Personajes

La historia detrás de “Pavo real del mar”

Es la imagen más icónica de la fotografía colombiana. Pertenece a Leo Matiz, quien nació hace cien años en el mismo pueblo que García Márquez.

En 1939, a sus 22 años, Leo Matiz (1917-1998) estaba realizando un extenso reportaje para la revista Estampa sobre la pesca en la región del caribe colombiano. Y fue en la Ciénaga Grande, allí donde el agua dulce se mezcla con el mar Caribe, que logró su captura más célebre. La bautizó “Pavo real del mar”, un nombre que anticipa el realismo mágico y que resignifica la obra: detrás del registro documental se esconde un notable ejercicio plástico. Pero la magia no está solo en el título. Ese disparo de Matiz encierra un pequeño milagro, cómo logró captar un gesto que no consiguió emular nunca más. Se trata, quizás, de la imagen más icónica en la historia de la fotografía colombiana.

Para tomar su foto más célebre, Matiz no tuvo la necesidad de pedir poses, ni de entablar siquiera un diálogo con la dupla de pescadores retratados. Simplemente esperó, gatilló su cámara y en esa instantánea pudo captar de un modo singular una escena que se ha repetido, y se repite, todos los días desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, pese a su cotidianeidad, la imagen se impone, nos interpela, nos atrapa. El pescador, sobre su canoa, lanza su atarraya al cielo y al agua. La red se despliega en una inmensidad que parece abarcarlo todo, trazando una parábola concéntrica que nos absorbe, que nos hipnotiza, que nos envuelve. Es el instante exacto antes de que la red se sumerja en el agua, y en esa línea de flotación subyace la belleza del gesto, del esfuerzo, de la providencia.

La imagen, de por sí, es fascinante. Pero hubo algo más que acabó por deslumbrarme, y es el diálogo que esa foto propone con “El pescador”, la cumbia de José Barros que se transformó en un standard del género. “El pescador habla con la luna/ El pescador habla con la playa/ El pescador no tiene fortuna/ Solo su atarraya”. Esa última frase funciona como un epígrafe ideal para “Pavo real del mar”.

“Siempre sentí amor por los oficios”, declaró alguna vez Matiz. “En mi fotografía, he tenido siempre un constante interés por captar la energía, la lucha y la fuerza que invierte un obrero en su labor”.

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La toma también tuvo algo de providencial. Según recordó el propio fotógrafo, fue capturada con la última tira del rollo embobinado en la cámara y copiada en papel con el líquido de revelar negativos. “He tratado de volver a realizar la imagen del hombre lanzando la atarraya y esa imagen no se ha repetido”, le explicó Matiz a su biógrafo, el periodista Miguel Ángel Flórez Góngora. “Creo que haber registrado esa fotografía a la velocidad que la registré es una suerte. El pescador que lanza la red es un hombre que tiene dignidad”.

Anticipándose en varias décadas a trabajos como el del mundialmente conocido Sebastião Salgado, Matiz registró escenas que daban cuenta de la geografía y de las condiciones de trabajo en la región del Magdalena. Un ejercicio antropológico cuya pieza más emblemática, curiosamente, ocupó un pequeño espacio en la publicación original del artículo. Pero se volvió una excelente carta de presentación cuando, unos pocos años más tarde, Matiz caminó de Panamá a Costa Rica y luego emigró a México.

Allí realizó más de 150 retratos de Frida Kahlo, documentó el muralismo mexicano y acabó peleado con David Alfaro Siqueiros cuando el pintor le negó los créditos que inspiraron algunas de sus pinturas. En su extensa trayectoria, también retrató a Juan Domingo Perón escribiendo a máquina durante su exilio en Venezuela, a Louis Armstrong con su boca encremada para soportar el dolor en sus labios, a Isabel Sarli en una playa frente al mar, a María Félix (con quien tuvo un romance) en diversas situaciones, a Walt Disney leyendo la portada de la revista Así de México. Registró volcanes en erupción, animales muertos por la sequía y perforaciones de pozos petroleros. A comienzos de los 50, en su galería de arte auspició la primera muestra de Fernando Botero, quien se convertiría en uno de los pintores colombianos más famosos. En 1978, en un brutal atraco, le robaron sus cámaras y sufrió el desprendimiento de la córnea izquierda. (“Tuve el ojo desprendido en la cuenca de mi mano y sentí que mi vida había acabado. Me encerré durante 15 años a lamerme las heridas”). Y ya en los años 90, poco antes de morir, Matiz decidió canalizar en la fundación que lleva su nombre el millón de negativos que había acumulado. De toda su obra, la pieza que nos obsesiona es “Pavo real del mar”.

