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#NiUnaMenos / Oriel Briant: la historia de un macabro crimen que nunca se esclareció

Sectas, ritos satánicos y todo tipo de rumores jamás comprobados circularon alrededor del caso. Pero nunca se supo realmente quién la había asesinado y cuáles fueron los motivos. Aurelia Briant, más conocida como Oriel, una profesora de inglés de 37 años, fue hallada muerta a un costado del kilómetro 75 de la ruta 2 el 13 de octubre de 1984. Tenía la cara desfigurada por una bala y unas 20 puñaladas en los genitales.

El crimen conmocionó a todo City Bell, donde residía la víctima con sus cuatro hijos. Oriel había estado casada por más de una década con Federico Pippo, un profesor de literatura y filosofía de 45 años, y fue justamente su ex marido quien se convirtió en el principal sospechoso. Sin embargo, los investigadores nunca pudieron probar que hubiera estado involucrado en el asesinato.

“Hubo defectos muy graves en la investigación. Para todos los que fuimos parte del proceso, fue una gran frustración no haber dado con el asesino a pesar de todo el esfuerzo”, dijo a LA NACION Bruno Casteller, exfiscal de la causa.

Comienza el misterio

La noche del 11 de julio de 1984, en medio de la lluvia y el frío, y por motivos que nunca se descubrieron, Oriel salió de su casa vestida con un camisón, una bata y un par de medias color celeste. De los cuatro hijos que tuvo con Pippo, solo el menor, Christopher, de 3 años, estaba en la vivienda en ese momento. Fueron los llantos del niño los que alertaron a los vecinos de que algo malo sucedía.

Cuando la policía llegó al lugar, Oriel no estaba. Christopher gritaba desconsolado. No había rastros del paradero de su madre. El 13 de julio de 1984, un breve artículo en LA NACION anunciaba la desaparición de la mujer. “El episodio está rodeado de extrañas circunstancias, pues en el domicilio que ocupaba la mujer, ubicado en City Bell, no se advirtieron signos de violencia y porque, además, sus familiares ratificaron que no tenía militancia política alguna”, decía la publicación.

Foto: Diariolatercera.com.ar

Apenas habían pasado 24 horas cuando lo que se había informado como una desaparición se convirtió en tragedia: el cuerpo de Oriel fue hallado a la vera de la ruta 2.

“Estaba desnuda y, por efecto del castigo sufrido, le faltaban varias piezas dentarias”, indicaba un artículo publicado en este medio el 14 de julio. También detallaba que la víctima había recibido numerosas puñaladas. Y mencionaba una palabra que marcó el caso de principio a fin: “misterio”.

Los primeros pasos de la causa

El primero en quedar en el centro de las acusaciones fue José Alberto Mensi, un vidriero con el que Oriel mantenía una relación. Sin embargo, el hombre, que había sido detenido, fue liberado poco tiempo después por falta de mérito y comenzó a preocupar que la investigación quedara en la nada.

Pero a los pocos días, el optimismo resurgió en la causa. “Todo hace suponer que se avanza con pasos firmes en la investigación”, le dijo una fuente a LA NACION el 22 de julio de 1984, según consta en un artículo en el que se hablaba de la posible detención de un nuevo sospechoso.

Luego se diría que había más de una persona involucrada en el crimen, y se apuntaría al “móvil pasional”, como se le decía en la jerga policial de la época a este tipo de crímenes (término afortunadamente hoy en desuso).

El primer sospechoso: su marido -Foto: La Nación 

Recién el 26 de julio de aquel año, un artículo en el que se informaba que se había levantado el secreto de sumario mencionaba que, entre otras cosas, se incorporaba a la causa “como un elemento más” un informe sobre el juicio de divorcio y alimentos que Oriel mantenía con Pippo, su exesposo.

Pero la esperanza sobre una posible solución del caso fue mermando, a la vez que se conocían detalles escabrosos del crimen. El 28 de julio trascendió un informe forense en el que se indicaba que el arma blanca empleada para atacar a Oriel “fue asestada varias veces hasta ocasionar la destrucción del aparato genital de la víctima”. Y eso no era todo: “comentan que dicha agresión se perpetró cuando la mujer estaba aún con vida”, sostenía un artículo periodístico, que indicaba que la autopsia concluyó que la causa de muerte fue un posterior balazo en la boca. Una vez muerta, Oriel recibió otro disparo, esta vez en el glúteo.

Todo esto condujo a que los investigadores comenzaran a sospechar del círculo íntimo de la víctima: era demasiada saña, era algo personal.

