Los jueces Marcelo Rubio, Mónica Faber y Martín Pérez presentaron los fundamentos del vergonzoso fallo por la brutal muerte de Diego Castro a manos de Méndez García Zavaleta, cuando lo aplastó contra una pared con su automóvil, en estado de ebriedad y a exceso de velocidad. Para el tribunal la querella no fundamentó debidamente la petición del artículo 79. Citan como jurisprudencia el caso Cabello, un asesino al volante que mató a una madre y a su hija. Otro papelón de la Justicia salteña.

No se sabe si indigna más el fallo o los fundamentos. Lo que sí está claro que en Salta se puede matar a exceso de velocidad, con alcohol en sangre y como pena solo se deberá efectuar trabajos comunitarios y no conducir por solo 10 años. Eso sí, de apellidarse Puca, Quipildor, Tejerina o Mamani (y no Méndez García Zavaleta) le caería todo el peso de la ley.

Con la inconfesa idea de abrir el paraguas, uno de los primeros párrafos de los fundamentos aclara que “la Querella solicitó la condena de la acusada por el delito de Homicidio Simple con Dolo Eventual (art. 79 del CP) sin haber fundamentado debidamente dicha petición; si bien resulta comprensible que en la etapa del requerimiento de juicio se haya inclinado por esa figura, no lo es luego de la contundente prueba científica y testimonial producida, que nos llevan a concluir de manera muy distinta”.

En matemáticas los números mayores que el cero se conocen como números positivos. Por dar un ejemplo simple podríamos afirmar que la señora Méndez García Zavaleta tiene tres apellidos, eso refiere a un número mayor a cero. Es decir: Tres.

Pues bien, ahora probemos con la cantidad de alcohol en sangre: “Se probó además que la acusada tenía 0,12 gramos de alcohol por litro en sangre”, reza una línea de los fundamentos. Eso es mayor que 0 (cero). Solo cabe preguntarse ¿Dónde quedó la tolerancia cero? ¿Acaso es solo recaudatoria esta postura de la provincia de Salta? ¿O se pasa a la ley nacional que es hasta 0.5 en caso de apellidarse Méndez García Zavaleta?

(…) lo que no alcanza ni siquiera el máximo permitido por el art. 48 inc. a) de la Ley Nacional de Tránsito de 0,50 grs./l; ¿de qué “extrema ebriedad” nos habla entonces la querellante?

En cuanto a la velocidad, “por lo menos, 84.76 km/h, superior a los 40 km/h permitidos en la avenida Palacios”. Aquí y en la China eso es exceso de velocidad pero para el tribunal esta mujer debía superar los records de velocidad más audaces para enviarla a prisión, porque a más del doble de la velocidad permitida “no pudo representarse el daño que iba a causar”.

La comparación con el fallo “Barrientos”

Al parecer para la Justicia salteña este tipo de conductas son meramente cuantitativas y no cualitativos, ya que en la comparativa con el caso del ebrio que mató a cinco personas en el camping de Campo Quijano, se trata de cantidades de alcohol y cantidades de kilómetros por hora, pero a la hora de analizar el comportamiento se mira para otro lado y ni hablar de los apellidos.

Ergo, Barrientos no es lo mismo que Méndez García Zavaleta, aunque el maldito ebrio haya matado a más personas. Cabe recordar que Méndez García Zavaleta podría haber matado a dos personas más aquel fatídico día, por lo que, no es directamente proporcional las cantidades con las reacciones o las consecuencias.

En el ámbito de nuestra jurisdicción, contamos con el extenso fallo “Barrientos” de la Sala 2 del Tribunal de Impugnación (Fallo 467, asentado en el libro 2017-04R, del 31/10/2017) en donde los magistrados hicieron un esfuerzo argumentativo especial para, ahí sí, encontrar el dolo eventual del acusado, sin perjuicio de que uno de ellos votó por encasillar la conducta de Barrientos en el delito culposo. Se trató ese caso de un hecho donde fallecieron cinco personas, donde había un nivel de alcoholemia en el acusado de 1,36 gramos y donde la velocidad a la que circulaba fue de 136,2 km/h. Diferencias abismales con el presente caso deben probarse las especiales circunstancias psíquicas del sujeto como, por dar algunos ejemplos, el conocimiento del peligro que entraña la conducta riesgosa y la aceptación del resultado muerte que ello podría conllevar, más las actitudes externas que demuestren tales proceso intelectivos internos.

Ante estas “diferencias abismales”, habría que preguntarle al tribunal si son conscientes de que hay organismos que reaccionan de maneras diferentes ante el consumo de una droga, en este caso el alcohol. Eso que se conoce comúnmente como “cultura alcohólica” y que lleva a una sola pregunta ¿Qué pasaría si afirmamos que Méndez García Zavaleta se emborrachaba con una mínima cantidad etílica y no necesitaba las cantidades industriales que ingirió Barrientos?

Nota. Esta idea fue aportada por un experimentado penalista del medio local a esta redacción,  no siendo esta una ocurrencia literaria catártica.

Dolo eventual

Como caso testigo citan el del asesino al volante Sebastián Cabello, un caso igual de indignante que el de Diego Castro. El 30 de agosto de 1999, el Honda Civic manejado por Cabello –preparado para picadas– embistió el Renault 6 en el que circulaban Celia González Carman, de 38 años, y su hija Vanina Rosales, de tres años. El vehículo se incendió rápidamente por el impacto y las victimas fallecieron por las llamas.

En los fundamentos el tribunal dice que “Puede recordarse el conocido caso “Cabello” donde en la etapa de juicio fue condenado el acusado por Homicidio Simple con dolo eventual, siendo revocada esa decisión luego por la Cámara Nacional de Casación Penal (sentencia registrada bajo el N° 680/2005 de la Sala 3ra. de la CNCP, del 02/09/2005) por considerar que no se daban los específicos requisitos para encasillar una conducta netamente culposa, como dolosa; valga recordar que en el caso “Cabello” un automovilista corría una “picada” cuando impactó desde atrás con otro automóvil donde se encontraba una mujer con su pequeña hija, produciéndose la muerte de ambas.

De manera que, como bien lo sostuvo la entonces Cámara Nacional de Casación Penal, por más aberrante que parezca un hecho de esa naturaleza, si no se prueba el ánimo de dolo eventual en el sujeto activo, no podemos apartarnos de la norma específica que cataloga como culpa la conducta”.

Es obvio que ni Cabello, ni Méndez García Zavaleta, ni Barrientos tuvieron el “ánimo” de matar; pero si podían representarse el daño que iban a causar por consumir alcohol o por la simple estupidez de conducir a exceso de velocidad, o ambas cosas.

Esto es tan obvio que no resiste análisis, por lo burdo del planteo y por tomar un caso tan execrable, el cual jamás debería citarse como jurisprudencia por más que ese fallo haya sido revocado por la Cámara Nacional de Casación Penal.

«Desmedido, infundado y temerario»

En los fundamentos dice que “el pedido de la parte querellante fue desmedido, infundado y temerario puesto que en las constancias del juicio y de todas las pruebas producidas no existe sustento lógico mínimo que avale el dolo eventual”.

Lo “temerario” aquí es haber enviado a Méndez García Zavaleta a su casa y además haber causado el pánico en la sociedad salteña, ya que lo único que deja este fallo es el hecho de saber que alguien con un automóvil puede matar e irse a su casa.

Eso sí, debe contar con apellidos ilustres ya que alguien en las mismas circunstancias llamado Puca, Tejerina, Quispe o Mamani se “comería” unos cuantos años a la sombra sin pisar el asfalto.

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