Leo Matiz parecía llamado a serla celebridad más importante de Aracataca, un pequeño pueblo del departamento de Magdalena, en el caribe colombiano, que lo vio nacer hace cien años. Parecía, claro, de no haber sido porque 10 años después que él nació allí el hombre que escribiría Cien años de soledad, se ganaría un Premio Nobel y lo dejaría opacado para siempre. Así fue como por culpa de la sombra de Gabriel García Márquez, Leo Matiz conoció el lado Art Garfunkel de la existencia.

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La obsesión por “Pavo real del mar” nos lleva hasta Aracataca, que hace pocas semanas celebró el nacimiento de su otra celebridad con una ceremonia pequeña, que contó con la visita de su hija, Alejandra. Sobre la calle 7, a la vuelta de la casa-museo de Gabriel García Márquez, se encuentra El Patio Mágico de Gabo & Leo Matiz, un restaurante que ofrece comida caribeña y platos italianos. En la puerta hay dos placas. La primera muestra una foto de un abrazo entre Gabo y Leo. La otra informa: “En esta casa pernoctó por última vez el maestro cataquero Leo Matiz”. También hay una silueta de cartón del fotógrafo en actitud activa, épica pero simpática, casi como un superhéroe del fotoperiodismo yendo a buscar su próxima toma. Si tuviera capa, pienso, sería la de Robin.

En un living anacrónico hay un televisor con un capítulo de Futurama, “la otra” serie de Matt Groening, el creador de Los Simpson. Igual de buena, pero definitivamente mucho menos popular. Me pregunto si no será, acaso, un guiño macondiano (porque, claro, en Aracataca todo parece macondiano) a esa sombra de Gabo que carga Matiz. Y se me hace curioso que el claroscuro haya sido una de sus características como fotógrafo, como si hubiera un vínculo en el juego de luces y sombras que le tocó compartir con el vecino más célebre de Aracataca.

En el living también hay un par de vitrinas con algunos objetos. Por ejemplo, tres cámaras que Alejandra, que preside la Fundación Leo Matiz, le regaló a Delia Todaro Decola, anfitriona de la casa-museo-restaurante. También hay varios libros, una boina negra (su accesorio característico, que lució hasta sus últimos días) y una postal con el proyecto del museo y casa cultural Leo Matiz que la alcaldía anunció hace 10 años. Se trata de una construcción moderna e impoluta, con dos gigantografías proyectadas a los costados de sus puertas. De un lado, claro, “Pavo real del mar”. Del otro, la foto de Gabo abrazando a Leo.

“Ese proyecto se hizo hace unos 10 años, pero todavía no se concretó. Ahora quieren hacerlo en la estación del ferrocarril, pero no sé por qué. Sin dudas, este lugar es más adecuado. ¿Por qué? Bueno, porque está más alejado de la línea del ferrocarril. Por el peso que traen los 120 vagones del tren, los cuadros se caerían y, de pronto, se dañarían”, dice.

Delia fue, también, anfitriona del Matiz durante los últimos cuatro años de su vida en Aracataca, que transcurrieron en esta casa. “No fue una estadía permanente, porque él todavía viajaba mucho. Pero aquí venían sus amistades y algunos periodistas que se caían para entrevistarlo. Se volvió parte de la familia. Nosotros lo habíamos conocido por una entrevista que le hizo en la televisión Fernando González Pacheco en su programa Charlas con Pacheco. Y en una de esas, él le dice: «Entonces, tú eres cataquero». Ahí fue que le prestamos atención y descubrimos que era de Aracataca, en 1995”.

