La presente entrega del debate oral y público que tardó ocho años en condenar a Mario Federico Condori por el crimen de Cintia Vanesa Fernández, abarca desde las pericias informáticas que comprometieron seriamente al acusado hasta una conclusión escalofriante y terrorífica, la cual cierra este Episodio Nº 4.

Atención: El texto podría herir la sensibilidad de algunos lectores. Se recomienda discreción.

Las pericias de los teléfonos celulares de Mario Federico Condori mostraron la obsesión que el imputado sentía por la víctima. Fueron 3.845 comunicaciones, entre llamadas y mensajes –SMS– de Condori a Cintia en un periodo de apenas cuatro meses. Las pericias fueron realizadas desde el 1 de febrero al 5 de mayo.

Es importante consignar que estos datos fueron ubicados en latitud y longitud de las antenas de celulares de Morosini, en la zona de parque La Vega, señalando a tres aparatos de teléfonos celulares secuestrados de un total de cinco teléfonos que utilizó Condori. Es decir que al imputado no se le secuestraron dos teléfonos móviles. De uno de esos teléfonos, se conoció que lo compartía con la víctima.

En el periodo peritado, y como ya se dijo, Condori la llamó y le envió mensajes 3.845 veces; mientras que Cintia hizo lo propio 1.435 veces. Los días 27 y 28 no hubo comunicación. Cabe recordar que el 28 de abril de 2011 apareció el cuerpo sin vida de Cintia.

Se cree que después de cometido el crimen, Condori ingresó al departamento y borró 332 contactos de 762 que había en el teléfono. También borró los mensajes que había intercambiado con la víctima. En total, en el mes de abril, Condorí borró 59 mensajes de texto.

Al momento de ser consultado Sánchez –el perito informático– acerca del uso que el imputado le dio al teléfono, respondió que se había observado “mucha maniobra de cambio de chip en escaso tiempo”. Según el experto estos vertiginosos cambios de chip dejan a los peritos sin parámetros. En palabras más claras, un teléfono al que se le cambia el chip varias veces en un corto periodo es más difícil de peritar.

Con posterioridad vendría el testimonio del comisario Néstor Alfredo Cardozo, quien estuvo en el lugar de los hechos apenas se conoció la noticia del hallazgo del cuerpo de la joven. Obviamente dijo no conocer a Condori. A esa altura la querella le advirtió no ser reticente, ya que desde esa parte –y desde la fiscalía– no tolerarían otro interrogatorio como el de Jimena Núñez, el cual terminó con la oficial detenida por falso testimonio. Fue García Castiella quien le contrastó una lista de jerarquías compuesta por altos jefes con el hallazgo sin vida de una mujer.

“¿Semejante autoridad concurrió a un simple aviso del encuentro de un cadáver? ¿Es normal que concurran todos los jefes policiales por el viso o notificación del fallecimiento de una persona?”

El conclave policial

Aun no había llegado el juez cuando un centenar de policías invadieron como hormigas marabuntas el departamento de Parque La Vega. También estaba el jefe de la División Trata de personas, cuando el hecho no era vinculante con ninguna situación que atañe a ese tipo de delito.

Por esto es que Ana Fernández seguirá planteando hasta que deje éste mundo terrenal, que su hija algo había observado o visto con respecto al tema de “Trata de Personas”, aunque en el terreno de lo netamente empírico, en su departamento había documentación de esa temática, cosa que Condori y sus defensores se habían ocupado metódicamente de minimizar durante la primera audiencia, cuando el mismo imputado prestó declaración.

Pero Trobiani estaba allí junto a la manada de uniformados. Unos días antes se había desplazado en dos vehículos. Según su declaración esa división tenía “una vieja camioneta color negra y una Chevrolet C10”, esta última de las que la marca americana lanzó al mercado para competir con las F100 de Ford.

Otra vez fue la querella que arremetió contra Trobbiani.

–¿En qué circunstancias se convoca a usted como representante de Trata de Personas, por un hecho presuntamente delictuoso?

–Al momento que llegué fui alertado de que una persona de apellido Condori estaba sospechado. De que había sido pareja de la persona sin vida encontrada. Mi función en el lugar era ninguna. No recuerdo haberlo visto a Condori.

Fiscalía (Ossorio) –¿Recuerda que superior suyo estaba en el lugar?

–Solo recuerdo a Piccolo.

En ese momento, el fiscal le leyó la nómina de autoridades que con posterioridad y en otro ámbito tildó irónicamente como que allí había “más policías en que en el Centro Policial Sargento Suarez”.

De esa lista de “jerarquías”,  Trobbiani dijo no reconocer a ninguno. Lo que sí dijo recordar es haberle dado “pena” al enterarse de que un personal policial hubiera quedado comprometido en el caso.

Fotografías inquietantes

Sin dudas el tratamiento de las fotografías de la autopsia sería la previa para que fuera propicia una auténtica batalla de opiniones que se libraran en el terreno de las afirmaciones.

De un lado estaba la Junta médica y del otro la profesional que realizó la autopsia, la doctora Nieto. Con la enorme diferencia que los médicos que formaron aquella junta vieron la autopsia en un video; mientras que Nieto fue quien la realizó en persona.

