Después de una estruendosa paliza en las PASO y la dolorosa derrota de la cual el voto bronca socavó hasta los cimientos de Cambiemos, arrastrando también a María Eugenia Vidal a una sórdida derrota y teniendo la responsabilidad de ceder la mitad del electorado argentino traducido en la provincia de Buenos Aires al kirchnerista Axel Kichilof. Crónica de un fracaso histórico y de un voto que solo anunció lo inevitable: el fracaso de Macri. Imagen: Clarin

Prometieron un cambio y solo trajeron calamidad a la Argentina, aseguraron que no robarían y robaron, dijeron que no devaluarían y devaluaron de forma exponencial, subestimaron la inflación y la incrementaron. Lo inevitable llegó con un voto castigo que no deja margen a la reflexión, el pueblo se hartó de las mentiras y se saturó de los tarifasos.

No se sabe a ciencia cierta desde cuando los mismos “anti-K” comenzaron a sentir asco hacia el macrismo más puro. En algún momento sucedió y todos los que se fueron a meter bajo las polleras de Cambiemos, muy de a poco comenzaron a despegarse.

Algunos que de seguro maldijeron el día que se fotografiaron con Macri y aparecieron en grandes carteles por las principales ciudades del país. Ya tenían pegada la peste adherida a sus imágenes.

Un caso testigo es el del diputado macrista Martin Grande, quien era una prometedora figura de la semiótica amarilla, pero su aura se fue diluyendo al mismo ritmo y velocidad con la que María Eugeni Vidal veía desaparecer sus chances de ganarle a Axel Kicillof, por ejemplo.

Algunos tuvieron más suerte que el empresario radial, en el caso de Gustavo Sáenz o el mismo Alfredo Olmedo, ambos apoyaron a Macri, y aun así ambos tienen chances intactas para seguir en la carrera hacia el Grand Bourg. Otros como Miguel Isa, “cristinista” confeso de la primera hora y peronista empedernido se unió a TODOS, al igual que el moderado kirchnerista, Oso Leavy, quien siempre se mostró fiel al kirchnerismo.

El castigo en las urnas

La sufriente clase media y las clases más relegadas fueron los blanco favoritos del macrismo, quien los castigó malamente con tarifasos dolorosos a lo largo de los casi 4 años que duró su aventura en el Ejecutivo nacional.

Aun con el lastre de la gigantesca corrupción con la que se manejaron los gobiernos de Cristina y de Néstor, a la gente que fue a votar más le pesó la perversa devaluación con la que Cambiemos condenó a la Argentina a un incremento de pobres de casi 33%.

Los números son fríos y lapidarios. Desde 2005 a 2015 la devaluación pegó un salto de 3 a 16, pero de 2015 a 2019 –en solo 4 años– Macri y sus inútiles e impresentables equipos económicos pegaron un salto “cuántico” de 16 a 45, registrándose un dólar que ya cotiza a 50 pesos.

Aun con los desatinos de Kichilof en la cartera económica antes de 2015, la gestión de Cambiemos fue funesta en los resultados si se las compara desde Prat Gay en adelante, con una economía dolarizada a la hora de los resultados que no resiste análisis cuando de comparar la canasta básica con cotización de la moneda americana, se trate.

Obviamente que los dos “apóstoles” del mal en esta desastrosa gestión que llega a su fin de la manera más dolorosa, son Marcos Peña, jefe de Gabinete de Ministros; y el gurú de las decisiones políticas, quien le calentó la oreja a Macri a lo largo de los tres años y medio que duró la aventura, Duran Barba, el verdadero impresentable de esta historia.

¿Y ahora?

Comienza un nuevo capítulo en la vida política argentina. El único presidente no peronista en terminar su mandato se irá sin penas ni glorias del ejecutivo y probablemente sea procesado por sus más de cien causas en la Justicia.

No se puede culpar ni al populismo, ni al postulado de que, “la Argentina está condenada al peronismo” y ni siquiera a los fanáticos que siguen a Cristina “a pesar de todo”. Porque la ex mandataria tenía un piso de 30 puntos y el hecho de haber sumado a Alberto, le concedió 17 puntos más, por cierto la jugada maestra con la que se despegó de un probable balotaje.

Se acabó la suerte de Cambiemos y de Macri. Deberá continuar gobernando con menos poder del que tenía antes de las PASO. Con un dólar indomable y una pobreza doliente, donde los argentinos le pusieron un freno a un gobierno que hipotecó el futuro del país y dilapidó lo más importante que tenía: la credibilidad.