Su casa funciona como restaurante desde hace cuatro décadas, pero desde 2013 El Patio Mágico de Gabo y Leo Matiz es su nombre oficial. “Gabo era el boom, pero al pasar Leo Matiz por esta casa, al tenerlo aquí viviendo como parte de la familia, nos dimos cuenta de que era otro personaje famoso y no lo podíamos dejar por fuera. Y parece que ha tenido gran aceptación en la cultura nacional e internacional. Algunos pastores amigos míos, cristianos, que profetizan, vienen y me dicen: «Delia, no vas a tener tiempo para atender a tanta gente»”.

Como todas las casas de esta zona, el patio de atrás es la vedette del hogar. Allí nos sirven platos típicos, como pescado frito, con arroz y patacones. Pero más allá de la calidez y del buen sabor de la comida, la magia está en esos altares paganos, con mariposas amarillas que salen de la máquina de escribir, con el muñequito de trapo de Matiz (boina que cubre su larga cabellera blanca, camarita colgando en el cuello) y el piso de tierra lleno de mangos. Entre esa iconografía macondiana hay una inscripción en la pared que dice: “Conmemoración de los 100 años del natalicio de Leo Matiz (1917-2017)”. Debajo una frase suya: “Fotógrafo por hambre y loco por talento”. Ese es el único rastro del centenario en todo el pueblo, que este año celebra a toda pompa el 50 aniversario de Cien años de soledad.

“Cuando se estaba por hacer el museo, el alcalde le dijo a Alejandra Matiz que fuera trayendo objetos. A medida que se dio cuenta de que el proyecto no iba a prosperar, ella comenzó a repartirlos”, cuenta Delia. Por eso, a la izquierda del mural, está la gigantografía de “Pavo real del mar”. Que así de grande parece que realmente fuera a atraparnos. Si es que todavía no lo hizo.

“Desde niño, Leo aprendió a observar la naturaleza”, dice Flórez Góngora desde la colonia de Coyoacán, en el DF mexicano, donde tiene una de sus sedes la Fundación Leo Matiz. “Y desarrolló, tempranamente, mucha sensibilidad hacia la luz. Era un verdadero estratega de la luz. Así que nada en esa foto fue casual. Leo esperó a ese momento, a ese movimiento, a ese viaje de la luz sobre el agua para obturar la cámara. Porque además de la luz, todo lo que necesitaba era encontrarse con el ritmo”.

En su adolescencia, Leo era aficionado a cazar tigres. Es una actividad que requiere mucha paciencia y que obliga a tener el ojo, y todos los sentidos, en estado de alerta. “Se trata de un animal muy sigiloso que se encubre fácilmente, que hace una metamorfosis con su entorno. Su papá cazaba con lanza y Leo con escopeta. De las dos maneras, una distracción, o una equivocación, equivale a la muerte, porque el tigre ataca directo a la yugular. Cuando Leo lo contaba, no ponía ningún énfasis en particular. Era algo que, definitivamente, tenía incorporado desde niño”, explica Flórez Góngora.

“A los 10 años aprendí a manejar la escopeta y me convertí en un cazador implacable. Fui el terror de los chigüiros, las aves y los cerdos de monte que habitaban la selva cercana a nuestra casa. Una mañana salí de cacería y di muerte a un pequeño mico que alcancé a vislumbrar trepado en la rama de un árbol. Disparé en forma sucesiva y lo vi desplomarse herido sobre el tronco. Celebré mi puntería y, súbitamente, la selva fue invadida por el aullido de miles de micos que se desplazaban hacia el lugar en donde estaba su compañero de manada. Me invadió el pánico y vi sobresalir de entre el grupo de monos a la madre de la víctima. Fijó su mirada en mí, señaló con su dedo la herida y alzó las manos manchadas de sangre para que yo las viera, como si intentara a través de ese gesto dramático acusarme del crimen infame que había cometido”, relató Matiz. Ese día abandonó la caza con armas, pero no perdió nunca el instinto que lo volvió un cazador de imágenes.

Se había iniciado como caricaturista, y cuando se mudó a Bogotá, poco antes de hacer esa serie de reportajes que se proponían mostrar ciertas zonas olvidadas de la Patria, se había transformado en fotógrafo. “Haber podido hacer esa toma habla de un dominio absoluto de la cámara”, dice su biógrafo. “Es decir, no era una relación distante. Solo se puede hacer esa foto si el conocimiento es absoluto. Él está pensando en la foto como arte, como lenguaje, como instrumento. Es un clímax en la historia de la fotografía”.

