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El día que “conocí” a Stephen Hawking

LONDON - JANUARY 17: Professor Stephen Hawking delivers his speech at the release of the 'Bulletin of the Atomic Scientists' on January 17, 2007 in London, Ebgland. A group of scientists assessing the dangers posed to civilisation have moved the Doomsday Clock forward two minutes closer to midnight as an indication and warning of the threats of nuclear war and climate change. (Photo by Bruno Vincent/Getty Images)

Acaba de morir uno de los físicos más geniales de todos los tiempos. Autor de libros de divulgación científica y de uno en especial titulado: “HISTORIA DEL TIEMPO, Del Big Bang a los Agujeros Negros”. En 1971 le diagnosticaron una enfermedad mortal y no le dieron expectativa mayor a un año de vida, vivió hasta los 76

@victorsacca

Fue en un viaje a Tucumán a mediados de los años 90. No se trataba de una gira por el tercer mundo del afamado científico a la vecina provincia, sino que en aquel viaje lo descubrí a través de uno de sus libros.

Suena increíble que alguien que no tiene ni la menor idea de Física y que vive en el tercer mundo, se haya “enganchado” de la manera que me sucedió con ese libro. Mientras tanto Stephen Hawking vivía en el Reino Unido y ya había sacudido al mundo con sus conceptos absolutamente revolucionarios, como el Big bang y los Agujeros negros.

En aquella época Internet no había enterrado su garra digital en los hogares, era solo una tecnología para ricos que podían pagar fortunas por una conexión telefónica mediante un modem, por lo que no podía hacer eso tan trivial de hoy en día –potestad de los millennials– de glooglearlo y averiguar quién era este sujeto.

Así que tuve que abocarme a la tarea de leerlo entero en una tarde. Al final el dueño del libro se apiadó de mí y me dijo que me lo prestaba, pero solo hasta terminar de leerlo. En aquello de “el que presta libros en un idiota y el que los devuelve es más idiota aun”.

Al leer el prologo algo me atrapó. Allí, Stephen anuncia que la única ecuación con la que el lector va a encontrarse es la de Albert Einstein: E=mc2.

Eso solo ya era un golpe de genio y para mí fue un alivio, ya que la maldita matemática me ahuyentó de todas las carreras donde se hablara del cosmos, por lo que le reservaba un odio particular. A los de Humanidades les suele perseguir ese miedo. Pero Hawking allana el camino desde el inicio y te la bienvenida a un universo inesperado y fascinante.

Entre la ciencia y la religión

Una de las cosas que más me impactó del libro fue cuando Stephen relata la visita al Vaticano. Para ese momento el sumo pontífice era Juan Pablo II y había convocado, además de Hawking, a otros “popes” de la física cuántica como Arno Penzias y Robert Wilson.

Como para poner en contexto al lector de este homenaje, en ese momento Hawking se encontraba estudiando el Big bang. De hecho ya había realizado los cálculos que daban cuenta de que el universo había iniciado con una bola de fuego del tamaño de una naranja y que después de estallar había generado todo lo que conocemos, es decir el universo en expansión. “Guau”, me dije…

¿Cómo era posible que todo aquello que nos habían enseñado en el catecismo, en realidad fueran solo metáforas para que la mente de un niño lo comprendiera?

Esto era absolutamente nuevo y lo estaba explicando este hombre encorvado en una silla de ruedas, a quien los médicos le habían diagnosticado una enfermedad mortal en 1971, justo el año en que yo recién llegaba al mundo.

Con cada página que se consumía del libro, miraba la contratapa para ver su foto y preguntarme como alguien que padece la enfermedad de las neuronas motoras, podía estudiar y razonar de esa manera. Una lección descomunal, un cachetazo para esos que nos quejamos por la luz de un semáforo.

Volviendo al Vaticano y con Stephen Hawking y sus pares reunidos en audiencia privada con el Papa, él mismo cuenta que el objetivo de esa reunión era que el sumo pontífice les solicitó que no siguieran investigando más allá del punto de inicio del Big bang.

Puntualmente Juan Pablo II le dijo: “Está bien estudiar el Universo y dónde se originó. Pero no se debería profundizar en el origen en sí mismo, puesto que se trata del momento de la Creación y de la intervención de Dios”.

