para las elites. Tiene un significado político tal como lo concibieron San Martin, Belgrano, Mariano Moreno. Bolívar, Sucre, Monteagudo, Dorrego, Castelli y Güemes Ellos son su guía porque no son proceres sino luchadores políticos y los movimientos emancipadores fue la praxis de esos ideales.

Lo mismo se puede decir de Martin Luther King, Mandela, Bertha Cáseres, Juana Azurduy, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Un programa de formación política que revalorice nuevamente esas luchas y que recupere esa experiencia historia desde las fuentes porque ¿Cuántos han leído los escritos de Belgrano, Moreno, ¿Güemes o San Martin?  Creo que muy pocos y entiendo que esto es una gran falencia de sistema educativo.

Pero no solo estudiar su pensamiento sino analizar las estrategias, las tácticas, como fueron contrayendo poderes políticos, territorial o social. Entender que la lucha política es como comprarse como un general y analizar el terreno en donde se va a librar la batalla.

Con respecto al poder es necesario comprender su significado y sobre todo que es un medio, pero jamás un fin. Es la herramienta que nos permite concretar como militantes lo que más anhelamos que es la felicidad del pueblo. Tener en claro que la única forma de combatir la violencia antipolítica y a que está presente en la sociedad es demostrando la verdadera valía de nuestro trabajo, se coherente entre lo que predicamos y nuestras acciones.

No debemos olvidar que el neoliberalismo es el gran desorganizador y sus asimetrías sociales son la principal causa de la violencia y por ello nosotros debemos actuar más y hablar menos porque la organización no solo vence al tiempo sino también a sistemas.  Como decía Juan Domingo Perón “Mejor que decir es hacer”.

Si militamos por amor al pueblo y su felicidad entonces no podemos regalarle terreno al odio.

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