No es casual que esa foto esté vinculada a la cultura del trabajo, sino que parece la consecuencia de un respeto heredado de su entorno familiar. A comienzos del siglo XX, Colombia se había transformado en el primer exportador de bananas del continente. Incrementó su producción a niveles elevadísimos por el ingreso de las herramientas de la civilización que introdujo la compañía United Fruit que manejaba ese negocio. Su padre era capataz de la zona bananera. “El padre de Leo, que era liberal y un gran lector, construyó canales de riego para la población de Aracataca y también para la zona bananera, que fueron fundamentales para el crecimiento exponencial de las cosechas”, señala Flórez Góngora. Y agrega: “Por su parte, su madre hacía jamones y helados que vendía a los trabajadores de la bananera para aumentar el ingreso de la familia. Y aunque no tengo pruebas, y esto es pura intuición, creo que también había desarrollado un pequeño negocio como prestamista de esos obreros. Como fuere, Leo conocía los oficios desde pequeño: era cazador de tigres, hizo actividades de herrería para caballos en la finca y colaboraba en la faena de la casa. Él se consideraba un niño campesino, y esa foto tiene una empatía auténtica con lo nativo. Captar el esfuerzo humano es la energía capital en su arte”.

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“A impulso de sus bíceps endurecidos, las atarrayas de cinco metros de largo con una arroba de plomo distribuida en los tejidos de sus extremos, se abren en el aire en un despliegue de fuerza, de habilidad y de belleza, en tanto que los pies firmes guardan el equilibrio del cuerpo sobre los bordes del bote”. Esa descripción corresponde al texto de Carlos Martín, publicado en la revista Estampa en abril de 1939, que acompañaba el reportaje fotográfico de Matiz. Su título: “Pueblo viejo, villa de pescadores, de viento y de sol”.

“Yo tuve una copia original de esa foto. Autografiada. No creo que existan más de tres en el mundo. Pero se la vendí hace unos años a la coleccionista venezolana Solita Mishaan, presionado un poco por Alejandra, la hija de Leo. Realmente, me arrepiento”, me cuenta Álvaro Medina, una eminencia en la historiografía del arte en Colombia. Es el autor de Procesos del arte en Colombia (1810-1930), entre muchísimas otras publicaciones, y está en la ciudad para presentar el voluminoso Bellas Artes como historia de Cartagena. Cae la noche y en una mesa de El Baluarte, el bar que está en uno de los extremos de la ciudad amurallada, sobre las melodías de un grupo de gipsy swing, Álvaro, que le dedicó un capítulo del indispensable Poéticas visuales del caribe colombiano, reflexiona sobre la foto. “Hay que tener en cuenta que en ese entonces Cartier-Bresson empezó a hablar de la instantánea, del momento decisivo. Y eso se volvió un tema de estética de época. En esa foto, el instante decisivo llega a su punto pleno, no ya por una cuestión humana de alguien que está haciendo algo y uno le coge el gesto. La figura central se proyecta en un gesto que es como el de la Estatua de la Libertad”, sostiene Medina. “Pero también es clave la red, que ni el mismo pescador ya controlaba, y mucho menos el fotógrafo. Hubo intentos previos fallidos, hasta que finalmente hizo clic y acertó. Entonces, la foto fascina tanto porque se hizo en una época donde el instante decisivo era fundamental. Pero, principalmente, porque es extraordinaria”.

El francés Henri Cartier-Bresson afirmaba que el relato fotográfico involucra “una decisión conjunta del cerebro, del ojo y del corazón”. Matiz, que había llegado a la dirección del periódico bogotano El Tiempo buscando trabajo como caricaturista, llegó a la fotografía por casualidad. “El subdirector del diario, Enrique Santos Montejo, le asignó una cámara y lo mandó a tomar algunas lecciones. Así fue como Leo se formó con dos fotógrafos extraordinarios: J. N. Gómez y Luis B. Ramos. Fue por ellos que conoció la obra de Cartier-Bresson”, relata Medina.

