La serie surcoreana de Hwang Dong-hyuk se ha convertido en el nuevo fenómeno de Netflix y amenaza con convertirse en la serie más visto de la historia del gigante del streaming, superando incluso a “Dark”. Las claves de un fenómeno que va más allá de tildarla simplemente como “los juegos del hambre coreana”. Imagen: Netflix

“Squid Game” o en español “El juego del calamar” se ha convertido en un fenómeno mundial. Muchos se preguntan cómo es que esta serie coreana ha trepado a niveles de audiencia estratosféricos y va camino a superar a “Dark” la serie alemana que ostenta el record de mayor visionado en la plataforma de la “N” roja.

“La gente se siente atraída por la ironía de que los adultos sin esperanza arriesgan sus vidas para ganar un juego de niños”, dijo en una entrevista el director de la serie, Hwang Dong-hyuk; y es que parece tan simple como eso desde los primeros minutos, pero lo que vendrá tan solo en el primer capítulo asalta al espectador sin concesiones con golpes de efecto inesperados.

La introspección del personaje principal, Seong Gi-hun, desde el inicio es el artilugio perfecto que utiliza el director para ubicarnos en la línea que va de lo particular a lo general, para llegar al grupo de las 456 desesperadas personas ahogadas en deudas y hundidos en la pobreza, quienes son atraídas para participar en un juego sangriento de supervivencia en el que tienen la oportunidad de ganar el jugoso premio de 45 mil millones de wones –unos 39 millones de solares– si logran pasar los seis desafíos.

 

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Alienación y manipulación

A través del protagonista Seong Gi-hun –interpretado por Lee Jung-jae– vemos como la búsqueda de esos cobayos urbanos van delineando a los candidatos favoritos para formar parte de tan perverso juego que al fin de cuentas no será más que una estrategia de manipulación irredenta. Desesperado por la falta de dinero, acosado por sus feroces acreedores y angustiado por la inminente perdida de la tutela de su hija y la enfermedad de su madre, sin quererlo es cooptado y llevado hacia el perturbador juego en cuestión.

Lo realmente atractivo de la propuesta de Hwang Dong-hyuk es que todo versa en un contexto de manipulación sobre los alienados y agobiados por la pobreza y desesperanza. Nadie fuerza a nadie a hacer nada, simplemente se trata de hacerles sentir a los pobres y angustiados que otros seres humanos con el poder suficiente, pueden usarlos como ratas de laboratorio y verlos morir a través de una pantalla.

Todo se desarrolla como un dantesco realitity show privado en forma de “Gran hermano” en tono orwelliano, mientras se van desgranando las alternativas del juego y se siente el poder de ese ser humano –tan humano como los que participan– pero con tanto poder como para jugar nada más ni nada menos que con sus vidas. Tan inocente pero malvado como un niño que juega a quemar hormigas con una lupa en una tarde de sol.

Aún más perverso saber que nadie obliga a nadie a estar allí, e incluso se les brinda la opción de desistir “democráticamente” del asunto pero el hecho de saberse atrapados por invisibles fuerzas que al fin y al cabo están presentes en las sociedades actuales, donde por ejemplo la cultura del consumismo nos obliga permanentemente a comprar cosas que no nos sirven.

Relatividad y masificación

La referencia a la Teoría de la Relatividad presente en aquella imagen de las escaleras no hace mas que introducirnos en un universo donde los eventos podrán estar sucediendo de diferentes formas pero temporalmente en el mismo momento. Es decir, mientras una salvaje matanza se puede estar desarrollando en un extremo de la vida; en otro puede estar ocurriendo el simple hecho de sentarse a mirar una pantalla de televisión mientras se disfruta de un vaso de whisky en compañía de una pieza musical.

Otro de los ejes más importantes es la numeración de cada uno de los jugadores, desde el 001 perteneciente al anciano terminal al 456 del desesperado apostador adicto del protagonista. Pero que al fin y al cabo todos están en el mismo microclima bajo las mismas reglas y en busca de un objetico en común, tal y como funcionan las reglas sociales de las actuales sociedades capitalistas.

 

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Ni “Los juegos del hambre” ni la “Casa de papel”

El recurso es conocido con antelación y visto en el siniestro juego que se desarrolla en una isla, en Battle Royale y si bien puede parecerse a la matriz de Los juegos del hambre, la idea va mucho más profundo. En cuanto a la semiótica expuesta con pinceladas de “La casa de papel” por aquello de los trajes de color chillón y las marcaras, nada tienen que ver con la serie española.

El contraste de la simpleza de los juegos y la violencia inusitada de sus resultados aparecen como un doloroso recordatorio de que en la vida todo es cíclico y que aquellos momentos recreativos de los inicios de la existencia pueden volver a aparecer en el desarrollo de la adultez como una malevola continuidad.

Los juegos son bastante simples. La mayoría de ellos son los mismos con los que se entretenían cuando eran niños y es esa sorpresiva mezcla de inocentes juegos infantiles con muertes violentas es lo que ha atraído la atención de las audiencias. “Los juegos son simples y fáciles, por lo que los espectadores pueden concentrarse más en cada personaje en lugar de en las complejas reglas de la competencia”, declaró Dong-hyuk.

Afortunadamente la apuesta de la serie surcoreana va más allá de lo que ha calificado la crítica mundial como ´brutal, sádica, realista y simbólica´; “Squid Game” es la más descarnada sátira social a nivel global.

La crítica social está presente en cada rincón de forma tácita pero explicita, dejando un reguero de violencia difícil de olvidar y una verdadera lección de cómo los seres humanos somos tan parecidos y disimiles al mismo tiempo, delimitados por eso que no podemos ver pero que está presente desde que nacemos hasta que morimos y no es otra cosa que el poder.