Lamentablemente México es reconocido mundialmente por dos cosas, sus Cárteles de las drogas y sus terremotos. Se registró hace poco uno en el estado de Oaxaca, con una magnitud 7,5; un poco menor al de 1985, el cual alcanzó una magnitud de 8.1 y que casi nos deja sin –el que para muchos especialistas y aficionados es considerado como– el mejor mundial de futbol de todos los tiempos

Por Iggy Rey

El 19 de septiembre de 1985 a las 7:17 de la mañana (hora local) México tembló como nunca en su historia. Parecía el fin del mundo. La tapa de uno de los diarios más importantes de ese país rezaba un dramático título: “Oh Dios!!”.

La furia desatada de la naturaleza hizo temblar los cimientos del país azteca y se cree que dejó unos 10 mil muertos. Jamás se sabrá con precisión cuantos murieron ya que el gobierno censuró las cifras y se publicaron números falaces que rondaban las seis mil a siete mil personas fallecidas.

La tragedia fue de una magnitud tal que se tumbaron edificios históricos, construcciones que parecían que permanecerían en pie durante décadas, se desmoronaron como castillos de arena en la playa.

En cuanto al fenómeno geológico fue sumamente extraño ya que el epicentro se localizó en el océano Pacífico mexicano, cerca de la desembocadura del río Balsas, en la costa del estado de Michoacán; y el hipocentro, a 15 kilómetros de profundidad bajo de la corteza terrestre, afectando la zona centro, sur y occidente de México, en particular a la Ciudad de México.

Los días posteriores fueron una auténtica pesadilla, ya que más de la mitad del país estaba enterrado entre escombros, los cuales llevaron un esfuerzo titánico ejecutar su remoción, más sacrificios de toda índole por lograr lo que en ese entonces se denominó la “vuelta a la normalidad”.

En ese contexto parecía un delirio para ese momento pensar en que México, mucho antes del terremoto, había sido elegido como sede para el próximo mundial de futbol, tal como ocurriera en 1970 y que había que prepararse para el evento más visto por todo el planeta. Y si a eso se le sumaba que el mejor jugador del mundo estaba en el momento más brillante de su carrera, era un despropósito dimitir de la organización.

La pelota no se mancha

La fecha límite era el 31 de mayo de 1986. Solo ocho meses para preparar la fiesta más grande del futbol era imposible. Sobre la funesta cifra de 10 mil muertos, las organizaciones civiles que trabajaron en la remoción de las ciudades duplicaron ese número al final de las tareas humanitarias, lo que devolvió números escalofriantes.

Una pérdida de 8 mil millones de dólares, unas 250.000 personas que se quedaron sin hogares y otras 900.000 se vieron obligadas a abandonar sus viviendas derruidas por el colapso, eran suficientes motivos como para renunciar de inmediato a semejante delirio y remediar las pérdidas humanas y económicas a como dé lugar.

Sin embargo el pueblo mexicano se puso de pie y organizó lo que después resultó ser el mundial que registró los partidos más emocionantes, solo por citar uno, el de Brasil vs Francia, un duelo que hasta el día de hoy es replicado en YouTube debido a sus cambiantes situaciones.

No solo fue ese choque que terminó en una definición por penales para el infarto, hubo otros emblemáticos partidos que quedaron en la historia. El fantástico duelo en el que los belgas les ganaron a los soviéticos por 4-3. El 2-0 de Francia sobre Italia. El emocionante partido que Bélgica le ganó a España por penales y las dos semifinales. Dotando a todo el torneo de una generalidad altísima a nivel futbolístico y una paridad jamás vista entre las selecciones.

Desfile de estrellas

Además de que aquel mundial tuvo una “reunión” de estrellas como jamás se había visto. Pocas veces un torneo presentó tantas figuras cotizadas internacionalmente.

A saber: Elkjær Larsen de Dinamarca, Igor Belánov de la desaparecida Unión Soviética, Emilio Butragueño de España, Careca y el “Doctor” Sócrates por Brasil, Alessandro Altobelli de Italia, Enzo Francescoli de Uruguay, Karl-Heinz Rummenigge de Alemania, Michel Platini de Francia, Gary Lineker de Inglaterra que resultó ser el goleador del torneo, el ídolo local Hugo Sánchez, quien formaba parte del Real Madrid y por supuesto Diego Armando Maradona, considerado para ese momento como el mejor jugador del mundo. Demasiados nombres para un solo campeonato.

Con todos esos jugadores talentosos y expertos a la hora de lograr resultados para sus equipos, el hambre de gloria era el mismo para todos, ya que la mayoría disputarían su último mundial y no querían retirarse con las manos vacías. Tal el caso de dos súper estrellas como Rummenigge y Platini, quienes incluso se cruzaron en semifinales.

Maradona desata otro “terremoto”

Ver jugar a Diego era una sensación inexplicable que incluso las palabras a los fines de la sintaxis son fútiles. En un mero intento por definir una situación única e irrepetible como lo era su presencia en un mundial. De esa realidad eran conscientes los periodistas de todo el mundo que se agolpaban en las puertas del Club América, lugar donde se concentraba la Selección.

