Destacadas Personajes

#Sumo / A 30 años del nacimiento de la leyenda

En solo cinco años la banda logró un reconocimiento inesperado y un dejó un legado enorme. La llegada de Luca y la aparición de Sumo en la escena local cambiarían la historia del rock nacional para siempre.

Por Iggy Rey

La primera vez que escuché a Sumo fue afuera de la casa de un amigo, era en una de esas fiestas que se hacían en el interior de las casas, donde bailaban todos en el living y en las habitaciones se guillaba alguno, una minita. Fue a finales de la dictadura, cuando los 80 recién estaban en pañales, pero ya se producían esas obras de arte que le llamábamos “rock nacional”… solo que en este caso se trataba de un tano cabrón que nos había venido a enseñar como fusionar estilos tan dispares como post-punk y el reggae.

Una noche de 2014 creo que fue, en el departamento de un amigo que venía de La Plata, en medio de la bruma del faso y las botellas de cerveza, un “pseudo millennial”, salió con una definición que me dio a pensar que el viaje de Luca no había sido en vano: “tuvo que venir un tano a enseñarnos como hacer rock”. Ese día completé un ciclo de varias generaciones unidas por el arte de este loco que le insufló a la cultura under porteña una impronta  eterna.

Dicen que en unas ruinas en el desierto de Atacama, en una pared carcomida por los avatares del clima y el paso del tiempo, un grafiti reza: “Luca vive”.

El disco “After Chabon”, el último de Sumo y con Luca en vida, aparece en el mejor momento del rock nacional, pero en el borde de la vida del líder de la banda. Apenas tenía 34 años. Seis meses antes de ese fatídico 22 de diciembre de 1987, cuando alcanzó la inmortalidad.

Nacimiento y formación del mito

Su vida podría considerarse como un ensayo del mito en formación. Nacido en medio de la aristocracia más recalcitrante de Europa; termina reventando en un bar porteño, tomando ginebra y formando una de las bandas más emblemática de la escena local en Argentina.

Luca fue enviado a estudiar a Gordonstoun, en Escocia, uno de los mejores colegios de Europa donde también estudiaba el príncipe Carlos. Pero ese era un lugar que él detestaba.

“Te querían hacer una marioneta de la sociedad, te hacían pensar a su manera. Yo era muy rebelde, pero era el mejor de la clase, hasta tuve una beca para Cambridge, por eso no me echaron”, contó unos años después.

Obviamente que un tipo como él no soportaría más ese trato “militarizado” y huyó. “Para mí fue una decisión momentánea e irrevocable. Quería dejar todo lo de la sociedad. Me di cuenta que era todo mentira y me escapé de todo”, relató casi como una confesión de rebeldía.

Al llegar a Inglaterra su vida de hippie se consumía entre tardes fumando marihuana e inyectándose heroína. Cayó preso por vender hachís y estuvo tres meses en la cárcel de Rebibbia.

A lo Muhammad Ali desertó del ejercito, huyó a Londres definitivamente y allí fue testigo del ascenso y caída del rock sinfónico, el esplendor del glam rock, la rebelión punk y la explosión del reggae. Eso operó en su persona de tal manera que casi sin querer su formación musical se iba conformando y configurando para lo que vendría en su próximo y “lejano” destino.

Su adicción a la heroína aceleró la decisión de viajar a las Sierras de Córdoba, donde le habían recomendado ir para “desintoxicarse”. Esa decisión le valió a la Argentina un regalo inesperado en los albores de los 80. Ya habían pasado “La Balsa”, “Pezcado rabioso”, “Serú Girán” y “Sui Generis”. Era hora de Sumo.

Sumo

Luca Prodan aterrizó en la Argentina, justo en la casa de Timmy, en Córdoba. Su amigo estaba casado con la hermana de un músico, un tal Germán Daffunchio, que más tarde se convertiría en el guitarrista de Sumo. Sin posibilidad de consumir heroína, Luca reemplazó su vicio por la ginebra. Le pidió prestada la guitarra criolla a McKern y comenzó su historia musical en el país.

La carrera de Sumo duró solo cinco años y monedas, pero la sensación al escuchar discos como AFTER CHABON o DIVIDIDOS POR LA FELICIDAD, es la de estar escuchando a una banda que de pronto fusionaba reggae, hardcore, new wave y demás corrientes musicales derivadas del punk. Increíble para el contexto “lacrimoso” que le habían imprimido los Lito Nebia o los Spinetta. Esto era diferente a todo lo visto hasta ese momento, además de Luca, que estaba por encima de todos.

La escena local se sacudió con la rebeldía, el arte y la desfachatez del pelado, quien no respetaba a los popes del rock nacional de los 70 y menos aun a sus contemporáneos. En una entrevista desopilante de burla de todos y los trata de hipócritas, que solo están allí “por la rubia y la Ferrari”.

El último recital de Sumo fue en el estadio de Los Andes, ante no más de 500 personas. Luca ese día transpiraba y estaba muy flaco, solo quedaba su esencia. Su cuerpo ya no le respondía y murió unos días después.

Nacía la leyenda. En una pared de una ruina en el desierto de Atacama un cartel dice “Luca vive”. No se sabe a ciencia cierta si fue su rebeldía combinada con su talento; su llegada en un momento decisivo de cambios de paradigmas en la escena local, el asunto es que Luca es inmortal y que Sumo ha atravesado de tal forma a la historia de la cultura musical en la Argentina,  que el rock nacional no sería lo que fue después, de no haber sido por su decisión de venir a “curarse” a la Argentina.

No lo logró y murió, pero de alguna manera “curó” como el mejor “curador” a una cultura tan lejana y quemada por los fascistas, tan vilipendiada por los hipócritas y tan querida por aquellos que tuvimos el honor de escuchar sus discos en vida, un asunto generacional por cierto.

“Luca vive”.

Foto: Ministerio de Cultura