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El huevo de la serpiente

El 16 de junio de 1955, Aramburu y Rojas enviaron a la Aviación Naval a bombardear la Casa Rosada con la inconfesa idea de asesinar a Perón y darle un golpe militar a la patria. Los excesos del “General” y su pelea con la Iglesia fueron el detonante de semejante desatino. Una vez que se hicieron con el poder, Aramburu ejerció como dictador desde 1955 hasta 1958, ejecutando fusilamientos y secuestrando el cadáver de Eva Perón. En 1974 un grupo guerrillero autodenominado Montoneros lo secuestró y lo asesinó, generando en las juntas militares un temor impensado y una paranoia desenfrenada, la cual llevó a la noche más larga y oscura en la historia de la patria desde 1976 a 1983
Crédito: Nacional y Popular
Por David Germán Gorriti

La gran pregunta es: ¿Qué llevó a la locura del golpe de 1976 en la Argentina? La respuesta no es muy difícil, aunque las ideologías la complejizaron y los populistas del pensamiento actuaron como viles reduccionistas, llevándolo todo a una discusión sin fin, donde los oportunistas sacaron las mejores rodajas.

Por un lado las juntas militares llevaron adelante un plan de aniquilación sistemático, basado en el decreto presidencial firmado por Isabel Martínez de Perón, cuando ya había enviudado: por el otro lado los montoneros y el ERP se arrogaron el rol de revolucionarios románticos, mientras que la única lucha que llevaron adelante fue el asesinato, los secuestros y la violencia.

Aquel infame “decreto de aniquilamiento” referido a los cuatro decretos dictados por el Poder Ejecutivo de la República Argentina, durante el año 1975, redactados durante el gobierno constitucional peronista con el fin de “neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos”, fue la excusa perfecta para que Videla y su banda de asesinos pusieran a la Argentina bajo una de las dictaduras más sangrientas de las que se tengan memoria.

El primer decreto llevó la firma de la presidenta María Estela Martínez de Perón y sus ministros, y se dictó el 5 de febrero para dar inicio al “Operativo Independencia” generado para combatir el foco insurreccional establecido en la Provincia de Tucumán. Ese papel con la firma de una inútil comandada como un títere por un asesino como López Rega, fue el detonante para que se torturara y asesinara a 30 mil argentinos.

País de locos

Visto a la distancia diacrónicamente y ante la óptica de las nuevas generaciones, solo cabe preguntarse ¿cómo es posible que una banda de desquiciados haya enviado a un grupo de militares y civiles opuestos al Gobierno de Perón e intentaran asesinarlo y llevar adelante un golpe de Estado? tirando bombas desde aviones del ejército, matando a 308 personas e hiriendo a más de 700.

Ergo, la locura no termina allí. En noviembre de ese mismo año (1955) el teniente coronel Moori Koenig, a cargo del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) roba el cadáver de la jefa espiritual de la Nación de la cede de la CGT.

El derrotero del cadáver de Eva Perón debe ser sin dudas una de las crónicas más oscuras y desquiciadas de la historia. Un cadáver que había sido embalsamado (!) por pedido de Perón y que pasó por tantas peripecias que Tomas Eloy Martínez en su libro “Santa Evita” describe de forma contundente y con un valor periodístico excepcional.

Otro hecho que fue minando la locura sin solución de continuidad fueron los fusilamientos en los basurales de José León Suarez, parte del demencial plan de autoritarismo del gobierno de facto que había derrocado a Perón en 1955. Por cierto, crónica descripta en forma de “Nuevo periodismo” por Rodolfo Walsh, en esa maravilla del trabajo investigativo que es “Operación masacre”.

Finalmente lo que calaría hondo en la institucionalidad argentina fueron los fusilamientos de  Juan Jose Valle y Raúl Tanco, dos mártires asesinados –o fusilados– por orden de Rojas y Aramburu. Paradójica y tristemente resultó el hecho de que Valle y Aramburu habían sido compañeros en la escuela de cadetes. En ese microclima de locura lo último que podría llegar a suponer Valle era que su propio compañero de estudios iba a mandarlo a fusilar.

El general Valle le escribió una carta a Aramburu la noche anterior a ser fusilado. La intención de estos dos patriotas –Valle y Tanco– era devolverles la democracia a los argentinos, por eso fueron asesinados por ésta horda de fascistas.

“El 12 de junio de 1956, en cumplimiento del decreto firmado por el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, fue fusilado el general Juan José Valle, líder del frustrado levantamiento cívico-militar producido el 9 de junio de ese mismo año”, rezaban las crónicas de la infame “Revolución libertadora”. La proscripción del peronismo acababa de comenzar.

Una venganza que tuvo consecuencias fatales

Las cortesías siguieron un par de minutos mientras el café se enfriaba, y el tiempo también y los dos muchachos se pararon, sacaron sus armas y la voz cortante de Fernando Abal Medina dijo: “Mi General, usted viene con nosotros”.

El 3 de septiembre de 1974, en la revista “La Causa Peronista”, Mario Firmenich y Norma Arrostito relatan como Aramburu fue secuestrado el 29 de mayo de 1970, como así también dan cuenta de la ejecución hecha por Fernando Abal Medina de un tiro de pistola en el sótano de la estancia La Celma en la localidad de Timote, partido de Carlos Tejedor, provincia de Buenos Aires.

Solo ese hecho que parecería un acto de absoluta justicia por lo hecho durante el golpe del 55, se convertiría en el catalizador y desencadenante por excelencia de lo que vendría después, con la Triple A y la toma del poder por parte de las juntas militares en 1976, quienes sin confesarlo jamás comenzaron a vivir la paranoia de los secuestros en carne propia.

Todos los militares que rodearon el contexto de la “juventud maravillosa”, Montones y el ERP, todos sufrían de un temor paranoide que los llevó a ejecutar el plan más sórdido e imperdonable de la historia de la patria.