Lars von Trier lleva a la pantalla las andanzas de un asesino serial y arquitecto quien a lo largo de cinco episodios desarrollados en 12 años propone un tour por lo más profundo de la mente de un psicópata impiadoso, dando como resultado una atroz historia de sadismo y perversión. Imagen: Hullboxoffice.com  

La última realización del controversial director danés Lars von Trier inicia con dos citas que no están puestas allí por casualidad. “La perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano”, dice Edgar Allan Poe; la otra corresponde a William Blake, quien propone que “Lo que hoy es evidente, alguna vez fue solo imaginado”.

Tras esos dos intentos de postulados que trazan la dinámica de una mente absolutamente enferma como la de Jack (Matt Dillon), quien mantiene dos ejes a lo largo del relato, los cuales obedecen a dos de las propiedades más recurrentes de una mente configurada para lo que pavorosamente vendrá. El Trastorno Obsesivo Compulsivo y la ausencia total de culpa y remordimiento.

De esta manera el asesino delineado por Trier en la piel de Dillon está a la altura de un Andréi Chikatilo o un John Wayne Gacy. Con esta dinámica el film se maneja con capítulos que se denominan “incidentes”, donde uno es más grotesco y sádico que el anterior. Los fanáticos de Uma Thurman deberán recurrir a la videoteca de Tarantino, ya que la blonda ejercita casi un cameo, por lo rápido que desaparecerá del relato.

Las revelaciones de Lars von Trier

El polémico y provocador cineasta dotó a este film de algunos meta-mensajes, los cuales distinguen a su película de cualquier otro intento de llevar las sórdidas andanzas de un serial killer como “Henry, retrato de un asesino” -1986- de John McNaughton. Aquí la exploración es por los bordes de la mente de un sociópata que asquea por su ausencia de culpa, pero que debe lidiar con sus problemas de TOC.

Lo más interesante es la presencia de una voz en off que lo acompaña en pensamientos después de cada aberración cometida o cada reflexión brotada de sus apetencias más sórdidas, mientras construye obsesivamente su casa. Porque resulta que Jack es un arquitecto, quien por ser tan afecto a la perfección la demuele un par de veces para volver a comenzar.

Obviamente que las habilidades de manipulador y su machismo recalcitrante bordean los límites de la tolerancia del espectador, la cual se va agotando a lo largo de las más de dos horas de duración del film.

Aquella voz en off resulta provenir de un personaje llamado “Verge”, quien se materializará y será el componente para adaptar la idea del infierno de Dante que se insinuaba desde un principio.

Los puntos más altos son los simbolismos, la retórica y una banda de sonidos perfecta para el desarrollo narrativo.

Lars von Trier lo hizo de nuevo, su película no pasa desapercibida y no dejará a nadie indiferente.