Las sospechas sobre Pippo

A las pocas semanas del crimen fue detenido Carlos Davis, a quien apodaban Charly, quien había sido alumno de Pippo. Davis fue apresado al ser considerado un “testigo de singular importancia”, indicaba la prensa de la época. Poco trascendía sobre qué fue lo que condujo a los investigadores hacia él.

Recién el 2 de agosto se produjo la detención de Pippo y se le imputó el delito de “secuestro seguido de muerte”. Durante los días siguientes fue interrogado en varias oportunidades, aunque poco trascendió de lo que le dijo a la Justicia.

El hombre era profesor de literatura y filosofía en diferentes colegios y trabajaba los fines de semana para la División Balística de la policía bonaerense. Los investigadores lo recuerdan como un “tipo raro, medio exótico” que “refutaba todas las acusaciones con argumentos muy sólidos”.

El 9 de agosto, LA NACION publicó un artículo titulado “Hay evidencias de la responsabilidad de Pippo en el crimen de su esposa”. Allí se hablaba de supuestos malos tratos del hombre hacia Oriel previos al homicidio que se contradecían con “la armonía” que había asegurado el imputado que mantenía con su ex.

Pippo, sin embargo, negó todas las acusaciones e insistió en su inocencia. “Nunca le dije a nadie, ni a Carlos Davis, ni a otra persona, que yo iba a hacer matar a mi ex esposa, y tampoco que había contratado gente o que fuera a pagar por su muerte. Nada de eso es cierto”, aseguró en una entrevista con LA NACION publicada el 16 de agosto de 1984. Al día siguiente, Pippo fue liberado, aunque no desvinculado de la causa.

De las certezas a un final amargo

Durante los siguientes meses se realizaron allanamientos en propiedades de Pippo, que volvió a ser detenido. También fueron apresados otros familiares del ex de Oriel -su hermano Esteban, su madre, Angélica Rosa Romano de Pippo y su primo Néstor Romano-y se llevaron a cabo numerosas medidas que fueron sumando hojas al ya abultado expediente. Por momentos, el caso parecía avanzar hacia el esclarecimiento.

“Todo se va redondeando, las piezas del juego combinan entre sí, hay coherencia, pero faltan palabras. Es decir, confesiones, que es lo más dificultoso”, aseguraba una fuente de la investigación a este medio el 18 de septiembre de 1984.

El 27 de agosto de 1985, el abogado de la familia de Oriel denunció que el crimen habría sido filmado. “La posibilidad de que el asesinato de Aurelia Catalina Briant haya sido filmado no causó sorpresa. En medios próximos a la policía bonaerense se afirmó que se sabe de la existencia de un grupo de personas dedicado a la producción de filmes pornográficos y macabros, muchos de los cuales son tomas reales de asesinatos, de muy buena aceptación comercial y elevado precio en cierto sector del mercado estadounidense”, indicaba LA NACION en un artículo de ese día. Esta denuncia jamás fue comprobada.

El caso fue perdiendo espacio en los medios a medida que pasaba el tiempo y lo que en algún momento parecía certeza iba perdiendo fuerza en la investigación.

¿Hubiera ayudado la tecnología actual a resolver el caso? .”Quizás hubiéramos podido identificar el vehículo cuyas huellas se hallaron cerca del cuerpo”, sostuvo el exfiscal de la causa al recordar el caso en diálogo con LA NACION. “Pero el principal problema fue que en los primeros momentos se perdieron muchos rastros. A la escena del crimen fue demasiada gente, hubo un pisoteo muy grande”, explicó Casteller. “También se levantó tierra del lugar al que Oriel habría sido llevada durante el secuestro, para cotejar con sus medias, pero el frasco no fue debidamente lacrado y esa prueba quedó invalidada. Como esos, muchos detalles imposibilitaron avanzar”, añadió.

Los grandes expertos consideran que todo lo que se haga durante los primeros momentos desde que se encuentra un cuerpo son claves para determinar lo que sucedió. Y eso, para Casteller, fue una de las razones por las que este caso no pudo ser resuelto.

“Mi mayor frustración fue no haber estado en la escena del crimen al momento del hallazgo. Era la feria judicial de julio y yo no estaba trabajando. Cuando me reintegré, ya habían pasado diez días. Pienso que, de haber estado allí, podría haber colaborado a evitar que se perdieran pruebas”, lamentó.

En 1988, tanto Pippo como el resto de los sospechosos fueron sobreseídos. En 1991 los restos de la profesora de inglés fueron depositados en una fosa común. Al parecer, nadie los habría reclamado. El ex marido de Oriel falleció en junio de 2009. Hoy, 34 años después de aquel día en que el cuerpo de la mujer fue hallado junto a la ruta, el crimen sigue siendo un misterio sin resolver.

La Nación