Esto desató una de las polémicas más grandes de todo el juicio. En medio de esa discusión las partes –sobre todo la defensa–, fue la que planteó hipótesis de las más variadas y obviamente absurdas, ya que el saber de leyes e incluso de ciencias forenses, jamás estaría ni por cerca de los conocimientos de un profesional que realiza autopsias.

De todos modos lo que planteaba la defensa eran argumentos que cuadraban dentro de los derechos que todo acusado tiene y puede utilizar.

El punto más álgido fue la lesión que presentaba la víctima en el oído interno izquierdo, claramente causado por el trauma de un puñetazo que Condori le asestó a Cintia unos minutos antes de matarla. Éste fue uno de los puntos que más complicó al imputado a lo largo de todo el debate.

También las lesiones en los hombros, ya que Condorí asentó sus rodillas sobre la víctima,  con la intención de inmovilizarla. Esto le dejó hematomas en ambos hombros. Por ello se cree que inmediatamente la ahogó con uno de los almohadones que después aparecerían en el piso de la habitación, para causarle la muerte. Lo que por definición se deduce que Cintia no murió asfixiada con la bolsa atada a su cuello, sino que Condori la ahogó con ese almohadón.

Otra lesión apareció en el hueso occipito parietal derecho. La sumatoria de todos estos golpes fue lo que recogió Garcia Castiella para preguntar acerca de que, sí era posible que esa golpiza propinada por Condori a Cintia había sido suficiente como para dejarla inconsciente. Conclusión a la que parecía inevitable no llegar.

Allí es cuando dos vertientes se abrieron paso en la plataforma fáctica. De un lado saber si Condori la había desmayado a golpes y luego le colocó la bolsa, cosa bastante improbable a esa altura de las circunstancias; o si el asesino de Cintia la había sometido a una paliza antes, para luego apoyar el almohadón con el que la ahogó y le provocó la muerte por sofocación. Lo que deja a Condori unos días después nuevamente en el departamento, ya con Cintia sin vida y colocarle la bolsa prolijamente con la cinta alrededor de su cuello.

Esto último fue lo que más cerca rozó la realidad durante el debate, ya que el ex policía se apersonó en el departamento de Cintia cuando ella ya estaba muerta con la inconfesa idea de simular el burdo suicidio, para luego rosear con inciensos y desodorante de ambiente; incluso encender un ventilador y limpiar con lavandina. Pero como es de conocimiento universal, el olor de un cadáver es algo que, de haber tenido la oportunidad de sentirlo y según opinión de los expertos, “es algo que jamás olvidas, es un olor único y no se compara con nada”.

Otro factor que fue preponderante en la decisión del tribunal para condenar al imputado fue un cabo suelto que se le pasó por alto a Condori durante la “arquitectura” del armado del suicidio  olvidó –o desconocía– un postulado asociado a la Medicina Forense que dice que, cuando alguien transita las ultimas fracciones de segundos de su vida, se activa un mecanismo de auto–preservación –incluso– en los suicidas, quienes antes de caer de un edificio levantan las manos en clara posición de defensa; o bien en caso de sofocación la victima utiliza lo que tenga a la mano para salvarse, en éste caso las afiladas y prolijas uñas de Cintia podrían haber rasgado fácilmente la bolsa color celeste con la que Condori cubrió prolijamente su cabeza y aseguró con cinta.

Esto deja a ambos –atacante y víctima– en dos momentos diferentes con una diferencia temporal de un par de días. Se cree que la asesinó un jueves a la noche y el domingo regresó para diseñar el supuesto suicidio.

Además de ese detalle grosero de la bolsa, aun planteándose  el hecho de que alguien utilizare una práctica tan poco usual para quitarse la vida, está presente el desorden de la escena del crimen. Con todo lo que tocó, manipuló y movió de lugar.

Lo más notable en las fotografías que fueron expuestas en el juicio fue el almohadón con el que probablemente la ahogó. Estaba tirado en el suelo; pero lo que terminó de demostrar el armado de una teoría ridícula que se pretendió imponer durante toda la etapa de instrucción fue que la cinta estaba debajo de los otros almohadones, en el piso.

De hecho, la cinta ni siquiera estaba visible, lo que por definición deja la hipótesis fuera de todo análisis, ya que Cintia no podría haberse atado el cuello prolijamente con la cinta y luego depositarla debajo de los almohadones.

Como si todo ello fuera poco, un dato arrojado por la autopsia demostró que Cintia murió por sofocación, ya que en su tráquea había espuma, lo cual denota la presencia de gas en los pulmones, por lo que esa reacción química es típica de un proceso de asfixia. Es ese el punto que los forenses identifican como “cuando el cuerpo habla”. En este caso el cuerpo de la víctima le dijo a la doctora Nieto que Condori la había ahogado hasta matarla  con ese almohadón, el que estaba tirado en el piso, con un detalle escabroso: uno de sus vértices estaba empapado en sangre y al caer al suelo manchó el sócalo.

A esa altura surgió otra pregunta con base científica ¿Cómo puede el cuerpo no presentar larvas y las prendas cercanas si? Aquí aparece un hecho absolutamente perverso y por supuesto esta redacción guardará los cuidados y la discreción como para ubicarlo en el terreno de lo hipotético, ya que el dato es revelador y escalofriante: Condori habría lavado el cuerpo de la víctima en el baño.

Fin de la Cuarta Parte