La única razón por la que la Pulga “renunció” a la selección es porque sabe que, de seguir, llegará a la final en Rusia y no quiere confrontarse con la sumatoria de todos sus temores. Exactamente le sucedió a Gaby Sabatini en 1993.

Por Iggy Rey

Sucedió en el torneo de  Roland Garros, en el año 1993, después de nuestro Señor Jesucristo, y sin dudas quebró la brillante carrera de Gaby Sabatini, la mejor tenista argentina de todos los tiempos.

¿Qué sucedió aquel día para que Gabriela jamás volviera a ser la misma de antes? La norteamericana Mary Jo Fernández era una tenista mediocre, casi de segundo nivel. Pero llegó a la final contra la argentina, quien era una abonada al top ten, una deportista de élite que cobraba millones de dólares por publicidad y el país entero seguía cada pelota en sus partidos.

Aquel día Sabatini perdió un partido imposible de perder. Fernández le levantó diez match point –punto ganador– y finalmente ante las miradas atónitas de todo el mundo perdió con un sorprendente 1-6, 7-6 y 10-8. Según la campeona Chris Evert fue el partido más emocionante que vio en su vida, no era para menos. Desde aquel día Sabatini no volvió a ser la súper estrella que era. Esa máquina de aniquilar rivales en que se había convertido.

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La mente todo poderosa

No siempre la mente va al unísono con el cuerpo. Lionel Messi tiene más habilidad y velocidad en las piernas que el propio Diego Maradona. Nadie en el mundo puede arrastrar jugadores como él. Sus goles en el Barcelona son inigualables, únicos y esplendidos. Sin embargo y desafortunadamente su mente no tiene la fortaleza de la mente de Diego u otros atletas.

“No importa lo fuerte que puedas golpear, importa lo fuerte que pueda golpearte y seguir avanzando, lo mucho que puedas resistir, y seguir adelante. ¡Eso es lo que hacen los ganadores!”. La frase corresponde a Silvester Stallone en “Rocky Balboa” y sirve para encuadrar el problema.

Messi es, físicamente, el mejor jugador del mundo y probablemente el mejor de todos los tiempos, pero psíquicamente no corre con una ventaja así. Aquí es cuando los fanáticos del futbol argentino recurren a la ineludible comparación y buscan inmediatamente en sus mentes ataviadas de futbol de todas las ligas del mundo, el día en que a Maradona le deformaron el tobillo a patadas y él ni siquiera sentía el dolor. Atiborrado por la adrenalina y el hambre de gloria. Al final se paró ante todos y lloró como un león herido pero jamás vencido. Aquel día de 1990, cuando el juez Codesal nos robó la copa del mundo.

Apenas pasado el triunfo de Chile, merecido por cierto y sin recurrir a una trampa tan burda como aquel penal inexistente a seis minutos del final contra Alemania, anunciaba al mundo su retiro.

No lo hizo para auto flagelarse, ni para castigar al pueblo futbolero que lo ama incondicionalmente. Lo hizo porque teme perder la final de Rusia.

En su genial mente ni siquiera existe la posibilidad de quedar eliminado en semifinales, él sabe que su capacidad lo llevará directo a la final, por más que Huguian, Palacio o el impresentable que sea la tire a la tribuna durante todo el partido. A él solo le basta una pelota para que el partido sea suyo. Entonces ¿cómo es posible que un superdotado de estas características sufra un trauma por enfrentar una final?

La respuesta es simple, porque jamás pudo confrontar al peor de sus enemigos: el fracaso.

A Gaby Sabatini le sucedió exactamente lo mismo. Cada vez que debía enfrentar a alguien en una final veía a Mary Jo Fernández. Fue un fantasma que la persiguió hasta el día de su retiro.

Una final atípica

Simuló un penal burdo sin haber pasado por el curso de “invención de penales” que perfeccionó el Burrito Ortega, fue castigado con una tarjeta amarilla por esta acción. Cuando tuvo la chance de patear el mismo tiro libre que le clavó en un ángulo a los EE. UU. el mejor gol del campeonato, la pelota se desvió en la barrera. Pateó su penal como un principiante. Pero ese no era Messi, era un hombre tomado por los nervios y el trauma.

Al final sus lagrimas dejaban leer en su rostro un mensaje que decía “déjenme en paz, no quiero perder más”. Pero ningún desalmado lo comprendió. Ni los periodistas deportivos, ni los opinologos de turno que antes hilaban teorías en un bar y que ahora lo hacen en redes sociales. Ni uno solo estuvo ni por cerca de acertar lo que a éste ser humano le sucede.

“Operativo clamor”

Piden cadenas de ruegos para que se quede vía redes sociales. ¿Y para qué? Para en la próxima derrota redoblar las puteadas, para hacer catarsis y no desquitarse con el equipo entero que jugó peor que nunca, ni con el DT Martino, quien la pifió en todos los cambios y en todas las estrategias.

Ni siquiera lo dejan meditar y lo matan. Como si él disfrutara de llorar frente al mundo entero. En este deporte y en todas las competiciones no se “gana y se pierde”, “se pierde, se pierde y se vuelve a perder”, solo que la televisión y los medios solo muestran a los ganadores, ya que los perdedores son demasiado deprimentes y no venden ni una publicidad de soquete.

Henos aquí, mirando como hasta una maestra le endilga a Messi la idea televisada e intoxicada de no poder ser el mejor. «No le hagas creer a mis alumnos que en este país solo importa ser primeros». Seguramente ella nunca sintió esa sensación de regresar de la cancha al atardecer, con los pies hinchados, muerto del agotamiento y con la amargura de ver cómo te metían un gol tras de otro y se reían de tu derrota. Aunque sea un simple juego, el futbolista no lo ve así. El futbolista lo ve como una guerra. Esa guerra que vio Maradona el día que les ganó a los ingleses con dos goles para la historia.

Maradona lloraba cuando perdía; los más grandes boxeadores de la historia lloraron como niños en sus vestuarios cuando perdieron sus títulos; el extraordinario piloto Mika Hakkinen lloró desconsoladamente en el rincón de un guardaraíl el día que perdió su título y todo el mundo lo vio destruido y hecho una bolita a través de una cámara aérea, al año siguiente fue campeón del mundo.

Todos estos súper campeones lloran como niños cuando perdieron por que nacieron para ganar. Y lo seguirán haciendo hasta el fin de los tiempos. El campeón mundial de boxeo, Sugar Ray Leonard dijo una vez: “El campeón no es el que gana, es aquel que no se rinde jamás”, pero Messi no está en condiciones de resistir una derrota más por que nació para ganar.

El día que logre que su mente acepte esa idea, será campeón no solo en las canchas sino fuera de ellas.

Lamentablemente Messi y la patria futbolera son un concepto inseparable, por lo tanto jamás dejarán de insultarlo cuando los nervios se lo coman vivo y la tire a la tribuna.

Solo tiene que dejar de escucharlos y dedicarse a hacer lo que mejor hace, jugar al futbol.

Fotos: Tennis Oggi y La Nacion