Los directors Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell apuestan al relato de suspense y terror mediante una estética de cine de los 80 con gran impronta y creatividad. La dinámica de lo vintage al terror más mórbido es el punto más alto de esta propuesta del cine canadiense. Foto: Hellofriki.com

Un adolescente ochentoso junto a sus amigos teenagers viven en uno de esos barrios americanos de veredas anchas, rodeados de tupidos arboles con grandísimos automóviles aparcados en los garajes de sus casas; como cuando el cine de Hollywood estaba empecinado en que los mandatos de la administración Reagan mostraran al mundo lo prospera que era la clase media americana.

Davey Armstrong –interpretado por Graham Verchere– sospecha que su vecino es el asesino serial responsable de las desapariciones de adolescentes en la zona residencial donde vive junto a sus amigos. La primera dificultad que encuentran es que ese sujeto es un oficial de policía respetado y apreciado en el vecindario.

Detectivescamente al mejor estilo Goonies, inician una investigación paralela con los elementos que tienen a mano, es decir gadget tales como woki toki y binoculares, herramientas como recortes de diarios y cajas de leche con la foto de los desaparecidos. Obvio que como el titulo lo indica, eran los 80 y un teléfono celular no estaba en los planes de ningún adolescente.

En ese punto aparece el eje más fuerte con el que cuenta la película, muy sutilmente la dinámica muta de un metraje ochentoso, a un relato de suspense, para luego desembocar en el terror mismo al que la clasificación del film anunciaba cuando aún no se había estrenado.

Obviamente que la vecina rubia y escultural de enfrente a la que espían con los binoculares mientras se cambia por las noches, se bajará indefectiblemente de su estatus de sex-simbol y pasará a ser en realidad una atormentada adolescente por la separación de sus padres, otro tema en el que encalla la película varias veces.

Ella se sumará al equipo de asiduos seguidores del erotismo en revistas papel y entusiastas cultores del voyeurismo más rancio, pero que en ningún momento manchan el metraje con intentos “nerds” de poca monta intelectual. El relato se sostiene en esa hipótesis detectivesca tan bien lograda por Barry Levinson en “El joven Sherlock Holmes” –1986–.

Los queridos y lucrativos 80s

Evidentemente es la década favorita de cineastas, directores y productores que están aprovechando la magia del streaming para regar de onda vintage por todo el cyber espacio y salas de cine, a lo largo y ancho del planeta.

El trio de directores tomaron una idea que venía dándole forma J. J. Abrams en 2012, con “Super 8” y Steven Spielberg –justo él– con “Ready Player One” en 2018. Con la salvedad que aquí aparece ya desde el inició –con poster incluido– una estética del tipo “Fright Night” –1985– con una indiscutible apuesta de fagocitar el relato con un planteo puntualmente “Goonies”, es decir, un grupúsculo de adolescentes con aficiones detectivescas, de esos que en las comedias de esos año, hacían uso y abuso de sus bicicletas paseándose por esos vecindarios yanquis bien de clase acomodada.

Desde el inicio se siente la influencia “Spielberg” –incluso lo mencionan–, lo que recuerda a esas secuencias tan usuales de “ET”, pero más apegado a la semiosis “Fright Night”, aunque de a poco y sin darnos cuenta el relato bordeará los márgenes del suspense y el misterio tan propio de Stephen King.

“Verano del 84” parece marcar definitivamente esa moda que impera en Hollywood de desempolvar a la década más nostálgica de todas, dotándola de un invalorable sentido de la inocencia frente a los conflictos familiares; y porque no agregarle un asesino serial que sacuda a la maltratada y pobrísima gran pantalla de los últimos años.