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‘Vengadores: Infinity War’: un incontinente desastre

Los hermanos Russo completan un indigerible y anticlimático fin de fiesta superheroico tan aburrido al menos como chupar un clavo

Todo mal. Según la ciencia, la inexacta, el máximo que aguanta una vejiga sin vaciarse es el resultado de un no necesariamente complejo algoritmo donde intervienen variables como la cantidad de café ingerido, el tamaño de la próstata (en ellos), el estado del suelo pélvico (en ellas), la capacidad para la concentración de cualquiera (ellos y ellas), y hasta las ganas de irse del cine cuanto antes de todos.

Independientemente del sexo y del estado civil. Digamos que Vengadores: Infinity war es toda ella una provocación diurética; una invitación a huir camino del mingitorio a la primera presión; una gran, por decirlo en corto, micción.

El problema no es que dure dos horas y media que, la verdad, ya es bastante. No, lo grave es la incontinente inanidad de 156 minutos soltados a chorro con la emotividad y tensión de un dolor de vientre. Suena exagerado, quizá algo sucio, y, en efecto, lo es. [Quién es quién en Vengadores: Infinity War]Se entiende mal que lo que debería ser el cierre épico, triste y hasta tierno de una saga que, con sus altibajos, nos ha mantenido en vilo desde hace una década se precipite por los territorios más vulgares de la absoluta falta de ideas.

Los hermanos Russo, que nos sorprendieron con la más adulta, divertida y bien tramada entrega de todas las superseries superheoricas (eso fue Capitán América: Civil War), se dejan ahora llevar por el tráfago. O mejor por el tráfico. Muy denso.

En su descargo quizá habría que apuntar que toda la película es una hora punta desde el primer segundo. La cantidad de personajes y abdominales traumatizados por algún episodio de la infancia o la primera juventud es sencillamente ingobernable. Por allí circulan, los siempre ocurrentes Guardianes de la Galaxia, el histrionismo del Doctor Strange, el encanto natural de Iron Man, el irresponsable descaro de Spiderman, la pomposidad colorista de Black Panther y, por supuesto, el buen tono muscular de Thor. Es decir, la mayor concentración de gente con poderes desde la aplicación del 155. El reto consiste, por tanto, en hacer coincidir todas las sensibilidades y hasta géneros en algo con sentido. Pues no, no les sale a los directores. Ni a uno ni a otro.

Puesto que desde el principio se anuncia como fin de una era (se van los que acaban contrato, ni más ni menos), no adelantamos nada si decimos que toda la película está plagada de bajas. Y aquí nos paramos. El indomesticable Thanos, enamorado hasta la médula de la muerte, ha llegado para completar el ERE más radical visto en toda la crisis. Pues bien, desconsuela la nula capacidad de la película para provocar algo parecido a una lágrima, un puchero, si quiera un gesto de descontento. Se mueren nuestros héroes y, quién lo iba a decir, da exactamente igual. Es triste, sí, pero por los motivos equivocados.

Lo demás son ya errores de bulto. Y muy abultados. La caracterización de Josh Brolin como el villano devora planetas no supera a la del anuncio de Mister Proper. Cada uno de los intentos por dotar de profundidad a su drama interior -el hombre está más preocupado por la superpoblación del universo que Malthus- se antoja sólo ridículo. Quizá también desproporcionado, pero más ridículo. Como risible es la monotonía con las que se trenzan las historias en un alarde tan anticlimático como muy aburrido. Sólo a la altura de chupar un clavo o, en el mejor de los casos, mirar fijamente a la pared. Eso por no citar lo feo y anodinos que resultan cada uno de los escenarios interestelares. Y luego está la pregunta sin respuesta de siempre: ¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar bromas, chistes o lo que sea sobre la década de los 80? Sí, también aquí.

Para el final queda la constancia de que ya está bien. Da la impresión de que el gesto abusivo de intentar convertir la pantalla en un circo de cinco pistas donde todo sucede a la mayor gloria del escapismo en la más burda de sus versiones ha tocado techo. O fondo. Vengadores: Infinity War discurre por la pantalla con el único beneficio del atolondramiento. Los cuatro chistes bien colocados, que los hay, así como la despampanante intervención de Peter Dinklage, que lo es, no salvan ni de lejos el todo o, mejor, el supertodo. Todo mal.Y otro día hablamos del GUANTELETE (así, en mayúsculas). De la VEJIGA (también en mayúsculas) ya hemos dicho lo que tocaba.

Elmundo.es