Fue tan revelador enterarme de algo así. De que el representante de Dios en la Tierra para los católicos le estaba solicitando a este hombre no seguir estudiando más allá de esos límites por que se podía caer toda una estructura gigantesca de siglos y siglos de dogmatismo. Otra lección tremenda, otro cachetazo para aquellos que nos gusta bajar la guardia a cada rato.

El universo en expansión

Resulta que un tal Edwin Hubble había hecho un descubrimiento alucinante en 1929. Había demostrado la expansión del universo midiendo el corrimiento al rojo de galaxias distantes. Por eso, ese telescopio con el que pudimos observar en los años 90 la “infancia” del universo, le habían puesto su nombre.

A partir de allí Hawking toma este concepto y lo traslada a su tesis doctoral. Pero claro que no se trataba de un estudiante común y corriente. Era el más genial de todos pero que ya había sido diagnosticado con esa terrible enfermedad. Además esperaba su primer hijo y necesitaba graduarse a como dé lugar.

En medio de todo ese clima de angustia que experimentaba, leí en su libro que solo su sentido del humor le ayudaría a campear semejante temporal, porque además vendría con posterioridad la separación de su primera mujer.

A esta altura a quien se le puede ocurrir separarse con todo el lastre de una enfermedad que no te da más de un año de vida y que además estás en las postrimerías de hacer un descubrimiento que cambiará la historia del pensamiento.

Resultó que el buen Stephen estaba enamorado de su enfermera, un “ángel” que apareció en ese momento terrible de su vida. Esto se puede ver en la biopic que realizó el director James Marsh en 2014, “La Teoría del Todo”.

Gracias a su legado descubrimos que el universo inició con un estallido y que además existen unos “monstruos” cósmicos llamados agujeros negros, de los cuales nada puede escapar por su tremenda fuerza gravitaría. No solo eso, esos enigmáticos fenómenos nacen de una “implosión”, cuando una enana blanca… ah perdón, estoy yendo muy rápido, así se denomina a una estrella que se le acabó el combustible y está a punto de morir.

Tiene dos opciones cuando eso sucede: o bien estalla hacia afuera produciendo una super nova; o bien toda esa masa enorme se concentra en un punto más pequeño que la cabeza de un alfiler. Esa masa descomunal acumulada en un punto insignificante debe tener que trasladarse a algún lugar, pero resulta que no tiene donde irse, entonces “razga” el continuo espacio-tiempo, produciendo el famoso puente Einstein–Russell, es decir un salto interestelar.

Así es que al final del libro, en la última página sentí que ya lo conocía. Allí recién entendí las palabras de “Huracán” Carter, el boxeador autor del libro “El round número 16”, a quien acusaron de un crimen que no cometió y que gracias a ese libro fue “descubierto” por unos canadienses que luego apelarían su fallo y lo liberarían.

Allí Carter le dice al pequeño Lesra Martin: “Un libro tiene más poder que cualquier golpe que puedas dar”. Cuánta razón tenía.

Así es como un libro puede inspirar a millones que podrían descubrirlo en un viaje, en una biblioteca de un amigo o en una feria de libros usados, tal como le pasó al pequeño Lesra o como le sucedió a quien escribe esta crónica, un ser totalmente anónimo que “conoce” a alguien tan lejano como los confines del cosmos y a la vez tan cercano como las hojas de un libro que se deja leer y leer.

Resulta que se fue –momentáneamente– Stephen Hawking. Ahora su alma tiene la oportunidad única e irrepetible de surcar por esos cúmulos de galaxias tan lejanos para los seres humanos.

Que comparación más oportuna, la de la muerte de una estrella y el nacimiento de un puente intergaláctico. Eso exactamente es lo que ahora está experimentando Stephen Hawking, ahora está “rasgando” el continuo espacio–tiempo entre nosotros y la ciencia.

Su legado es enorme, ha inspirado a millones y nos ha “contado” como fue que todo este misterio comenzó… con una explosión.

Curiosamente confiesa que estudiando el Big bang es cuando más cerca se sintió de Dios.

Foto de la nota: Znbc.co.zm
Bruno Vincent/Getty Images