Contar con Maradona entre las filas de un equipo de futbol no era un “plus”, era más de la mitad del triunfo asegurado. Eso lo comprobaron los últimos campeones del mundo –Italia– cuando enfrentaron a la Argentina. Fue el debut de Diego en la red con una pirueta en el aire que al día de hoy jamás volvió a verse en una cancha de futbol. Fue el 1-1 frente a uno de los “cucos” del campeonato cuando aún los de Bilardo perdían con un gol de penal.

Ni el público que se agolpaba en los estadios mexicanos, ni todo el planeta sin distinguir razas, ni credos, ni religiones, estaban preparados para ver lo que sucedería el mediodía del 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca. Justamente en la Ciudad de México, la cual hacía menos de un año había temblado hasta sus cimientos.

Al factor de la Guerra de Malvinas que había caldeado los ánimos los días previos, con titulares como “Es la guerra Señor”; más las hinchadas de Chacarita Juniors de Argentina junto a “La 12” de Boca Juniors; quienes tenían a los célebres “Hooligans” en frente como para desatar la madre de todas las batallas en las tribunas.

Estos desquiciados eran una especie de “barrabravas” británicos conocidos por causar disturbios y actos vandálicos en los estadios donde asistían. Inmundos e irascibles borrachos; y por último la bronca de los jugadores argentinos, quienes miraban a los ingleses con el asco propio de la previa a una riña callejera, sobre todo durante los himnos, hacía presagiar que lo que se venía sería un partido memorable. Y así fue.

Aquel mundial de México además fue revolucionario desde el punto de vista táctico. El responsable de ello fue el DT argentino, el “Narigon” había sido campeón de clubes con el Estudiantes de 1968 y para ese partido con los ingleses presentó su posicionamiento en un “3-5-2”, el cual jamás se había visto en un torneo de nivel internacional.

Tres defensores, cinco mediocampistas quienes hacían los relevos y solo dos hombres adelante entrando por el medio del área. Uno de ellos era Maradona, quien curiosamente en ese equipo llevaba el número 10 pero que en realidad era un delantero, mientras que el hombre que hacía de “enganche” era Jorge Burruchaga. Pero aquella tarde Diego rompería todos los esquemas.

A solo 6 minutos de comenzado el segundo tiempo un rechazo fallido de Hodge –el jugador que intercambiaría luego su camiseta con la de Maradona– intentó dar un pase hacia atrás, para el arquero Peter Shilton, quien saltó junto a Maradona, pero el argentino metió su mano izquierda y la mandó al fondo de la red. De ese polémico y antirreglamentario gol aun al día de hoy se sigue hablando y se lo conoce como “La mano de Dios”, nombre que le dio el mismo Maradona a su polémica “obra”.

Solo 4 minutos después, en el minuto 55, Cuciuffo recuperaría la pelota luego de un ataque inglés. Se la dio al “Negro” Enrique, quien ante la salida de Beardsley, se la entregó a Maradona.

A Diego solo le llevó 6.5 segundos ejecutar lo que se conoce como el “Gol del siglo”, permitiéndole alcanzar la inmortalidad y la categoría de mito viviente. Hoddle, Reid, Sansom, Butcher, Fenwick y el arquero Shilton quedaron en el camino tras su obra de arte propia de un genio imprevisible, quien era capaz de convertir un gol legendario, jamás visto.

El mundial no acabó con las dos obras inmortales de Diego aquella tarde. El 25 de junio ya en semifinales vencería en dos ocasiones al que era considerado el mejor arquero del torneo. Jean-Marie Pfaff, un excepcional guardametas belga, quien también fue víctima de Diego a través de dos goles maravillosos.

La final entre Argentina y Alemania fue electrizante. Los de Bilardo creyeron que el partido estaba liquidado tras el 2-0 de Valdano; pero los teutones resultaron ser un hueso duro de roer y lograron el empate con dos goles bajo los palos, donde la victima resultó ser el peor arquero del torneo, que paradójicamente era Nery Pumpido, el guardavallas del equipo que resultaría ser el campeón del torneo. Esto, gracias a un pase mágico de Maradona y una corrida encomiable de Jorge Burruchaga, quien la mandó al fondo de la red, para el tercero y definitivo tanto.

Marca Bilardo

A modo de “bonus track” la anécdota del acto final de Bilardo en ese mundial se lleva todas las palmas. Habían transcurrido ya unas horas del triunfo, ya se habían entregado las medallas y la Copa del Mundo. Argentina era el nuevo campeón mundial destronando a Italia, el último ganador en 1982, pero alguien no estaba feliz.

Los testigos presenciales aseguran que Bilardo no les dirigía la palabra a ninguno de los jugadores argentinos, quienes eran los nuevos campeones del mundo. Debido al carácter del obsesivo entrenador pocos se animaban a preguntarle cual era el motivo de su enojo ante semejante logro deportivo, para muchos el más grande de toda la historia para su país.

Resultó que Bilardo si tenía una explicación para su enojo, la cual la expresó de la siguiente manera: “No nos podemos comer dos goles de dos centros dentro del área”.