“Luis B. Ramos era pintor, y se había ido a París en 1928. Él se fue con una beca, y cuando terminó la beca, decidió quedarse. Y allí se hizo fotógrafo, e hizo buenas conexiones con algunas revistas. Y cuando regresó a Bogotá, en 1934, se volvió un fotógrafo requerido, porque empezó a salir a la calle y registró las fiestas populares y muchas escenas callejeras. Fue el primero en usar una cámara ligera aquí en Colombia”, dice Medina. “Y Leo, cuando se arrima a Luis B. Ramos, le enseñó muchas cosas”.

En lo que puede entenderse como un ejercicio de regionalismo crítico, Matiz aplicó esas ideas francesas a una temática y un paisaje que conocía desde pequeño. “El agua ha compenetrado mi existencia, crecí cerca del agua, durante toda mi infancia estuve en contacto con este elemento. Desde pequeño montaba mi caballo hasta el río, me gustaba verlo nadar. He tratado el tema del agua con mucho amor. Para mí, el agua es más importante que el cielo”, le contó a la periodista Elizabeth Valentini, una noche en Florencia.

Con algo de pudor, le pregunto a Medina cuánto le pagaron por esa foto. “23.000 dólares”, responde. “Hoy en día, vale el doble, por lo menos”. Pero no hay tiempo para lamentos. Mientras apuramos la cerveza, una pequeña orquesta toca “Se me olvidó otra vez” y él se excusa por un momento. En la pista de baile, junto a su esposa, les hacen honor a esas líneas de Café Tacvba que dicen que el amor es bailar.

Del otro lado de la muralla, en esa rambla que a los rioplatenses nos recuerda a Montevideo, un grupo de pescadores se prepara para adentrarse en el mar. Allí está Nemesio “Boquilla” Herrera, pequeño pero fibroso, conocedor del oficio desde hace más de 40 años y líder del grupo familiar. La mayoría son hombres, que viven allí mismo, en una pequeña playa frente a una escollera de piedras. Duermen en los botes y viven, literalmente, de la pesca. Su dieta está basada en el pescado, que fríen o preparan allí mismo en Sancocho. Demetrio me cuenta que su oficio, en esencia, es el mismo desde que empezó. Se aprende de generación en generación, e implica jornadas sacrificadas, que duran toda la noche, o varias horas al rayo del sol. “Uno trabaja para sobrevivir”, dice Nemesio. “Una buena pesca depende de muchas cosas. Un poco de suerte, pero también saber adónde ir a buscar los pescados. Porque hay sitios donde uno ya sabe que hay buena pesca. Ahora que está lloviendo, es buena época”, celebra.

Me cuentan que cuando llegan con la pesca del día, hacen la venta ahí mismo, en la playa. Y no necesitan balanza. De acuerdo con el tamaño saben el peso. A ojo. Y no le pifian nunca. Mientras conversamos, sus compañeros celebran un récord de Nemesio. De una sola salida, recaudó más de un millón de pesos colombianos (unos 400 dólares). Una fortuna.

A pesar de que lo han cogido en el mar varias tormentas, Demetrio no se acobarda nunca. “El mismo arte, que es la pesca, hace que uno pierda el miedo”, afirma. “En el mar, uno nunca se aburre. Hay que estar atento todo el tiempo, y no hay que pasarse de trago. Uno se lleva la botellita para el frío, pero no hay que pasarse, porque es un peligro. El trabajo es rutinario, porque uno vive de esto. Y la gente nos respeta, porque uno es un pescador artesanal”.

No hay, aquí, atisbos de modernidad alguna. Para Demetrio y su familia, el oficio se mantiene como desde hace décadas, incluso siglos. La experiencia es su propio GPS, y sus brazos, el motor que todo lo empuja. La magia de “Pavo real del mar” está viva en cada uno de los miles de pescadores artesanales que les hacen honor al oficio y a la imagen.

“No la considero mi mejor fotografía, pero en su composición hay ritmo, precisión. En el hombre que lanza la atarraya hay elegancia y dignidad”, dijo Matiz. Su foto, quizás, ya no es una foto. Es un monumento al pescador desconocido, a la estética caribeña, a un arte sacrificado.

Este artículo fue escrito durante la Beca Gabo 2017, organizada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

Por Humphrey Inzillo / Fotos gentileza Fundación Leo Matiz

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